Wish You Were Here
 

El secreto de Wish you were here

Dentro de Pink Floyd

Album Wish you were here (Pink Floyd)
A este frío y melancólico viernes marrón, de lluvia, de pandemia, de calima y de guerra, de silencio y de incertidumbre, solo le faltaba este último descubrimiento. Por segunda vez en poco tiempo había vuelto a suceder y, como entonces, me ha sido imposible sustraerme a escribir sobre ello. La primera, la revelación del suicidio de la poetisa argentina Alfonsina Storni en la canción que le dedicara Mercedes Sosa, el conocimiento de ese hecho luctuoso, la convirtió en una canción diferente, más triste pero más interesante. Ese mismo hecho ha vuelto a suceder ahora con este tema de Pink Floyd: con el Wish You Were Here. En realidad, con todo el álbum al completo.
Ese texto de difícil pronunciación, que significa «Quisiera que estuvieras aquí», aunque suele traducirse por «Ojalá estuvieses aquí», expresión que da título a uno de los discos más importantes del grupo, y que durante más de cuarenta años he estado escuchando embelesado pero impertérrito sin preguntarme siquiera a quién podría referirse, me ha desvelado hoy su secreto.
La leyenda que subyace bajo ese enunciado creo haberla escuchado hace tiempo en alguno de los innumerables vídeos que proliferan en la red en todos los idiomas, sin haberle prestado demasiada atención. Fue debido a la pertinaz costumbre que tengo de seguir tirando del hilo, lo que reveló el misterio, al leerlo con todo detalle y verosimilitud en ese libro autobiográfico que escribió el batería del grupo, Nick Mason, un libro al que llamó Inside Out: A Personal History of Pink Floyd, y en España, simplemente: Dentro de Pink Floyd. En ese libro exhaustivo y sincero que Mason narra con gracia, ironía e incluso con ciertas dosis de autocrítica, se contaba toda la historia del grupo, detalles que se han convertido hoy en leyenda, y que estos días he vuelto a recordar releyéndolo, en un afán más allá de lo meramente documental o bibliográfico.
Lo primero que hice ese insólito viernes fue escuchar la canción, lo que de inmediato me retrotrajo a los albores de mi adolescencia, en concreto a una desvencijada y oscura cochera donde a ciegas explorábamos las infinitas posibilidades de la lingüística, años antes de que hubiera pensado en cursar mis estudios filológicos, aunque tal vez de una forma indirecta los favoreciera. No recuerdo que allí se bailara, ni siquiera que se comenzara bailando. Allí íbamos a lo que íbamos: a escuchar música, claro. Cada cual se acoplaba en su rinconcito con su cubata, su musiquita tranquila y su acompañante, todo muy a mano, ya que la única luz que había en la cochera era la de los mecheros, la del pilotito rojo del radiocasete y la del extremo de los cigarrillos. Como es de suponer, esa canción, de tanto repetirla, nos la sabíamos de memoria, como los tres o cuatro álbumes que completaban nuestro escueto e intimista concierto, que podía completarse con el Patio de Triana o con el Hijos del Agobio, para la obertura, con el Grandes Éxitos de Simon y Garfunkel, para los interludios, y con el Animals, el otro mítico álbum de Pink Floyd de la época, para reforzar al Wish you were here, en los actos centrales de nuestra ópera privada.
Esa canción eran pocos los que se la sabían de verdad, en realidad todos la cantábamos en un inglés macarrónico, ése que entonamos los que somos más bien francófilos —o francófonos— de educación, que era lo propio de aquellos años. Yo conocía la letra porque venía en el disco de vinilo que compré hace muchos años, para un tocadiscos portátil de madera que ahora ni recuerdo de dónde salió. En la cinta de casete, que era lo que poníamos entonces, no aparecía, aunque sí el nombre de las canciones en inglés y su traducción, además del nombre de los autores de cada una de ellas. Pero aunque alguna vez había leído su versión en castellano, hasta ahora me había parecido incomprensible, una cosa de locos, de drogadictos o de alcohólicos que yo achacaba a las excentricidades de los días de la psicodelia en que se compusieron los temas. Este viernes la he vuelto a buscar y la he leído mientras la escuchaba con atención, primero en su idioma y luego traduciéndola a la vez, en una de esas socorridas webs de letras de canciones donde aparecen en los dos idiomas a la vez. Por más que busqué traducciones alternativas no encontré otra que no tratara de una especie de drogadicto o esquizofrénico; pero es que esa era precisamente la clave de la cuestión. Si alguno conserva todavía la carcasa de una de aquellas cintas del Wish You Were Here y mira en su interior, podrá comprobar que la traducción que hacen allí del tema Shine on you crazy diamond es: «Diamantes brillan sobre ti», un título expresivo, pero inocuo y completamente falso, porque no se traduce el término crazy ni se respeta la concordancia de número. Una traducción demasiado libre. Mientras que si nos vamos al primer traductor que tengamos a mano, nos dirá: «Sigue brillando, diamante loco», o también «Brilla sobre ti mismo, diamante alocado», más literal pero de significado similar. Con lo cual resulta que tenemos una versión moderna muy diferente a la que nos dieron en los años setenta, sin duda debido a la mano de la censura. Pero no se preocupen, es todo esto lo que nos parece interesante y lo que venimos ahora a contar a quienes —como yo— no se hayan interesado por el tema en todo este tiempo, o a los que les interese conocer algunas curiosidades sobre esta banda mítica.
Yo sabía que Pink Floyd no había sido siempre Pink Floyd, ni había tenido los mismos integrantes, ni siquiera había tenido siempre el mismo líder ni el mismo nombre. En las bandas de músicos siempre hay cambios, muchas idas y venidas y frecuentes guerras de egos, y esta no había sido una excepción. En el libro que acabo de releer se dice que en septiembre de 1962 Roger Waters, Nick Mason y Richard Wright empezaron a estudiar Arquitectura juntos en la Escuela Politécnica de Regent Street en Londres. Cuenta Mason que Roger, un tipo duro de Cambridge que se dejaba ver por allí con una estupenda guitarra eléctrica, no se dignó dirigirle la palabra hasta el segundo semestre, y fue para pedirle su viejo Austin 7 de 1930, a lo que este se negó, alegando no tener los papeles en regla. Un poco antes se había dirigido a Rick de malas maneras para pedirle un cigarrillo, a lo que Richard tampoco accedió. A pesar de estos primeros contactos infructuosos en los que podría parecer que Roger los ponía a prueba, pronto los tres acabarían trabando amistad debido a su común afición a la música. Pero no sería hasta unos meses después cuando los tres se unirían a un grupo de compañeros estudiantes para formar una banda llamada Sigma 6, como dice Mason en su libro y confirma Clive Metcalfe en una entrevista con la que me he topado después. Metcalfe dice que los orígenes de Pink Floyd se remontan a 1963, cuando su amigo y compañero Keith Noble decide montar con él una banda en la facultad, lo que lo llevó a colocar un papel anunciando la solicitud en sus paneles informativos. A esa lista inicial donde además del convocante, Keith Noble (vocalista), se apuntaron su hermana Sheila (coros), Clive Metcalfe (vocalista y bajo) y un tipo con mala fama llamado Roger Waters (aprendiz de guitarra), se les unirían poco después Richard Wright (teclados) y Nick Mason (batería), alentados por su compañero Roger, a los que se les solía unir Juliette Cale —la que luego sería esposa de Rick— para los coros, teniendo como sede para los ensayos los sótanos de la tetería del propio centro donde todos estudiaban. Sigma 6 tocaba Rhythm And Blues en los tiempos en que ya empezaban a recordar más a los estridentes sonidos eléctricos del Rock and Roll, que a los suaves blues de los jazzman primigenios. Solían tocar las típicas canciones pegadizas para los estudiantes, pero también algunos temas que compuso Ken Chapman, un amigo de Clive que además de compositor hizo de mánager de la banda durante unos meses, repartiendo tarjetas del grupo, haciendo publicidad por los clubs y consiguiendo algunos contactos.

