El instinto

Relato breve

El instinto

1
Éramos un equipo de barrio de tres lugares muy diferentes de la ciudad, aunque al final al equipo se le quedó el nombre del barrio más elegante, el de los chalets y las bonitas casas de ladrillo con garaje y piscina de la ladera de la sierra. Nuestro equipo acabaría llevando el pretencioso nombre del barrio alto y se llamaría Atlético Diamante Club de Fútbol.
Sin embargo la mayoría éramos del barrio de Lagartijo, que no tiene nada ni de elegante ni de pijo, esa es la verdad, el barrio de donde era el presidente que lo había fundado y los jugadores más antiguos, como yo.
Lagartijo es un barrio de casitas encaladas de una sola planta, colonizado por familias de los pueblos o del arrabal de la ciudad hacia los años cincuenta y sesenta; un barrio trabajador y tranquilo, donde se ha vivido siempre si no en familia, sí en vecindad más o menos tolerable.
A principios de los setenta Lagartijo se prolongó por un lado hacia levante, donde se fueron estableciendo buena parte de los hijos y nietos de aquellos colonos; y por otro hacia el sur, con la construcción del Polígono de la Fuensantilla, con gente procedente en parte de los desahucios de algunas zonas marginales de poniente. Yo nací en Lagartijo, en su calle principal, que llevaba el nombre de uno de los próceres del franquismo y aún era de tierra por entonces, antes de que metieran las tuberías del agua y que me rompiera la cabeza en la zanja de la puerta de casa. Pronto mi familia se escindió hacia el Polígono de Levante donde gozamos con los descampados mayores de la ciudad y donde crecimos la cantera de valores promesa de nuestro club (CAVAPRO, C.F.) en la época de alevines.
Con el tiempo, en infantiles, el equipo se benefició de un hecho insólito: nuestro presidente, el gordo Miguelito –con el correr de los años comunista recalcitrante—, consiguió para su equipo la concesión del campo de fútbol del Colegio de los Hermanos de la Fuensanta, un colegio de curas nuevecito en el corazón del barrio de la Fuensantilla, con unas instalaciones a la altura de las mejores de nuestra humilde ciudad, quedando nuestro club como el equipo local del colegio. Además, desde entonces, el club se empezó a nutrir de los mejores talentos futbolísticos del Centro, niños de papá, generalmente, procedentes en su mayoría del barrio alto del Diamante, desde donde llegaban cada día a clase en sus flamantes vehículos familiares o en lujosos autocares.
La tercera extracción de jugadores de nuestro club provenía —¿podrán creerlo?— del Hospicio de la Villa, como consecuencia de algún otro inconfesable acuerdo de nuestro insigne fundador con el Máximo Organismo Provincial. Muchachos huérfanos que habían ido a parar allí gracias a la caridad —solidaridad se dice ahora— de la beneficencia pública, donde llevaban una vida relativamente buena, en comunidad, con sus estudios o sus trabajos, según la edad, y con sus deportes, aprovechando las modernas canchas de la Diputación y los cada vez más escasos descampados del Parque de Figueras.
“Colo”, Rafael Crisóstomo Iradier Rodríguez de Córdoba, más conocido por “Colo”, supongo que diminutivo de Coloso, o tal vez de colorado o colocado; que de todo tenía, fue durante un par de temporadas nuestro delantero centro rompedor. Colo era grande, de tipo percherón, ya me entienden, y usaba unas gafas negras cuadradas con cristales gruesos de culo de vaso, porque estaba bastante cegato. Por eso algunos le llamaban “Topo” en lugar de Colo, cuando querían insultarlo, que era a menudo, porque el chaval había desarrollado cierto instinto para encontrar problemas y siempre estaba metido en alguna trifulca. Colo era uno de los fichajes del colegio en mi primer año de juveniles. Él era dos o tres años mayor que yo y sé que vivía en una casita del barrio alto, en la ladera de la sierra, no sé exactamente dónde porque ninguno de nosotros fue por allí jamás, ni tan siquiera sus compañeros de clase.
Recuerdo contra quién jugamos aquel domingo perfectamente porque fue un partido inolvidable del que hemos estado hablando muchos años después. Jugábamos contra Los Pinares. Si vivieran aquí no tendría que dar más explicaciones. Los Pinares es un barrio marginal justo al lado oeste del Diamante, donde vive o vivía Colo. Los Pinares es la verruga que le salió en la cara izquierda al Diamante; una impureza o una imperfección molesta e insoslayable.
