36 mágicas rutas 35 Reseñas literarias de nuestros libros favoritosFrases célebresRUTAS POR EL MUNDO
 

Nuestro amigo Quino (1ª parte)

In Memoriam

El Quino reparando la Continental
   Yo soy el otro, el compañero de Quino, su eterno acompañante. Su amigo. Nosotros nos conocemos de toda la vida, desde hace sesenta años, porque éramos vecinos de La Puerta de Almodóvar, amigos de la charpa* del barrio. Todavía hay por ahí fotografías de chavales, con cara de golfillos, cuando estábamos todo el santo día tirados en la calle. Luego trabajamos juntos en aquella gran empresa que era Gisred, la mejor que hubo durante mucho tiempo en Córdoba de máquinas de oficina, donde aprendimos el oficio. Cuando empezó a flaquear vosotros os juntasteis para montar vuestra propia empresa, como al final tuvieron que hacer la mayoría. Entonces dejamos un tiempo de vernos. Yo conseguí engancharme más tarde con otros compañeros, con los que, después de hacer un poco de todo, me quedé encargado del almacén, y así estuve casi veinte años hasta jubilarme, y puedo decir que cuando me fui dejé una de las empresas más importantes del gremio. Desde entonces, hace seis o siete años, nos vemos de nuevo casi todos los días. A mí no me importa darme un paseo hasta el centro haciendo un poco de ejercicio.
En el bar de enfrente nos llamaban los zarcillos, en el taller de la esquina la parejita y en la farmacia nos decían los Gemeliers*, aunque nosotros estábamos ya bastante pasados de moda. ¡Imagínense! Éramos inseparables. A mí estos titulillos me daban igual, pero a él sí sé que le escocían un poco. No le hacía gracia que nos presentáramos juntos en todos lados. A mí me gustaba relacionarme con sus amistades, y llegué a saludar a sus amigos como si fueran amigos míos también, en plan campechano –ya me entendéis- con la mayor naturalidad.
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Nuestro amigo Quino (2ª parte)

A. M. D. G.*

Máquina
     A la semana siguiente recibí la anunciada visita de la hija mayor de mi amigo y de su hijo, para avisarme del día de la misa de réquiem y para darme las gracias. Les recordé que sería conveniente traerse la máquina de escribir para terminar con la última labor que había emprendido su padre, haciendo un símil con la postrera batalla que venciera el Cid Campeador tras su muerte*. Me aseguraron que así lo harían y yo por mi parte les aseguré a mi vez que podían contar con el dinero del cliente como símbolo de su victoria. En eso quedamos. Nos volvimos a ver en la misa, también con mucha gente, pero con más calma que la vez anterior, y, a pesar de mi sugerencia, lamentablemente, sin el melancólico acompañamiento musical. Abrazando a la viuda me sentí como de la familia, y la señora, con sus cariñosas palabras así me lo hizo notar. 
   A los pocos días me tropecé de nuevo en el colegio con Ramón y le conté lo que había sucedido con el técnico de su máquina. Le intenté trasmitir que no debía preocuparse por ella, que pronto la tendría en su poder, en cuanto sus familiares se centraran un poco y la recogieran de su casa. Recuerdo su contestación. Trató el hombre de tranquilizarme diciéndome que eso no era ahora lo más importante, que se la llevara cuando todo hubiese pasado.
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Nuestro Camino de SantiagoVERDES COLINAS DE AFRICABlog personal de Juanjo Gañán
 

Las Capitales Imperiales (1ª parte)

Madrid y Viena

El beso de Klint
Sábado 29 de julio de 2017
Por fin llegó el último día de senderismo de la temporada para los tres aplicados montañeros cordobeses. Cuando pusieron sus cronómetros a cero el Tito empezó a hacer memoria del gran viaje de vacaciones que le esperaba con su famili...
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Cabeza y hombros

Flappers and Philosophers (1920)

Flappers and philosophers
I.
En 1915 Horace Tarbox tenía trece años. Por aquellas fechas hizo el examen de ingreso en la Universidad de Princeton y consiguió las más altas calificaciones en materias como César, Cicerón, Virgilio, Jenofonte, Hornero, Algebra, Geometría Plana, Geometría del E...
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