Pero el cambio del curso escolar traería grandes cambios a nuestra banda. Roger y Nick decidieron alojarse en el 39 de Stanhope Gardens (Highgate), una casa con seis habitaciones de tipo Eduardiano, propiedad de Mike Leonard, profesor de la Politécnica que la estuvo preparando ese verano para alojar en ella a algunos estudiantes conocidos. Mike haría una contribución decisiva a la banda, no solo porque dispuso para ellos un espacio en el ático para tocar, además del gran salón con los techos tan altos, que era donde verdaderamente ensayaban por no tener que subir arriba todos los trastos, sino porque además fue quien los introdujo en el mundo de la luminotecnia. El profesor Leonard estaba interesado en la relación entre la luz, el movimiento y el sonido y trabajaba en un proyecto experimental para la escuela de arte Hornsey que, básicamente se sustanciaba en la fabricación de máquinas electrónicas para la proyección de imágenes. Con Mike, que además tocaba bien el piano y era un gran aficionado a la música, nuestros jóvenes encontraron a un gran amigo y a un verdadero tutor, hasta el punto de que entre todos lo convencerían para que se comprase un órgano eléctrico Farfisa con el que tocarían juntos, cambiando incluso el nombre de la banda durante un tiempo por el de Leonard´s Lodgers. En el proyecto de Mike trabajó con frecuencia Roger Waters como ayudante, aprendiendo mucho de la experiencia y descubriendo un universo nuevo con el que podían interrelacionarse, haciendo intervenir a menudo a todos los componentes del grupo para poner a prueba sus logros. A Mike Leonard se debe sin duda el papel fundamental que tuvo siempre para Pink Floyd el aspecto multimedia en toda su obra.

Cuando en septiembre de 1963 Metcalfe y Noble abandonaron el grupo para tocar juntos, los demás decidieron llamar a dos músicos de Cambridge que los reemplazaran: Bob Klose, gran guitarrista y cantante aficionado al jazz al que llamaban Rado, y Syd Barrett, un joven con gran talento artístico para la pintura y para la música, ambos amigos del instituto de Roger. Pero como Syd no acababa de decidirse y ellos necesitaban otro vocalista con urgencia, Bob recomendó a un amigo suyo llamado Chrys Dennis, de la cantera inagotable de Cambridge, un tipo algo mayor que ellos que trabajaba para la RAF en Northolt, y que había pertenecido a alguna de las mejores bandas de la ciudad. Como Chrys, además de tocar y cantar, disponía de un equipo de sonido excelente, no dudaron en asegurarle el puesto de cantante principal, aunque al final su participación solo duraría unos pocos meses, ya que no congenió con alguno de los miembros de la banda.
Bob se alojó en el 39 de Stanhope Gardens en septiembre del 64, cuando Nick le dejó su sitio para marcharse a su casa de Hampstead, para poder seguir con sus estudios, algo que no parecía posible con el ambiente caótico que se respiraba donde se alojaban los demás músicos. Mientras tanto, Syd Barrett los acompañaba a tocar en ocasiones. «Una tarde —recuerda Bob Klose— cuando estábamos tocando en el ático de la casa, Roger, Nick, Chrys y yo, apareció Syd tarde, como siempre, y se quedó un rato escuchándonos encima de las escaleras. Y al preguntarle qué tal sonábamos, nos respondió que había sonado genial, pero que no veía qué podría hacer él en el grupo». Después las cosas se desencadenaron, se decidió que Rado se encargara de despedir a Chrys y, cuando lo hizo desde un teléfono público cercano, este le anunció que no se preocupara que le trasladaban al extranjero con las Fuerzas Aéreas, lo que resultó providencial para todos. En algún momento de ese otoño de 1964, cuando aún se llamaban The Abdabs, Syd Barrett se decidió a tocar con regularidad y acabó por unirse al grupo.
Pronto Syd, que estudiaba Arte en Camberwell College, contribuyó de forma creativa con el grupo. Además de tocar los típicos temas de blues pegadizos con la guitarra, empezó a escribir algunos temas propios, que fueron los que empezaron a componer el pequeño repertorio que exhibían por los colegios, pubs y clubs modestos por los que tocaban. En la Politécnica de Regent Street se organizaban eventos musicales de cierta importancia casi todos los fines de semana, actuando como artistas invitados algunos grupos de importancia. Para poder tocar como teloneros de estos, no bastaba con ser alumnos del centro sino que había una gran competencia para hacerlo. Mason dice que se lo tenían que currar de lo lindo, pues resultaba un auténtico privilegio tocar delante de cantantes profesionales. Ellos recuerdan sobre todo su actuación con los Tridents, donde tocaba Jeff Beck, el guitarrista que luego ocupara el puesto de Eric Clapton en los Yardbirds.
En las Navidades de 1964, ese conjunto que tuvo después varios nombres y que acabó por llamarse —de forma ridícula— The Tea Set (El juego de té), pisó un estudio por primera vez en West Hampstead, gracias a un amigo de Rick que les permitió usarlo algunas horas sin cobrar. Ese día consiguieron grabar una cinta de 1/4" de la que sacaron una edición limitada de copias en vinilo con seis de sus mejores canciones (Mason cita solo cuatro). En ese máster de la prehistoria de nuestra banda, además de Syd Barrett, Roger Waters, Nick Mason y Richard Wright, actuaron Bob Klose y Juliette Gale, la novia de Rick, como voces de apoyo. Dado que hasta para hacer de teloneros les exigían antes de pasar las pruebas en directo, presentar una maqueta con algunas canciones, esta primera grabación les abriría muchas puertas, sirviendo durante meses como la mejor tarjeta de presentación. Las seis canciones incluidas eran: una versión del clásico de Slim Harpo «I’m A King Bee», cuatro temas escritos por Syd: «Double O Bo», «Butterfly», «Lucy Leave» y «Remember Me», y un tema de Roger Waters: «Walk with me Sydney». (Los dos últimos temas no los nombra Nick Mason, tal vez porque se grabaron con posterioridad). Esas cuatro canciones de Syd, que ya eran bastante radicales para el Rhythm and blues que se estilaba por entonces, todavía se dejaban escuchar, aunque con cierto desasosiego, antes de que la banda derivara a los paranoicos temas underground que estaban por llegar.
Tras tocar esporádicamente, tropezando a menudo, por algunos clubs menores de la ciudad, The Tea Set consiguió ser el grupo fijo en el Countdown Club al final de la Primavera de 1965, un local subterráneo próximo a Kensington High Street. Allí tuvieron también sus problemas. Ellos tocaban en tres turnos de noventa minutos, desde las nueve de la noche hasta las dos de la madrugada, con un par de descansos. Uno de los problemas que les surgieron era que no tenían un repertorio muy extenso y acababan por repetir canciones, por eso se vieron en la necesidad de componer otras nuevas y de alargar algunos de los temas que se prestaran a ello, quedándoles unos extensos solos muy originales, a la manera de las improvisaciones de los músicos de jazz. Así, poco a poco, empezaron a reunir una mayor variedad de canciones, así como un pequeño pero leal grupo de seguidores.
De ese club cuenta Mason una anécdota curiosa que da muestra de la férrea decisión de triunfar que mostraban. Dice Nick: «Aunque inicialmente usábamos amplificadores, sólo habíamos tenido dos o tres noches con éxito cuando el club recibió un mandamiento judicial por culpa del ruido. Estábamos tan desesperados por el trabajo (por entonces era el único lugar donde nos pagaban) que nos ofrecimos para tocar de manera acústica. De alguna forma Roger consiguió un contrabajo, Rick le sacó el polvo al piano de pared, Bob y Syd tocaron guitarras acústicas y yo usé un par de escobillas». Como ven, los componentes de la banda, aunque siempre presumieron de honestidad musical, en ocasiones para seguir adelante tuvieron que hacer algunas concesiones.
Bob Klose acabó por abandonar el grupo al final del verano de 1965, en parte por no coincidir con los gustos personales y musicales de Syd, al que no era raro verlo fumando canutos y defendiendo su honestidad artística con alguna de sus tesis extremistas, aunque el motivo principal de la huida de Rado fue la imposición familiar de terminar con sus estudios, cosa que parecía imposible en aquel lugar donde había compartido residencia con sus compañeros músicos durante el último año.