El partido era como un derbi local Sevilla-Betis, o mejor, como un Real Madrid-Rayo Vallecano, para que me entiendan: los pijos del barrio alto contra los vikingos, en nuestro campo, en el reluciente colegio religioso -¡gracias a Dios!- porque ellos no han tenido campo hasta hace dos días, como el que dice.
El partido era a las cinco, un día de lluvia y frío horroroso. Colo vivía al norte, en la otra punta de la ciudad, y hasta las cuatro no llegó a su casa con su Land Rover, de donde se bajó lleno de barro sin el menor apuro por llegar tarde. Venía de haber estado todo el día de caza acompañando a su padre en una montería en el coto de la finca de un amigo. Un día que no podría olvidar en su vida.
No era la primera vez que iba con su padre de caza, pero sí la primera que iba a cazar jabalís. De pequeño lo llevaron alguna vez a tirar palomas y ya de mayor había estado un par de veces cazando venaos, y hasta había visto alguno de cerca, pero eso no era nada comparado con las historias que se contaban acerca de los marranos jabalís.
Recordaba a su padre con el chubasquero verde escondido detrás del puesto, después de más de tres horas sin la menor oportunidad. Se habían callado hacía rato tras haber agotado sus temas de conversación favoritos, cuando a su padre se le ocurrió salirse del aguardo para encontrar un sitio mejor:
—Vente conmigo, Colo. Vamos a salirnos del puesto, que aquí estamos asustando a los marranos, y nos vamos a colocar pasando el arroyo, detrás de los setos.
—Pero papá, que allí no se puede, que eso está en mitad del camino y nos van a pegar un tiro.
—Colo, hazme caso. Para triunfar en la vida hay que arriesgarse, ¡con dos pelotas! Y dejarse llevar por el instinto. Vente conmigo.
Y marcharon de allí, cruzaron por unas piedras el arroyuelo y se colocaron agachados tras los zarzales. Efectivamente no tuvieron que esperar demasiado. Al retirarse del parapeto que estaba a pocos metros del camino del arroyo, los animales, sin el obstáculo humano, bajaron a satisfacer su sed. De pronto vieron acercarse a un enorme cochino hacia ellos. Entonces Colo no se pudo contener y le gritó a su padre:
—¡Míralo, papá! ¡Tírale! ¡Tírale!
Pero el animal lo escuchó y salió huyendo como un torbellino, cruzando el arroyo al lado de ellos y escabulléndose entre los matorrales. Del susto cayeron encima de las zarzas, desde donde su padre consiguió dispararle como pudo, a ciegas, apuntando al bulto. Cuando salieron de los pinchos, llenos de arañazos, el padre de Colo, con un enfado terrible, fue a ver si le habían llegado a herir aunque fuera ligeramente, pero las únicas manchas de sangre que vieron fueron las de ellos mismos, provocadas por las tremendas espinas que se les clavaron. El hombre estalló encolerizado:
—¿Por qué gritaasss? ¡Me lo has espantaoo! ¡si lo tenía a dos pasoos! ¡Será posible, el niño! —y diciendo esto le dio un cogotazo a su hijo que se le cayeron las gafas al agua.
Colo las recogió humillado y protestó con poca convicción, para seguir a su papi después como un corderito hasta cobijarse de nuevo en el puesto que les había tocado en suerte, donde hicieron las paces tratando de quitarse el uno al otro las contumaces espinas como dos sociables babuinos.
Siguieron soportando el frío y la soledad del cazador invernal y no volvieron a pegar un tiro ni a ver un bicho vivo el resto del día, pero lo compensaron trasegando un buen vino de Montilla bien acompañado por unas tajaditas de lomo que ya hubiesen querido para sí los aguerridos cazadores de focas de los relatos de Jack London.
Tras los primeros tragos el padre se calentó y le dio por decirle a su hijo que hoy se iba a estrenar, que le iba a dejar pegar sus primeros tiros; algo que no cayó precisamente en terreno abonado, pues Colo de lo que tenía ganas era de irse a su casa, tembloroso y entumecido como estaba de estar tanto rato parado pasando frío y calado hasta los huesos. Pero el padre insistió:
—¿Estás temblando? Coge la escopeta, Rafael –y cuando le llamaba por su nombre completo no estaba bromeando.
—Déjame papá, que no tengo gana –intentó Colo resistirse, pero no había manera.
—¡Cógela ya! Como si tuvieras delante al marrano. Déjate llevar por tu instinto, Rafael, ¡con dos pelotas!