Syd Barrett, que tenía más fama aún de pintor bohemio que de guitarrista, quedó entonces, además de como compositor y letrista, como guitarra principal y primer cantante, cubriendo con brillantez las funciones de los dos compañeros que le precedieron. Syd, un espíritu creativo que estudiaba arte en uno de los centros más importantes de Londres, aportó numerosas ideas innovadoras, dando la banda un salto cualitativo desde su incorporación por su originalidad y radicalidad, empezando a orientar desde ese momento con mayor libertad el estilo del grupo, desde un Blues más o menos convencional, que era lo que tocaban cuando él llegó, hacia un rock progresivo más vanguardista con toques espaciales, que se fue poco a poco identificando como estilo psicodélico.
Bob Klose, que a los pocos años dejó su carrera de ciencias para dedicarse profesionalmente a la fotografía, volvería a su afición musical al cabo de los años, cuando en 2006 lo llamó para su tercer álbum su amigo David Gilmour , otro de los grandes genios salidos de Cambridge. Hoy Bob cree que su maestría como guitarrista no le venía bien a Pink Floyd, y considera que Syd hizo de su debilidad, virtud, sacando provecho a sus temas con extrañas notas musicales basadas en una simplicidad evocadora muy original. Klose resume sin acritud su relevo por Syd diciendo que en el Arte, como en otras disciplinas, a veces "menos es más". Así que con Barrett, Waters, Mason y Wrigh, quedó formado el originario cuarteto de los fundadores de Pink Floyd. Pero veamos de dónde vino su curioso nombre.
Al contrario de lo que podría parecer, Pink Floyd no significa "Fluido rosa", como hemos pensado algunos con torpeza, o "Rosa voladora", como cita el propio Mason en su libro, a mi parecer sin demasiado fundamento. Floyd es un nombre inglés intraducible, de origen galés o escocés, derivado de Lloyd. Se trata de una falsa identificación a menudo aceptada sin más y nunca corregida por ellos, que podría evocar ciertas connotaciones psicodélicas esperadas en un conjunto underground como el suyo. Nada más lejos de la verdad. El nombre de Pink Floyd, como tantos otros aspectos seminales del grupo, se debe a Syd Barrett. Al parecer, en uno de sus primeros conciertos celebrados en 1965 en la base aérea de la RAF, cerca de Northolt, a las afueras de Londres, resultó que una de las bandas que participaban esa noche se llamaba como ellos: The Tea Set, con lo que se vieron obligados a cambiar su nombre a toda prisa, sin conocer siquiera si tocarían después de esos otros, lo que habría resultado bastante surrealista. Entonces a Barrett se le ocurrió un nombre que ya le rondaba por la cabeza, un nombre que unía los apelativos de dos cantantes de blues de los viejos tiempos: Pink Anderson y Floyd Council, dos jazzman con los que ninguno debía estar muy familiarizado, quedando como The Pink Floyd Sound, nombre que usaron para esa velada y durante un tiempo alternándolo con The Tea Set para los compromisos adquiridos con anterioridad. Pero pronto las cuatro palabras del nuevo nombre se reducirían a tres al desprenderse de su insulsa coletilla y, más tarde, de su innecesario determinante, para pasar a la historia de la música moderna como PINK FLOYD.

Este tipo de cosas han sido las que han ido creando la leyenda de Syd Barrett, y es que, según todo el que lo conocía, Syd era un tipo especial. Y no es que los demás no lo fueran: Roger era un huracán de energía, un tipo exigente —y bastante tocahuevos, según su amigo el percusionista— dispuesto a triunfar como músico a toda costa. Rick un tipo tímido y enigmático, pero bien parecido y sensible, que hacía sonar los teclados con unos matices únicos. Y Nick Mason, un batería inteligente e intuitivo, más disciplinado que la mayoría, amante de los coches, y con tantas ganas de pertenecer a una gran banda, que era capaz de soportar las mayores excentricidades de sus ególatras compañeros. Todos eran, a su modo, especiales, pero es que Syd, además de ser un chico guapo, divertido y con encanto personal, parecía tener un don, y, por si fuera poco, además poseía una colección enorme de discos y demostró tener mayores conocimientos musicales que el resto de sus compañeros. Sus padres habían alentado desde pequeño su formación musical —tenía una guitarra eléctrica desde los ocho años y solía reunir a sus amigos en el salón de su casa para ensayar—, lo que era bastante inaudito para la época. Syd Barrett, un tipo original que se fue haciendo cada vez más radical, con el paso del tiempo, tenía grandes dotes para el dibujo, para la pintura y, en general, para las artes plásticas, y tuvo una gran influencia sus inclinaciones por el expresionismo abstracto en la faceta musical que desarrollara más tarde. Al llegar al grupo demostró una gran facilidad para la composición, para la improvisación y para la invención de extrañas pero sugerentes letras de canciones, por lo que desde el principio fue considerado como el auténtico líder del grupo.
Visto desde fuera se percibía con claridad un liderazgo basado en la superioridad artística de Syd Barrett, dando la impresión de componer entre los demás una simple banda de acompañamiento. Pero el caso es que, cuando llegó Syd, ese era ya un grupo bien estructurado, en el que cada uno sabía su papel, pero en el que las decisiones importantes siempre se tomaban entre todos. Y si alguna vez fueron Syd Barrett y su banda, cada vez lo fueron siendo menos, y esto es lo curioso del caso, como iremos viendo.
A pesar de la extracción social de los componentes del grupo —todos hijos de padres universitarios de clase media: intelectuales más o menos cualificados con profesiones liberales bien remuneradas—, la ideología del grupo de amigos era de tipo progresista, cuando no abiertamente militante en las actividades organizadas por el partido laborista o alguno de sus sindicatos, sobre todo en cuestiones antimilitaristas. Se trataba de chicos más o menos comprometidos socialmente que siempre tuvieron a gala los valores democráticos.
Es cierto que Roger Waters dejó la guitarra y se colgó el bajo cuando llegó Syd, y que la presencia del nuevo miembro estimuló a los demás componentes, adquiriendo un sonido sincopado más original y cercano al que iban buscando, pero también es verdad que Barrett no empezó a despegar como músico hasta que no formó parte del grupo, pues en lugar de desempeñar su labor creativa como un mero entretenimiento, pasó a adquirir las rutinas profesionales propias del oficio, a las que Roger y sus compañeros llevaban tiempo acostumbrándose como la única manera de destacar entre la pléyade de aficionados al género que pululaban en aquellos días por Londres.
Después de tocar en Cambridge (aún como The Tea Set) en la fiesta de cumpleaños de la novia de Storm Thorgerson —famoso diseñador gráfico de sus portadas—, fiesta donde tocó también un grupo llamado Joker Wild, cuyo guitarrista era un tal David Gilmour, amigo y vecino de Syd, al que le había estado enseñando a tocar la guitarra meses atrás, lugar donde coincidieron también con un cantante de folk llamado Paul Simon, tras aquel mítico evento que congregó a numerosos estudiantes vestidos a la moda hippie, fueron invitados a tocar en el Marquee Club el 13 de marzo de 1966. El Marquee Club, situado en su original ubicación del 165 de Oxford Street, era el club más importante del Reino Unido en aquel tiempo, aunque en este caso se trataba de un concierto privado más que del propio circuito de clubs oficial de Rhythm and Blues , del que era su principal recinto. Se trataba de un evento creado a finales de enero por el norteamericano Steve Stollman para dar a conocer la cultura de vanguardia que estaba surgiendo en Inglaterra a imagen de lo que ocurría en su propio país, con la idea de encontrar nuevas bandas para la discográfica ESP-Disk de su hermano Bernard. Allí tocaron por primera vez ante un gran público con el nombre de Pink Floyd los pocos temas de su corto repertorio, alargándolos en improvisados y característicos happenings , como acostumbraban a hacer en las fiestas privadas o en los colegios. Se trataba del tercer concierto (o tercer Trip «Viaje») organizado de un evento temático vanguardista que acabaría siendo mítico y que se llamó Spontaneus Underground. En aquel concierto, además de los efectos hipnóticos que introducía Syd y del sonido espacial de los teclados de Rick, Mason incorporó ese día unas mazas entre sus instrumentos; es lo único que se permitieron allí. Pero aquello gustó y fueron de nuevo invitados a repetir, obteniendo su primer contrato importante. Al concierto del 12 de junio en el que participaron los Pink Floyd Sound en el Marquee Club asistió Peter Jenner, otro joven progresista amante de la música que estaba buscando una banda de folk vanguardista para redondear la agencia que acababa de montar, quedando encantado con su extravagante actuación. Peter cuenta que lo que le agradó no fueron los manidos temas de blues, sino la novedad de los largos y suaves solos progresivos de Syd y la extravagante instrumentación del grupo. Tras un breve encuentro, a la vuelta del verano Peter se convertiría en el primer manager profesional de Pink Floyd junto a su amigo y socio Andrew King, quienes crearían junto a ellos la empresa Blackhill Enterprises poco más tarde, para representarlos y gestionar todas las actividades musicales de la banda durante su primera época. Esto supuso el primer paso serio hacia la profesionalización.
La primera labor de la empresa consistió en adquirir un equipo de sonido Selmer y unos amplificadores para el bajo y la guitarra, con lo que quedaron endeudados desde el principio, viéndose acuciados por la necesidad de trabajar en serio y de ganar dinero con ello. Nick, el batería, cuenta que fue el último en renunciar a su carrera de Arquitectura, concediéndose un año sabático para darse una oportunidad con la música, un año que daría mucho de sí.
Aunque la idea inicial de Blackhill era conseguir nuevos y mejores trabajos y negociar con algún sello discográfico en el que grabar su primer disco que catapultara sus carreras con un gran éxito, la mejor contribución que haría Peter Jenner la hizo de manera indirecta, antes incluso de crear aquella empresa que promocionaba también a otros músicos. Peter los puso en contacto con sus amigos de la London Free School (la Escuela Libre de Enseñanza de Londres), el nuevo centro de formación alternativo de la nueva izquierda progresista, una institución contracultural, muy crítica con los conceptos tradicionalistas y muy creativa, de la que habían salido músicos tan importantes como Keith Richard y John Lennon y que, a pesar de durar apenas un año, tuvo una importancia relevante para muchos artistas, suponiendo uno de los gérmenes intelectuales y políticos en los que se basó el movimiento hippie. La LFS creó el Carnaval de Notthing Hill, como un macro espectáculo popular en las calles, que tuvo su continuación social y su citas más atrevidas en los locales subterráneos del Club UFO (Underground Freak Out), el club nocturno del Alucine. Dos entidades más componían las cuatro patas en las que se asentaba el utópico y revolucionario movimiento: la librería o galería Índica, que era una tienda dedicada a la literatura, a la filosofía y al incipiente arte underground; y el IT, el International Time, la revista creada para promocionar y defender todos los eventos y personajes relacionados con el mencionado movimiento radical.
En el barrio de Notthing Hill, la sala de All Saints Churh, una vieja iglesia en ruinas reacondicionada para alojar los eventos menores del propio distrito, no parecía el lugar ideal al que los nuevos managers los llevaran a tocar para elevar su caché y su prestigio. Sin embargo resultó ser un lugar perfecto para conquistar a un público que llegaba ya extasiado o a medio extasiar a las actuaciones. Aquel recinto singular con los techos tan altos y el piso cubierto de tablones, donde se tumbaban a alucinar o a hacer el loco los espectadores desinhibidos en sus conciertos, resultó la mejor piedra de toque para poner a prueba las facultades de convocatoria de nuestro grupo. Sintiendo que habían dejado atrás sus naves ardiendo, y a pesar de que la recaudación se destinaba a la manutención de la London Free School, nuestro cuarteto disfrutó allí desde el primer día animando el cotarro con sus largos compases de música progresiva, alternando partes fuertes con otras más suaves y relajantes (lo que era una novedad para aquellos días), todo ello en medio de un espectáculo lumínico insólito, en el que se mezclaban diapositivas con motivos transgresores y luces de colores ácidos, accionadas aún de forma manual. Ese extraño espectáculo multimedia lo sabía agradecer un público que cooperaba fantaseando en semejantes circunstancias con su relajada participación y su fiel asistencia, convirtiendo a nuestra banda, actuación tras actuación en aquel recinto sagrado, en una referencia ineludible del momento, camino de establecerse como los grandes líderes musicales de la psicodelia.
Convertidos en un conjunto underground, Pink Floyd empezó a salir de los pubs, de las fiestas privadas y de los salones de los colegios, para tocar en algunos clubs prestigiosos, al principio como meros comparsas o teloneros de otros músicos más importantes.
El 15 de octubre de 1966 se celebró en el remozado edificio circular del Roundhouse de Londres el primer concierto mítico de Pink Floyd, con motivo del lanzamiento del International Time Magazine (IT), primera revista underground, que nació para colaborar en la difusión de los objetivos de la London Free School y de todas las actividades artísticas relacionadas. A ese magno evento, hito de la Psicodelia y símbolo de la contracultura moderna, se dice que se invitó a una lista de cien personajes estelares de todos los rincones del planeta. También se ha dicho que ese número se sobrepasó con creces. Lo que es cierto es que asistieron, entre otros, dos de los grandes artistas de la Beat Generation (Allen Ginsberg y William S. Burroughs), el también escritor y periodista Norman Mailer y el cineasta Michelangelo Antonioni, emblema del neorrealismo italiano —con el que trabajarían poco después nuestros chicos en la composición de la banda sonora de una de sus películas—. Además estuvo presente uno de los líderes de los Beatles, Paul McCartney —aunque fuera John el esperado—, así como un gran número de personalidades de toda índole. De aquella emblemática gala no fue la música lo único destacado sino, por primera vez en un gran concierto de este género, la iluminación del espectáculo, que estuvo a cargo de Joel Brown, para el acto de presentación y para toda la actuación de Pink Floyd. Serán recordadas siempre aquellas composiciones de imágenes psicodélicas en movimiento creadas por el manejo experto de las diapositivas, impactando en los asistentes por su novedad y radicalidad junto a los temas progresivos espaciales de nuestro cuarteto, generando un espectáculo multisensorial que los hizo triunfar por todo lo alto en su verdadero debut musical ante un gran público. En 2016, hace seis años ya, se recordó y celebró por todo lo alto el 50 aniversario de este concierto inolvidable para la historia de la música.
Tras el éxito incuestionable de nuestra banda de vanguardia en el Roundhouse, Pink Floyd firmó el acuerdo de representación con Blackhill Enterprises el 31 de octubre de 1966.
Pero sería en el UFO CLUB donde Pink Floyd acabaría por convertirse en la banda número uno de la Psicodelia. El UFO era un club nocturno contracultural creado por el mismo fundador de la LFS (John Hopkins), un recinto inaugurado en la Navidad del 66 en Tottenham Court Road, y que estuvo abierto durante los siete meses siguientes, trasladándose al edificio redondo del Roundhouse en agosto de 1967, para acabar su corta historia en tan solo dos meses más. En el club UFO se daban cita diferentes espectáculos durante toda la semana. Tenían cabida allí desde la lectura de poesía hasta los happenings más surrealistas, como las sorprendentes performances* de artistas de vanguardia como Yoko Ono. Pero aquel club fue creado principalmente para las actuaciones musicales, dándose cita en él tanto las raras exhibiciones de música india o africana como las sorprendentes coreografías de danza moderna, sobresaliendo los conciertos de auténtica música psicodélica, en los que bandas como Soft Machine o Pink Floyd acabaron consagrándose. Nuestro grupo tocó allí desde su inauguración hasta que se mudaron al Roundhouse semana tras semana, como parte fundamental de su elenco de artistas, creando en sus actuaciones una atmósfera genuina, diferente a todo lo que se conocía hasta entonces, gracias a su característico sonido espacial, a las luces e imágenes de llamativos colores y a unos espectadores que vivían los conciertos de forma poco convencional, sin bailar, pero sí tratando de coordinar con el movimiento de su cuerpo aquel extraño sonido envolvente que se acompañaba de imágenes radicales y luces estroboscópicas.