Así es que nuestro delantero centro agarró la pesada y fría escopeta con sus temblorosas manos y se la echó a la cara tratando de simular lo mejor posible el gesto de apuntar por la mirilla, como hacía con las escopetillas de feria, cuando se las daba de cazador experto con sus rubitas amigas, para obsequiarlas de cuando en cuando con algún llaverito después de dilapidar su paga partiendo palillos de dientes a plomillazos.
Pero los jabalís no salieron ya en el resto del día y Colo se tuvo que conformar con tirarle a unas latas para matar el gusanillo, ya después de recoger a los perros, en lo alto de una destartalada pared, mientras se terminaba de cocinar el arroz.
Cuando llegaron a Colo se le había olvidado lo del fútbol. Él no tenía tanta afición como para estar pensando en el partido. Su padre, que despreciaba el fútbol como una afición de taberna tan vulgar como las cartas o el dominó, no creyó que el partido fuera tan importante para su hijo como la lección de aquel día de montería, y desoyó las advertencias del día anterior de su esposa. Ella no quiso reprochárselo porque le temía cuando venía caldeado, pero llevaba ya un buen rato esperando a que llegaran, y obligó a su hijo a darse prisa y a cumplir con el compromiso que tenía con su equipo y con sus compañeros. Su madre ya le tenía preparada la bolsa con las botas y la toalla, así que —como Colo ya venía bien comido y bebido— lo obligó a ducharse y a irse al partido si no quería perder la paga semanal. Tenía que coger el autobús corriendo, pues el 12 tardaba más de media hora en llegar al colegio desde su casa.
Cuando terminó de ducharse y vestirse al ritmo cansino que le permitían los vahos del alcohol, eran ya las cinco menos cuarto; ya no llegaría a tiempo, así que su madre le dijo a su marido que lo llevara él en el coche. ¿Quién se iba a imaginar que su padre, achispado como llegó y con unas ganas locas de dormir la siesta, le iba a entregar las llaves a su hijo para que debutase también ese día conduciendo para ir al partido?
—Papá, que no pasa na porque llegue un día tarde —protestó Colo—. ¿Cómo voy a coger el coche sin carnet?
—¿No te estoy dando yo permiso? ¿Qué pasa, que te da miedo cogerlo o qué? —le retó su padre, que sólo había estado dos o tres veces de maniobras con su hijo. E insistió con su frase predilecta:
—Si eres un tío, cógelo ya de una vez y déjate llevar por tu instinto ¡con dos pelotas!
Así que eufórico por la confianza que demostraba de nuevo su padre en él por segunda vez en el mismo día, se montó en el coche —ahora en el asiento del chófer— y se dirigió a la circunvalación para llegar lo antes posible, por la calle principal de Los Pinares, precisamente el equipo con el que jugaban aquel día, el barrio más peligroso de la ciudad y sus enemigos de toda la vida.
Sacó la cinta de Frank Sinatra de su padre y metió la única que tenía de música clásica: la Cabalgata de las Valquirias. Y al doblar la primera esquina le puso el volumen a tope. Fue sacudiendo el barro por la avenida abajo a toda pastilla, con los limpiaparabrisas que no daban a basto para quitar el agua que estaba cayendo. Entonces se dejó llevar por su instinto de conductor agresivo de los coches de tope y empezó a poner perdidos a todos los peatones que pasaban por la acera. Los pobres se defendían como podían con sus paraguas por arriba, pero quedaban indefensos por los lados de las tremendas salpicaduras de los charcos que pisaba nuestro piloto suicida.
Se acordó de la noche anterior. Los vecinos de la calle de abajo habían estado de fiesta salvaje, cantando, bailando y haciendo enormes candelas. Además habían estado explotando petardos que le parecieron balas de gran calibre acribillándolo contra el respaldar de su cama. ¡Esta gentuza siempre tenía algo que celebrar contra alguien!
Ya casi de madrugada, una hora antes de levantarse para cazar, se oyeron las sirenas de la policía o de los bomberos, se acabaron los ruidos y pudo descansar un ratito. Así es que cuando se vio con el coche en sus manos le pareció que había llegado la hora de la venganza. Colo “el justiciero” se dejó llevar por su instinto asesino y no pensó ni por un momento en reducir la velocidad o en tratar de evitar al menos los charcos más grandes. Todo lo contrario, había encontrado su arma perfecta. Con la adrenalina por las nubes estimulada por el alcohol y la música a toda voz, empezó a hacer la cuenta de los peatones a los que iba mojando, rectificando la dirección con el volante si era preciso para poder pillarlos de lleno. A un grupo de muchachos que iban bajo dos paraguas les pasó a un metro de su ventanilla, rozando el bordillo de la carretera para poder pisar el charco más cercano a ellos –había que arriesgar; eran cuatro puntos.