El público del UFO Club era completamente distinto al del Club Marquee, donde los espectadores bailaban al son de los ruidosos temas de R&B. Al UFO, por el contrario, se iba a escuchar música y a flipar en colores; nada de bailes ni de pegar voces como energúmenos. Ese era el verdadero público de Pink Floyd, el que aún sigue escuchando sus tranquilas e interminables canciones degustando sus hermosos acordes como si fuera música clásica, y como esta, sirviendo de banda sonora en todo tipo de circunstancias.
Pero aquellas continuas y agotadoras actuaciones de nuestro grupo en el UFO habrían de tener pronto su límite. Pink Floyd, al cabo de unos meses tocando como la banda titular del local, decidió buscar nuevos y mejores horizontes, incrementando su caché y reduciendo su presencia. Tras haber sufrido algunas críticas de la prensa más reaccionaria y de haber dado visibles muestras de cansancio, el club sufrió algún cierre temporal por consumo de drogas en su interior y nuestros músicos decidieron dar por concluida esa etapa, a lo que los responsables del club protestaron, indignados, objetando que en lugar de estar agradecidos por haberlos hecho famosos tocando en su club, los abandonaban en aquellos momentos difíciles. Sin embargo nuestros chicos, lanzados al estrellato, no estaban ya para entretenerse en agradecer favores. Desde enero sus actuaciones en el UFO se redujeron a una al mes, por lo que puede decirse que Pink Floyd, lo mismo que contribuyó con su presencia a dar a conocerlo y a mitificarlo, de igual forma daría lugar con su ausencia a su definitiva desaparición, con lo que su buen amigo Hoppy (que era como llamaban al tal John Hopkins, creador y patriarca del movimiento Underground) no debía estar demasiado contento con sus pupilos psicodélicos, sino más bien al contrario.
Pink Floyd pasó de tocar en 24 conciertos el año anterior a 200 ese mismo año, gracias a la agencia de Bryan Morrison, importante manager musical al que conocieron en Chelsea en enero en la grabación de su primer single (Arnold Layne). Morrison los introdujo en los circuitos de clubs más populares, en la cadena de salas Top Rank, lo que tuvo un efecto contradictorio pues, si bien incrementaron exponencialmente sus actuaciones, lo hicieron ante un público inapropiado, distinto al que había acudido hasta ahora a verlos, el típico cliente del club UFO. El prototipo de espectador de Pink Floyd era un tipo desgreñado con vaqueros y pelo largo o una alocada groupie vestida con una holgada camisa estampada de flores, un bikini debajo y unos shorts. A los espectadores del Top Rank sin embargo se les exigía para entrar una estricta etiqueta de chaqueta y corbata y, su correspondiente femenino, solía ser una joven recién salida del tocador y la peluquería, para bailar no demasiado juntos los tranquilos sones de la música Soul o para escuchar y admirar a las estrellas del Top of the Pops. Pero Pink Floyd solo había salido una vez por televisión con Arnold Layne, un tema que se había escuchado en la radio pero que no tenía nada que ver con su repertorio habitual. Hasta julio no volvieron a salir en la pequeña pantalla cantando See Emily Play, por lo tanto durante estos meses fueron unos auténticos desconocidos para la mayoría de británicos y para todo el resto del planeta. Por eso el nuevo público, comenta Nick Mason en su libro: «al oír esa música extraña y aterradora (por primera vez) su reacción oscilaba entre el desinterés y la violencia». Nuestros amigos, a falta de un circuito estudiantil o universitario inexistente, parecían encantados por fin de estar tan ocupados, hasta el punto que, acordándose de los buenos servicios que les prestara antaño su vieja furgoneta Bedfort, decidieron comprar una estupenda camioneta Ford Transit, para acudir a la gran cantidad de conciertos que les sobrevinieron por el Reino Unido en tan breve periodo de tiempo. Así pudieron transportar su cada vez más abundante equipo de sonido e iluminación, junto a un número creciente de auxiliares a los que fueron añadiendo. Esta es la época en que contrataron a Peter Waynne Willson, brillante iluminador teatral, para que se hiciera cargo no solo de las luces, sino también, junto a su novia Susie, del sonido y de la organización de las giras, lo que lo convirtió en uno de los miembros más importantes del grupo.
En su periplo británico destacaron los cinco conciertos por Escocia, en los que sufrieron verdaderos enfrentamientos bélicos. Era la primera vez que tocaban ante un público que no los conocía y los primeros escoceses que los oyeron no esperaban escuchar la música psicodélica de vanguardia que esgrimieron nuestros músicos radicales, siendo pitados, abucheados e insultados a menudo, sufriendo todo tipo de desprecios en cada una de sus actuaciones, provocando numerosos enfrentamientos entre distintos grupos de espectadores, en los mejores casos, y llegando al lanzamiento de las bebidas que consumían a destajo, en los peores, debiendo aguantar a pie firme sobre los escenarios como les aconsejaban sus experimentados agentes, para no caer en provocaciones que hubieran podido acarrear peores consecuencias. Sin embargo —cuenta nuestro batería escritor— aquellas agrias trifulcas con las que se enfrentaron en ocasiones, en lugar de amedrentarlos, acabarían por fortalecerlos, siguiendo aquella máxima nietzscheana del espíritu guerrero, afrontando sus siguientes trabajos con sentido optimista, al considerar que tras aquellas dificultades era difícil pensar en no encontrarse con mejores condiciones en los siguientes conciertos.
El siguiente paso importante de la banda sería el fichaje con la discográfica EMI RECORD, en los míticos estudios de Abbey Road. En EMI estarían bajo la supervisión de Norman Smith, que actuó de productor, dejando como ingeniero de sonido a Peter Brown, un profesional muy experimentado con el que grabaron sus primeros discos. El día 1 de abril de 1967 se anunciaría en rueda de prensa la incorporación del grupo. Según contaba Waters, lo hicieron: «en unas condiciones de mierda, pero al menos mucho mejores que las de los Beatles», algunos años atrás, a los que les había valido, no solo para refugiarse de las peligrosas persecuciones de sus alocadas fans a la salida de los conciertos, sino para alzarse como el conjunto musical más importante de la historia de la música. Teniendo en cuenta que en el 62 habían grabado los de Liverpool el Love me do, incluyéndolo al año siguiente en su álbum Please Please, Me; que publicaron tres álbumes más hasta el lanzamiento de Help en 1965; y que la Reina de Inglaterra les había concedido la Medalla del Imperio Británico ese mismo año, antes de que John Lennon dijera eso de que los Beatles son «más populares que Jesucristo...», al llegar a los estudios de Abbey Road, nuestros modestos músicos se encontraron con el listón bastante alto. Pero todo parecía ir más o menos por el buen camino. ¿Todo? No, todo no; casi todo. Pronto veremos qué es lo que fallaba.
Sabiendo que la mejor promoción que se puede hacer de un álbum y de una banda de música, es la publicación de un single de ese disco, Pink Floyd trató de grabar uno a la menor oportunidad que tuvo. Pero ellos tendrían ciertos inconvenientes y algo de mala suerte con todos sus discos sencillos.
Antes de llegar a EMI, dos meses atrás, Pink Floyd grabaría su primer single, Arnold Layne, en los estudios Sound Techniques de Chelsea en enero de 1967, publicándose el 11 de marzo —con letra y música de Syd Barrett—. Si tienen la curiosidad de escribir ese nombre en su buscador y de ver su vídeo promocional, se darán cuenta de que la música que hacían en aquella época distaba mucho de parecerse a los refinados acordes sinfónicos de los Pink Floyd que luego conocimos. Arnold Layne trataba de un transexual que se dedica a robar prendas interiores de señora por los tendederos: las paranoias surrealistas de Syd. Por lo que este tema despertó cierta polémica —polémica que de alguna manera ellos buscaban—, hasta el punto de ser prohibido en algunas emisoras tan importantes como Radio London, por el contenido inapropiado de su letra, lo que no fue óbice para que entrara dentro de la lista del top 20 de aquel programa televisivo tan importante que se llamaba Top of the Pops. Sin embargo lo haría de forma tan fugaz que la emisión del vídeo promocional de la canción que estaba previsto emitirse en los estudios de la BBC londinense, se cancelaría.
Pero además de Arnold Layne, su tema más comercial, Pink Floyd manejaba ya por esos días un ramillete de canciones con las que acudía a tocar a todos sus conciertos, temas que, a diferencia del anterior, llegarían a formar parte de su primer álbum, The Piper at the Gates of Down (El gaitero —o el flautista— a las puertas del Alba), publicado en agosto de ese año, aunque el proceso de grabación se prolongaría durante cuatro largos y duros meses. Ese álbum se componía de once temas para su versión británica, quedando reducido a nueve en la edición de EE.UU. En ese primer Long Play mítico se volvió a grabar con algunos arreglos Interstellar Overdrive, que era un tema instrumental compuesto para la banda sonora de una película y que era con el que solían abrir los conciertos. Interstellar era el tema más experimental de esos días, pues no tenía un tiempo ni un desarrollo exactos. Podía fluctuar entre los apenas diez minutos que ocupó en la grabación final hasta los más de veinte que solía durar cuando abrían sus actuaciones —sobre todo si la acogida era buena—. La genialidad de Barrett y el gran trabajo del ingeniero Peter Brown consiguieron que ese tema espacial emblemático, el más conocido de sus primeros años, quedase reducido a la mitad y conservase todo la frescura y el encanto de la versión en vivo.
El tema que abría el disco, Astronomy Domine, trataba también sobre un escenario espacial. En ese curioso tema se oía al empezar la voz de un astronauta (Peter Jenner) y unos sonidos imitando el código Morse, seguidos por los contundentes mandobles de Mason y las voces agobiantes de Barrett y de Wright, reforzadas por sus propios instrumentos. Todo el disco estaba lleno de esos ecos que atribuimos al espacio exterior, por lo que Arnold Layne no llegó a entrar dentro de ese LP, aunque sí su segundo single, See Emily Play, que lo hizo solo para la edición estadounidense, aunque, más que encajar por su aspecto espacial debió hacerlo por su sentido surrealista. Barrett había compuesto este tema para el concierto «Games for May» que se celebró en el Elizabeth Queen Hall el 12 de mayo de 1967, según confesó más tarde, tras haber sufrido una alucinación en un bosque de Cambridge en el que se le apareció una muchacha jugando, a la que identificó como la escultora Emily Young, conocida en el UFO por "la colegiala psicodélica".
A la grabación de este tema en junio de ese año, Syd invitó a los estudios a su amigo y vecino de Cambridge, David Gilmour (al que incorporarían a la banda a finales de ese año), quien ha contado que el entonces líder de la banda se encontraba durante la grabación de este disco en un estado tan deplorable —debido a su adicción a las drogas— que, después de llamar su atención varias veces para hablarle, no había conseguido que lo reconociera.
El single entraría en el top de los mejores 20 temas del programa televisivo Top of the Pops, llegando hasta el número seis, lo que le valdría la invitación al estudio principal de la BBC en julio de ese año, haciéndolo por tres semanas consecutivas. Pero aunque a la mayoría de los componentes del grupo les gustaba aparecer en televisión en aquel popular programa que suponía la mejor publicidad posible, a pesar de que odiaban hacer playback en esas actuaciones, al espíritu puritano e íntegro de Syd, le parecía un sacrificio superfluo, por lo que trató de boicotear su intervención en varias ocasiones, excusando su presencia por fin con el argumento de que «...si a John Lennon no le había sido necesario acudir al Top of the Pops, ¿por qué a él sí?». Esta decisión unilateral del líder del grupo desconcertó e indignó tanto a sus compañeros que empezaron inmediatamente a buscar una solución al problema. Pero antes tendrían que terminar de grabar su primer álbum.
Los demás temas de The Piper at the Gates of Down eran también muy extraños. A nosotros nos servirán para hacernos una idea de lo que por entonces rondaba por la cabeza de Syd, que era el autor de casi todos ellos. El segundo título, Lucifer Sam, trataba de un gato siamés y una bruja; en Matilda Mother una madre cuenta fragmentos de cuentos a su hijo con voces discordantes; Flaming es un fantaseo entre dos niños que juegan en el cielo con un unicornio; Take Up Thy Stethoscope And Walk (Levanta el estetoscopio y anda) era el único tema de Roger Waters, en el que un enfermo mental acostado en la cama se dirige al doctor para explicarle sus esquizofrénicas sensaciones —sin duda una alusión a su compañero de Cambridge—; en el tema The Gnome, se busca el nombre más onomatopéyico y absurdo posible, mientras se habla de la felicidad en la naturaleza del gnomo Grimble Crumble del Señor de los Anillos de Tolkien; en Chapter 24 se alude poéticamente al capítulo 24 del libro I Ching, el oráculo chino o Libro de los Cambios, un antiguo texto taoísta de 1200 a.c. que ofrece diferentes respuestas de tipo moral o filosófico dependiendo de quién haga la consulta —una alusión a los gustos esotéricos de Syd—; en The Scarecrow (El Espantapájaros) se compara la tristeza de este con la del autor; y finalmente, en Bike, un individuo ingenuo trata de ligar con una mujer enseñándole su bicicleta prestada. Los demás temas son instrumentales. Como verán se trata siempre de temas alocados y un poco infantiles, pero a menudo también, poéticos y originales, todos surgidos de las extravagantes y recurrentes ideas de la mente calenturienta o alucinada de Barrett. Sin embargo, quizá por eso mismo, este disco ha sido todo un referente en la historia de la música moderna y, aunque las letras, los arreglos musicales y hasta los riffs hayan sido inventados por él o versionados de temas conocidos, su singularidad y perfección se deben así mismo a las brillantes aportaciones del resto de componentes, sin los que hubiera sido impensable un disco tan complejo y brillante como este, sobre todo teniendo en cuenta que era el primero.
El álbum terminó de grabarse el 5 de agosto de 1967 pero, en lugar de echarse a la carretera en aquel “verano del amor” para comenzar su promoción, Pink Floyd se vio en la necesidad de parar por completo y tomarse un merecido descanso.
Durante los cuatro largos meses de su complicada producción habían ocurrido muchas cosas, entre las cuales la menor no fue que el ambiente cultural del underground y la psicodelia se fuesen deteriorando. Los componentes de nuestro conjunto musical habían llegado hasta aquí tras una fulminante carrera plagada de obstáculos que los había dejado exhaustos. Sobre todo a Syd Barrett.
El underground estaba cambiando su imagen utópica para convertirse en «Sexo, drogas y Rock and Roll». En febrero de ese año detuvieron al cantante de los Rolling Stones, Keith Richards, por consumo de estupefacientes, en una redada que hizo la policía en su casa de Susex. En junio fue sentenciado John Hopkins por consumo y posesión de cannabis a nueve meses de cárcel, de los que cumpliría los seis primeros, ante el desconcierto y las protestas de numerosos ciudadanos progresistas.
Los Pink Floyd también serían acusados de hacer música subversiva que enardecía la violencia, el caos y que fomentaba el consumo de drogas. Desde el principio se enfrentaron a una gran hostilidad con los directores de las salas por las que iban desfilando. Además de por el comportamiento salvaje del público que acudía como a cualquier otro concierto de Rock que se llevara a cabo en una sala abarrotada de jóvenes, a nuestro grupo le achacaron una iluminación excesivamente tenue y una imaginería subversiva y radical que estimulaban la promiscuidad, el consumo de drogas y la violencia gratuita, lo que en cierta forma era verdad, aunque ellos lo desmintieran y se disculparan por ser identificados como psicodélicos.