—¡Malditaa escoriaaa! –les gritó frenético Colo, mirándolos al pasar.
—¡Cabróóónnn! —le respondieron todos a coro. Y uno de ellos, el más fiero, le advirtió diciendo:
-¡M´he quedao con tu caraa! –a la vez que se llevaba el dedo índice al ojo- ¡ya te pillaremoooh! –acabó por decirle, mientras le hacía con el borde exterior de su mano la típica amenaza gitana de marcarle la cara con una navaja.
Después continuó mojando a unas niñas que iban delante, seguramente las novias de los de atrás, y, para terminar, a una pobre anciana, que valía el medio punto que le faltaba para los veinte que necesitaba para completar el cupo que se había propuesto Colo para ganar. Justo entonces se le enredó la cinta de la apoteósica música de Richard Wagner y no conseguiría desenredarla.
A su paso dejó un reguero de gente esparcida por las dos aceras, chorreando agua de sus ropas y espuma de sus bocas, de los alaridos de rabia que proferían, como —me imagino— podría quedar al finalizar la contienda un campo de batalla.
Tras aquel arrebato de furia se despabiló, pero empezó a notar un incipiente dolor de cabeza que iría “in crescendo” a lo largo del día. Salió del barrio de Los Pinares por la circunvalación y se concentró en el coche, para intentar que le entrara de una vez la tercera, que rasgaba como una carraca. Y así, embalado, en segunda, de rasgonazo en rasgonazo, hizo el resto del camino, tarareando la música del genial compositor alemán:
—¡Tatan, tan; tatatatan, tan; tatatatan, tan; TATATATAAAN!...

2.
Llegó a la puerta del colegio y dejó su Land Rover embarrado en un pequeño hueco que encontró entre dos coches pequeños, un Seiscientos blanco y un 4L de color marrón. Los recuerdo porque al salir nos tuvimos que ver con sus dueños, dos aficionados del equipo contrario que protestaron airadamente por las rozaduras que les produjo el Cuatro por Cuatro de Colo al aparcar. Entró al recinto explicando al portero del Centro que era jugador del Diamante y se dirigió al banquillo para que le diera la llave del vestuario el utillero de nuestro equipo, pues aunque el partido no estaba empezado, ya formaban los dos bandos en su parcela del terreno de juego, uniformados, aún limpios y secos, preparados para la batalla sobre el barrizal. Nosotros con la consabida elástica azul marino, tan usada por los acólitos del régimen anterior, y Los Pinares con camisetas de rayas verticales negras y blancas –emulando el típico uniforme de presidiario.
Le dieron la llave y un número alto de camiseta, pues la del nueve la lucía Paco —el que llegaría a ser mi cuñado—, delantero centro más refinado y oportunista, mucho menos agresivo que Colo pero con un gran instinto goleador, que le permitía llevar el doble de goles con la mitad de partidos jugados. Ambos se miraron sin saludarse cuando Colo se dirigía hacia las casetas que estaban a pocos metros detrás de nuestra portería.
Estaba empezando a llover de nuevo. Se vistió con tranquilidad mientras iniciamos el partido. Salió vestido en chándal al cabo de media hora, con la camiseta del catorce debajo, con las gafas puestas, las botas de tacos y el mismo chubasquero que había llevado toda la mañana para cazar. Se sentó al lado del míster y de Emilio, el portero reserva, el chaval del hospicio —al que últimamente me encuentro limpiando cristales en las tiendas y ni me saluda, con los goles que le habré salvado—. Ambos compartían paraguas sentados en el banquillo junto al utillero.
—¿Qué t´ ha pasao? –le dijo Perico, el entrenador, a Colo, sin mirarlo.
—Míster, que he llegao ahora mismo de la montería con mi padre, que se ha empeñao en que fuera, ya sabe usté —le respondió Colo y le preguntó a su vez— ¿Cómo vamos?
—Cero a cero —respondió el portero.
—Si no se puede jugar, no lo ves —confirmó el míster— ¡lo tenían que suspender!
El partido estaba igualado, porque la superioridad técnica de nuestro equipo no se podía plasmar sobre aquel patatal. La pelota se quedaba atascada y lo único que se podía hacer es jugar al “patadón”, esperando un descuido de un defensa o el acierto en una jugada a balón parado.