A la Psicodelia o movimiento underground, nombre con el que se le conoció tan solo al final de esa época, y que conectó con las revueltas del Mayo del 68 en París, se le hubieran podido perdonar todas sus actividades vanguardistas, por muy radicales que hubieran sido, pero lo que no se le pudo perdonar fue el reguero de víctimas de las drogas que dejó tras de sí desde mediados de 1965, año tras año, hasta su conexión con el mundo hippie, como una plaga que se alargó hasta los años ochenta, y que se extendió desde Estados Unidos por toda Europa a montones de familias, sin importar su estatus social, su raza o sus ideas políticas.
Nuestros músicos trataron de escurrir el bulto como pudieron, alegando a todos los que los acusaron, que la etiqueta de psicodélicos fue una marca impuesta por los demás, que ellos nunca se sintieron más que como un grupo de músicos que trataban de tocar lo mejor que podían, y que a ellos la Psicodelia les había perjudicado tanto como a los demás. Lo que en parte era cierto, pero una verdadera vergüenza, viniendo de los labios de Roger, que había sacado provecho continuo desde su mismo origen. Sin embargo esta fue la única manera que encontraron de seguir adelante con sus carreras. Había que soltar lastre.
Pero en realidad ese no era el verdadero problema de Pink Floyd. Para conocer los graves problemas que acontecían a nuestra banda desde hacía meses había que echar un vistazo dentro del grupo: el problema era Syd Barrett y su fuerte adicción a las drogas, especialmente al consumo de ácido (de LSD). Syd solía alucinar en sus actuaciones en vivo, vivía los conciertos colocado, como lo hacía gran parte del público. El asunto era que llegó un momento en que perdió la capacidad de controlar la situación y resultó completamente inaceptable en su trabajo. Barrett desafinaba de forma horrible con la guitarra o cantando. Otras veces se quedaba quieto y callado, sin hacer nada con su instrumento al cuello durante largos intervalos de tiempo, lo que hacía resentirse al sonido de sus temas, desesperando a sus compañeros que se daban cuenta de inmediato, especialmente Roger, que era incapaz de ocultar su enfado al observarlo cuando lo veía en ese estado. Los problemas con Barrett los había sufrido Norman Smith, el productor de la grabación de su primer álbum, cada vez que este le intentaba corregir algún matiz concreto y lo hacía repetir para perfeccionarlo. Al parecer, por sistema, Syd asentía sin decir una palabra a cualquier corrección o mejora propuesta pero volvía a repetir la grabación en los mismos términos una vez y otra, lo que exasperaba al técnico de EMI, que finalmente lo hizo renunciar a sacar mayor provecho de aquella situación kafkiana.
Syd Barrett llevaba ya tiempo dando claras muestras de deterioro físico y psíquico. A la vuelta de su gira por los Países Bajos, el mismo día que salían del aeropuerto de Ámsterdam tenían que tocar esa noche en Londres en el gran Festival de libre expresión llamado 14-Hour Technicolor Dream (el 29 y 30 de abril de 1967). Una gran oportunidad para consolidar su liderazgo del movimiento Underground. El macro concierto se celebraba en el Alejandra Palace y se debió a la iniciativa de Barry Miles y de su amigo “Hoppy” Hopkins, en beneficio del I.T. Magazine. En el Technicolor Dream intervinieron poetas, músicos y artistas de todo tipo relacionados con la movida psicodélica: Soft Machine, Pretty Things, The Move, Pete Townshend, Yoko Ono y un sinfín de cantantes, bailarines, malabaristas y grupos musicales, se fueron distribuyendo en sus actuaciones en dos grandes espacios dentro del palacio, iluminados por una gran torre de luces estroboscópicas que inundaba hasta su último rincón. ¿Saben quién fue la banda que tendría el honor de ser elegida para inaugurar este magno evento contracultural, hito de la era psicodélica y del movimiento underground? Efectivamente, están en lo cierto: nuestros PINK FLOYD. Pero ellos no llegaron a tiempo. Se presentaron al parecer a las tres de la mañana y en un rato trataron de preparar una actuación multimedia que estuviera a la altura del gran acontecimiento. Pero llegaron muy cansados y no acertaron a hacer funcionar decentemente nada. A las cinco, con el alba, como profetizaba el álbum que estaban a punto de grabar, se dieron cuenta que les faltaba su líder. A Syd se lo encontraron en los camerinos dormido, alucinado o, tal vez, ambas cosas a la vez. Lo espabilaron a toda prisa, lo acabaron de vestir y le colgaron su guitarra al cuello. Sin acertar a hacer funcionar el juego de luces como ellos pretendían y con su líder a rastras, salieron al escenario y fueron recibidos entre palmas y silbidos, aunque cuando apareció por fin Syd y se colocó al borde del escenario, recibió un enorme aplauso, porque a Barrett lo adoraba el público. Pero el líder de la banda, más extenuado que ninguno de sus compañeros, se quedó quieto durante toda la actuación, con los brazos colgando y callado delante de unos espectadores que poco a poco fueron comprendiendo la situación hasta abandonar el recinto de madrugada. Les dio tiempo a tocar: Interstellar, Astronomy Domine, Arnold Layne y algún otro tema del que sería pronto su primer álbum, quedando insatisfechos de su penosa actuación.
Mejor se les dio el Games for May en el Queen Elizabeth Hall de Londres, un concierto organizado por Blackhill Enterprise y sus dos amigos y representantes, Peter Jenner y Andrew King, el 12 de mayo de ese mismo año. Sin teloneros delante y con todo el aforo cubierto de cómodos asientos, lo tuvieron todo a favor y lo aprovecharon con un gran éxito que aún se sigue recordando. Ese recital se creó para dar a conocer la canción See Emily Play, que empezó llamándose así Games for May. En ese concierto que se tituló pomposamente: “Juegos para mayo: relajación de la era espacial para el clímax de la primavera", se interpretarían todas los temas de su inminente LP (The Pipper at the Gates of Dawn). Se trató de un espectáculo preparado para alucinar de principio a fin. Allí estrenaron un coordinador de sonido envolvente y un sistema cuadrafónico (por primera vez en la historia del pop) operado por un artilugio llamado “Acimut” que se accionaba mediante un joystick para desviar el sonido a los cuatro puntos cardinales de la sala. También se valieron de una máquina de hacer pompas de jabón que expandieron dentro de todo el recinto, a lo que se le sumó un espontáneo —freelance— vestido de militar que le dio por sembrar de narcisos todos los pasillos, lo que, en conjunto, resultó bastante peligroso para los desplazamientos. El director del Queen Elizabeth Hall, un tipo irascible con larga experiencia, finalmente no supo cómo asimilar esa extraña mezcla entre las pompas de jabón y las flores, y solo encontró una respuesta posible: la prohibición de la entrada a la banda a perpetuidad.
Tras las tres consecutivas visitas en julio al programa Top on the Pops de la BBC, gracias al éxito de su segundo single (See Emily Play), con un Barrett cogido con alfileres, después de la triste despedida del UFO Club en Tottenham Court Road y el definitivo lanzamiento de su primer álbum a primeros de agosto, Pink Floyd decide aplazar todos sus compromisos de ese mes hasta septiembre, cancelando su actuación del 12 de agosto en el 7º Festival Nacional de Jazz y Blues en Windsor, aludiendo “agotamiento nervioso” en su líder, un eufemismo de los graves síntomas de deterioro que estaba consumiendo a Syd Barrett como consecuencia de su adicción a las drogas.
Syd tenía días buenos y malos, pero cada vez eran más los días malos en que ni siquiera podía valerse por sí mismo. June Child —cuenta Mason—, la secretaria de Blackhill, que fue su novia durante unos meses, decía que era imposible llevar una vida normal tomando tres o cuatro ácidos diarios, al mismo compás que los demás miembros del grupo se tomaban unas cervezas en sus cada vez menos ratos libres, siguiendo aún con la vieja tradición de los tiempos de estudiantes en la Escuela Politécnica.