Justo en ese momento Carranza, nuestro portero, saca de puerta con el pie hasta más allá del centro del campo, bota la pelota en un charco y sale despedida hacia el área contraria. Paco que la intuye se va a por ella junto con el central gordo de los Pinares y cuando este iba a despejar, nuestro vivo ariete mete la puntita del pie justo para tocar el balón y que se lleve la patada monumental del torpe defensa, que casi lo saca del área de la fuerza con que le golpeó. Inmediatamente el árbitro se va corriendo a señalar el punto de penalti. Paco se quedó caído en el barro doliéndose mucho sin levantarse a pesar de haber visto al árbitro pitar la pena máxima. Mientras lo sacan a la banda entre dos, Vicente coloca el balón sobre la mancha de cal mojada y retrocede tres o cuatro pasos. El míster sin mirar a Colo le dice:
—Tú, ¡calienta!
Y mientras empieza a calentar Colo, Vicente tira el penalti y lo marca. Uno a cero. Paco no se recupera y antes de sacar de centro el equipo contrario sale Colo por él. Nada más entrar se va a la delantera y se choca de frente con el grueso y moreno central que lo estaba esperando con su barriga de piedra. A Colo se le cortó la respiración en el primer encontronazo y le retumbó la cabeza, que le seguía doliendo a pesar de la aspirina que se había tomado en la caseta. Por si fuera poco el gitanaco se le acercó a la cara y con voz aguardentosa le dijo algo impronunciable, pero semánticamente parecido a esto:
—¡Como te acerques por aquí te voy a amputar las piernas y a extirparte el corazón…!
Así que Colo no quiso en toda la tarde ni pasar a su lado, para no darle facilidades. En este caso siguió su instinto de conservación y buscó pronto la querencia de las bandas, como los toros mansurrones.
Cuando quisimos acordar llegó el descanso, metiéndonos en la caseta a refugiarnos del temporal. Colo se llevó la bronca del míster por aliviarse en las bandas, donde más que ayudar le molestaba a su propio extremo.
- Con lo grande que eres, ¡salta de cabeza con los centrales! –le gritaba Perico, nuestro entrenador, con razón.
- Míster, es para crear huecos a los compañeros –decía el cabrito.
- ¿Huecos? ¡Huecos! ¡Salta, como un tío, con dos pelotas! –continuó quejándose el malhumorado entrenador.
- Que sí míster, que sí; es que me duele un montón la cabeza. –Pero la verdad es que a Colo siempre le había resultado difícil ir en contra de su instinto.
La segunda parte fue similar a la primera. Nuestro campo era un campo demasiado pequeño para esconderse, así que Colo aquel domingo recibió patadas y puñetazos a mansalva, todos los que el árbitro no vio o no quiso ver. Pero recibir, recibimos todos, él no fue el único. Y nosotros tampoco éramos mancos ni cojos. En aquella tarde borrascosa no se repartieron cumplidos precisamente.
Yo jugaba de libre –de líbero, se decía por entonces- y mi central era un tío de pelo en pecho, bragao y agitanao como ellos -Lolo, el del Bocadi- que me tenía en gran estima; con el que cada partido, antes de empezar hacíamos una raya en el suelo al borde del área con los tacos de las botas, en una especie de ritual en el que nos juramentábamos para que nunca pasase de allí la jugada; y si pasaba el balón que no pasara el jugador. Él los paraba a casi todos o me los dejaba ya muy tocados, trastabillándose, para que yo me luciera y la sacara jugando desde atrás elegantemente a lo Beckenbahuer. Yo siempre he tenido mucha suerte con los centrales que han jugado conmigo, al principio delante de mí, cuando yo era el hombre de cierre, y más tarde, con la defensa en línea, a mi lado. Solía explicarles a los aficionados que tenían el buen gusto de decirme lo que les gustaba mi juego, que en mi trayectoria deportiva eran siempre mis magníficos y feroces centrales los que me habían hecho internacional, como el que dice.
Sin embargo aquel día no estaba el campo para florituras. Como seguíamos atacando, de vez en cuando lanzaban balones en largo para cogernos al contraataque. En una pelota que corté así por la banda derecha, en lugar de volverla a meter en la olla, me dio por salir jugando con ella, con tan poco acierto que se quedó parada en el barro y el delantero contrario se la llevó y en dos patadas se plantó en nuestra área, batiendo a nuestro portero de fuerte e imparable disparo a bocajarro. Empate a uno. ¡Vaya cagada!
El resto del partido fue seguir empujando y colgando balones al área, a ver si de una vez Colo se decidía a pelear, con dos pelotas, con los centrales y le venía la inspiración goleadora, aunque fuera de rebote.
Faltando un minuto, en uno de los pocos ataques de Los Pinares, el extremo derecho chuta fuerte y raso, Carranza se tira y la para, pero se le escurre el balón por debajo del cuerpo –como aquel gol famoso de Francia a Arconada en la final de la Eurocopa- y tiene que volverse a recogerla con las manos, a la vez que el delantero centro mete el pie, golpea en sus guantes y manda la pelota adentro de la portería. Pero protestamos todos y el árbitro anula el gol por falta al portero. Los pocos aficionados de Los Pinares que vieron entrar el balón se pusieron a festejar el gol de su equipo hasta que se dieron cuenta de que estaba anulado. Tanto los que había bajo la fachada del edificio para protegerse de la lluvia como los pocos que aguantaban con su paraguas al borde del campo, comenzaron a insultar al árbitro, amenazando saltar al terreno de juego para pegarle, pero como el empate no les iba mal del todo, dejaron terminar el partido para felicitarle.
El tiempo estaba cumplido con el empate a uno. Lolo saca la falta rápido y fuerte y la manda más allá del centro del campo, Vicente la toca de cabeza con sus ricitos y la prolonga para la carrera de Colo, que penetra en el área, pero en última instancia consigue meter el pie el libre y fuerza el saque de banda; el último cartucho. Decir que nuestro equipo era temible en las jugadas de fuera de banda. Teníamos todos los ingredientes para ello: un campo muy estrecho, un lanzador con los brazos potentes como Pepe Artacho, un saltarín o dos como Vicente o como yo para cabecear y un par de delanteros espabilaos que buscaran la caída del balón para empujarla a la red.
Así pues, ya en el tiempo de descuento, Pepe seca y limpia el balón con el frontal de su camiseta mientras en cuatro zancadas me planto en el área, y Vicente a mi lado. Pepe no necesita coger carrerilla, se dobla hacia atrás como un junco o como una catapulta y dispara el proyectil al primer palo, donde salto emparedado por los dos criminales centrales, pero consigo tocarla hacia atrás con la coronilla y prolongarla hasta el segundo palo, donde Colo estaba escondido –siguiendo su instinto- para no llevarse más palos. La pelota, entre el barullo de jugadores, la lluvia y la miopía de nuestro ariete, no pudo ser debidamente cabeceada, sino que Colo tuvo que valerse de la mano para alojarla en la red. Inmediatamente se puso a celebrarlo levantando los brazos, corriendo y con una amplia e irreverente parafernalia gestual –al estilo de hoy día, por así decirlo—, de tal forma que el árbitro, que estaba tapado y no lo pudo ver, embaucado y siguiendo su instinto de juez imparcial, dio el gol por bueno con el pitido de su silbato. Dos a uno. Victoria del Atlético Diamante.
El atolondrado árbitro, al darse cuenta de la que se le venía encima, se lanzó a recoger la pelota de las redes, pitó el final del encuentro e inmediatamente echó a correr para el vestuario, entre la nube de jugadores y aficionados de Los Pinares que invadieron el campo. De negro y corriendo con la pelota agarrada en las manos, esquivando a unos y otros entre los charcos, parecía más que un árbitro uno de esos magníficos jugadores de rugby de Nueva Zelanda.
Antes de llegar al vestuario, que nuestro presidente le tenía entreabierto para resguardarlo del linchamiento, recibió más de una colleja y alguna patada en el culo, poca cosa para lo que le pudo suceder en aquel partido de alto riesgo sin fuerza pública entre tanto energúmeno.
También le quisieron pegar a Colo, porque al parecer dentro del repertorio de la espectacular celebración incluyó algún gesto obsceno dirigido al público y al equipo contrario. Pero antes de que lo cogieran formamos un círculo entre los futbolistas y no dejamos que se le acercaran. Lolo había agarrado el banderín de hierro del córner y lo esgrimía delante de todos, para no permitir que nuestro compañero fuese ajusticiado, al menos sin nuestro consentimiento. Así en una especie de corralito lo llevamos hasta la misma puerta de la caseta donde nos encerramos.
Cuando se vio a salvo, envalentonado, empezó a insultar a la gente de Los Pinares por las ventanas, lo que provocó que nos rompieran los cristales a pedradas, hasta que el míster lo agarró y se lo llevó para dentro para que se callara. Pero como continuaba con las voces se tuvo que ir Lolo para él a tranquilizarlo, cogerlo por el pecho y zarandearlo para que se le bajaran los humos.