Después de renunciar a aquel importante festival de música donde se les esperaba como a uno de los más importantes participantes, se vieron en la obligación de encontrar un médico para Syd. Pero eran muy escasas las clínicas o los entendidos en tratar los problemas de drogadicción por aquella época. Pidieron cita con el psiquiatra R. D. Laing, un reconocido psicoanalista al que rechazó Barrett, antes de que este anunciara a sus compañeros unos posibles síntomas de esquizofrenia. Roger tuvo que contactar con el hermano de Syd y hacer que acudiera a interesarse por su alarmante estado, pero este no pareció dispuesto a implicarse de forma decidida y, minimizando el problema, alegó que lo más seguro era que las cosas se solucionaran para bien por sí solas, largándose en cuanto Syd dio las primeras muestras de una leve recuperación. Finalmente tuvieron una idea, conocían por referencias directas al doctor Samuel Hutt, médico de cabecera del underground, que experimentaba trabajando con algunos famosos pacientes con adicción a las drogas sintéticas, a los que les administraba cannabis como sustituto, mucho antes de que se oyera hablar de la metadona para esos fines. El doctor Hutt —Sam, para los amigos— era un médico muy a la última, y solía asistir a sus pacientes ligero de ropa y en plan colega, en aquel llamado verano del amor de 1967 en la isla de Formentera, una de las más liberales de nuestras Islas Baleares, así es que la banda aplazó hasta septiembre todas sus actuaciones de agosto, echaron en las maletas sus bañadores hippies y se marcharon de veraneo a la solitaria isla española. Allí serían acogidos junto a sus familias gracias a la intermediación de unos amigos comunes con influencia, porque no les debía ser fácil encontrar alojamientos decentes a un grupo de melenudos extranjeros en aquella mojigata España franquista. Roger sería la única excepción en recalar junto al resto de la tropa, pues él y su novia prefirieron alejarse hasta la isla vecina de Ibiza, para relajarse completamente y no tener que presenciar el tormentoso proceso de recuperación que le auguraban a su amigo. De aquellos días han quedado imágenes kitsch para el recuerdo donde aparecen tendidos al sol sobre la arena como una banda de hippies cualquiera de las que empezaban a poblar nuestras playas a finales de los sesenta. De allí es también la fotografía de la portada de su disco More —banda sonora de un film con el mismo título—, una imagen en la que aparecen corriendo desnudos hacia un blanco molino de viento, parodiando la famosa escena cervantina de las visiones de don Quijote.
La estancia de los Pink Floyd en Formentera será eternamente recordada por aquellos lares, pero al margen de los placeres innatos que un grupo de jóvenes amigos pueda obtener durante unos días sin trabajo en un entorno bucólico —casi virgen aún— a orillas de unas cálidas playas, no encontrarían ninguna otra mejora en Syd a la vuelta de sus vacaciones, si acaso el descubrimiento de un furtivo conato de violencia y alguna escalofriante escena. Con todo, al menos esos tranquilos días de turismo por España, les servirían como un merecido descanso y para cargar baterías, pues les esperaba un duro final del verano, un laborioso otoño y un desenfrenado invierno de 1967.
Al llegar a Londres con tanto trabajo pendiente ni se les ocurrió prescindir de los servicios de Syd Barrett, al que le encontraron pronto faena. Había que preparar la gira en otoño por Los Estados Unidos, donde se jugaban mucho, pues se trataba de una gran oportunidad de introducirse en el gigantesco mercado norteamericano, así que lo mandaron a los estudios de Lane Lea (los que después sería estudios de la Warner en Londres) para que fuera perfilando sus últimas composiciones y grabar otro single en cuanto fuera posible. Pero antes debían asistir a todos los conciertos aplazados en agosto, después tenían programada una gira por el Reino Unido y otra promocionando su nuevo álbum por las televisiones de algunas ciudades europeas. Un verdadero maratón que se encontró con frecuentes obstáculos.
La gira de EE.UU. se vio empañada por un tropiezo inicial con la documentación. No consiguieron los visados hasta última hora, viéndose aplazada sucesivas veces y anulada su presencia en los carteles del Fillmore Auditorium de San Francisco para las sesiones de octubre. Al final se logró gracias a la persistencia del famoso promotor de la gira, Bill Graham, que tuvo que acudir al propio embajador estadounidense para acelerar los trámites. Consiguieron viajar por fin a principios de noviembre, aunque lo hicieron con escaso instrumental, teniendo dificultades para adquirir un buen teclado para Rick y una batería tan completa como la Premier de Mason, por no hablar del equipo de sonido y luces. Debutaron definitivamente a escasos metros del Fillmore, en el Winterland —otro gran recinto a cargo de Graham— el día 3 de noviembre de 1967. Allí actuaron como teloneros de Janis Joplin y de Richie Havens al llegar, y de H. P. Lovecraft el siguiente fin de semana, siendo anunciados como "Los Reyes de la Luz de Inglaterra", encontrando un ambiente excelente y un equipo técnico muy profesional que compensó la ridícula aportación que hicieron a la iluminación de un recinto con más de 5000 espectadores de aforo.
Escribe el batería, hablando de esos días de gira por EE.UU.: « El público era más parecido al de nuestro UFO que al del Top Rank. California y, en particular, San Francisco eran el centro exacto del ideal hippy. Desgraciadamente no tuvimos mucho tiempo para relajarnos; padecimos de jet-lag al llegar, hicimos una serie de conciertos caóticos de una tirada, teníamos poco presupuesto y estábamos agobiados. Y para colmo, la idea de Syd de cara a este concierto importante fue desafinar la guitarra durante «Interstellar Overdrive» hasta que las cuerdas se cayeron.» Sin embargo, dos días después, en el Cheetah Club de Venice, en Los Ángeles, tendrían más éxito. Mientras que en los grandes auditorios donde no eran el grupo principal, se tenían que adaptar a las circunstancias, en los que eran los artistas principales, lucían su juego de luces y controlaban todo el espectáculo, como hacían en el UFO.
En el club Cheetah también empezó Syd desafinando, como si lo hiciera a propósito para boicotear la actuación, lo que sacó a Roger de sus casillas y estuvo a punto de romperse los dedos con el bajo ovalado que le habían prestado, por la furia con que arremetió contra las cuerdas. Syd reaccionó, mejorando su actuación y la del grupo, al que acabaron vitoreando, a pesar de que Waters terminó ensangrentado y haciendo añicos el instrumento al estamparlo contra el suelo. Se dice que el dueño de aquel extraño bajo con forma de pera que le prestaran a Roger aquel día, conserva los trozos como una gran reliquia del más genuino Pink Floyd de los años sesenta.
Habían grabado un single llamado Apples and Oranges para su debut en Estados Unidos, al que promocionarían por algunas televisiones angelinas junto a sus mejores temas del álbum. Cuenta Mason que tanto en las actuaciones como en las posteriores entrevistas que hicieron, se cortaba el ambiente, dado el estado catatónico en el que estaba entrando su líder. Después de haber hecho playback más allá del término de las canciones y de responder continuamente con monosílabos, en el Show de Pat Boone, el famoso presentador y cantante, hizo un aparte con Syd para preguntarle qué era lo que más le gustaba al líder de los Pink Floyd, a lo que este tardó en responder, como era su costumbre, tratando de escoger la respuesta más impactante, como solía ser su norma también. Mientras tanto a los demás componentes del grupo, aterrados, les pasaron por la cabeza las mil y una cosas inconvenientes que su amigo podría estar pensando en esos momentos en directo ante su gran audiencia, para acabar por escuchar de los trémulos labios de Syd: «¡AMÉRICA!». Con lo que estallaron todos los espectadores, el locutor y sus compañeros presentes, en una gran ovación, que dejó complacidos a todos.
Después volverían a San Francisco para tocar por fin en aquel recinto que tanto se les había resistido, el mítico Fillmore Auditorium, para acabar de nuevo en el Winterland, agradeciendo la labor de Bill Graham, al que dejaron ya más relajado. Pero aún les quedaban por sufrir dos inolvidables anécdotas. Cuenta Mason:


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