La cuestión era que en el campo no había presencia de las fuerzas de orden público y no llegaron hasta mucho después, cuando uno de los curas del centro se percató del altercado y los llamó por teléfono. Más de una hora estuvimos encerrados en las casetas cercados por los exaltados aficionados de Los Pinares esperando a linchar al árbitro y a nuestro delantero centro, hasta que llegó una pareja de la Guardia Civil que consiguió echarlos a todos fuera del colegio.
A las ocho y media, de noche, salimos los jugadores del Diamante sin Colo y sin el árbitro, que todavía esperaron media hora más a que se fueran todos de las puertas.
Aunque fuimos insultados por los aficionados más acalorados que quedaban por haber protegido a nuestro amigo, no se atrevieron a tocarnos un pelo.
También el asunto era que habían aparecido dos de sus coches con arañazos por culpa de un Land Rover que creían de alguno de nosotros, con toda la razón, pues era del padre de Colo, en el que, como saben, había llegado nuestro compañero al partido en aquel aciago día, aunque de eso no nos enteramos hasta pasado mucho tiempo.
A las dos horas después del partido, casi a las diez de la noche, salen el árbitro y Colo con su chubasquero verde y su caperuza por encima entre la pareja de guardiaciviles, con el presidente detrás a una distancia prudencial, por si acaso. Sólo quedaban en la puerta las dos motos de la Guardia Civil y la Vespa del gordo, que había pasado desapercibida al borde de la carretera. Los guardias llevaron al árbitro hasta su casa, pero Colo sabía que se tenía que llevar el coche de su padre, y como no tenía carnet se calló y se excusó diciendo que él se iría en el autobús a su casa, que le dejaba en la misma puerta. Así que se despidió de todos dando las gracias por la protección y se largó por la acera adelante.

3.
Colo, en cuanto se vio solo se encaminó hacia el aparcamiento donde se hallaba el vehículo en solitario. Desde lejos le pareció más viejo y más bajo. Al acercarse se dio cuenta de que le habían pinchado las cuatro ruedas y lucía una magnífica ralladura en cada lateral con vistosas filigranas de diverso grosor, todo rematado por una obscena frase en bajorrelieve a modo de firma, que no podemos reproducir, pero que venía a ser esto con mayor énfasis:
—¡Disfrutaremos extrayendo tus atributos masculinos!
Como si firmara el representante del Colegio Oficial de carniceros o de cirujanos.
Colo se estremeció sólo de pensarlo, miró a la puerta del Centro en busca de amparo, pero no encontró a nadie. Le iba a estallar la cabeza. ¡Lo que faltaba! ¡El maldito coche de papá para el desguace!
Cabizbajo y cojeando como un perro apaleado se fue en busca de la parada del autobús. Pensó que lo había castigado el Señor por mentirles después de haberlo ayudado, pero inmediatamente cayó en que en realidad el Señor llevaba castigándolo desde la noche anterior sin parar, y que ya estaba bien, que tampoco era para tanto.
Con la caza no había podido ir a misa y hasta el domingo siguiente no se podría confesar. Debido a sus fuertes remordimientos de conciencia se vería obligado a rezar hasta entonces todas las noches si no quería sufrir las siete plagas egipcias como represalia divina a sus últimas actuaciones. Esto iba reflexionando nuestro amigo cuando llegó a la parada del doce.
Al llegar se encontró un panorama inesperado. Sentadas bajo la marquesina había dos jovencitas morenas y guapas esperando, que se protegían de las últimas gotas del tormentoso día. Lo miraron por un momento sorprendidas por su lamentable aspecto y apenas correspondieron al saludo alegre de Colo con una leve sonrisa.
—¡Hola, guapas! –les dijo con entusiasmo él.
—Hola –respondieron ellas sin tanto entusiasmo.
De pronto a Colo se le olvidaron los arañazos del coche, la persecución que había sufrido y las agresiones de los defensas contrarios. Quedó como hipnotizado por la turbadora presencia femenina, tan distinta de todo lo que le había sucedido ese día, y sólo se le ocurrió, siguiendo la voz de su instinto, lanzar el anzuelo a aquellas muchachas a ver si picaban.
Al principio las dos jóvenes le parecieron igualmente deseables. Cada una tenía su encanto. Una era más guapa que la otra, más delgada y más morena; podía ser gitana. Tenía el pelo largo y negro que le cubría los hombros y unas piernas impresionantes que lucía a la intemperie, a pesar de las bajas temperaturas, desde lo alto de sus largas botas hasta el filo del ridículo abriguito y de su exigua falda.
La otra, menos flaca, con la tez un poco más clara —pero quizás también gitana— tenía la cara más redonda y el pelo negro recogido. Llamaba la atención por sus grandes ojos, muy perfilados con una raya negra, y, aún más, por sus exuberantes formas que exhibía, al contrario que su amiga, por la parte superior. Rebosaba por encima de su abrigo, incapaz de retener por completo su naturaleza salvaje. Iba provocando con un atractivo y desmesurado canal, por donde habrían podido circular un día lluvioso como aquel hectólitros de agua sin desbordarse.
Por un momento pensó y las creyó un par de mujerzuelas haciendo la calle, tan emperifolladas, tan ostensiblemente atrayentes. Pero pronto lo quiso desechar su acomodaticia conciencia. A la vez su instinto quiso reconocer en ellas vívidas semblanzas del pasado que se hubiesen encarnado en las lujuriosas imágenes de dos oscuros pero hermosísimos súcubos, pero las circunstancias no eran las más favorables para elucubraciones mentales, y Colo quiso mejor pensar que aquel encuentro, mitad divino mitad profano, tendría su merecido final feliz que habría de eliminar el amargo regusto de aquel controvertido día.
Hacía mucho frío y era muy tarde, casi las once, cuando llegó el doce, como un refugio del cielo, el último autobús de su barrio. Sólo iban dentro dos individuos mal encarados retrepados en la última fila con los pies en lo alto de los asientos; uno enorme y temible con cara de tarado asesino psicópata, y otro más viejo, canijo y pinta de drogadicto. Colo, dejó pasar a las chicas y dirigió una mirada esquiva y prudente a los de atrás, para no llamar demasiado su atención, pues su instinto le decía que tenían pinta de reñidores y maleantes.
Las chicas se sentaron juntas donde quisieron; en los asientos centrales. Nuestro amigo, ya con el vehículo en marcha; en la fila anterior, con la bolsa a su lado. Sin llegar a acomodarse siquiera se dio la vuelta buscando a la muchacha del pecho abundante, que se había situado pegada a la ventanilla. A ella no pareció que le desagradara su presencia, más bien parecía esperarlo, en tanto que lo quiso acoger con una bonita y prometedora sonrisa, que incitaba a nuestro amigo al inevitable cortejo.
—Estáis muy guapas, ¿dónde habéis estado? –les preguntó Colo.
—Dando una vuelta –dijo la otra, la más delgada.
—¿Las dos solas? –indagó nuestro amigo con la caña. Se miraron ellas y sonrieron, pero como no contestaban continuó Colo.
—¿Venís de una boda? Vais tan arregladas…
—Es nuestro uniforme –contestó la más guapa, y rieron ya.
—Ji ji ji ji –tímidamente al principio- Al final para acabar en el cine –siguió diciendo.
—¿Habéis ido al cine? –preguntó nuestro amigo.
—Sí. –respondieron ambas.
—Me encanta el cine –dijo Colo, siguiéndoles la corriente, y quiso saber-. ¿Solas o acompañadas?
—¿Tú qué crees? –respondió la más hermosa- ¿Tú crees que nosotras podemos andar solas por ahí?
—¡Me extraña! Los tenéis que tener revoloteando como moscas alrededor ¿a que sí?
Las chicas no contestaron, sólo rieron. El autobús se detuvo en una parada, subió un señor de avanzada edad, casi anciano, con sombrero de fieltro y un bastón en la mano. Miró a las muchachas, a nuestro personaje y a los dos individuos de atrás. Se colocó un par de asientos delante de Colo. Los estuvo contemplando a cada uno durante todo el trayecto. Se bajó en la siguiente parada.
Entonces volvió al ataque nuestro protagonista. Para empezar quiso saber los nombres de las muchachas.
—Bueno, y ¿cómo os llamáis? –preguntó.
—Yo me llamo Soledad. Sole –dijo la hermosa, la de la ventanilla, que era la que a él más le gustaba.
—Y yo Dolores. Lola –contestó la otra.
—Me parecen dos nombres un poco tristes, ¿no? –pensó en voz alta Colo.
—No son tristes –le dijo la Sole- son nombres de vírgenes- Ji ji ji ji ji.
—Y tú ¿cómo te llamas? –le preguntó Lola.
Colo se lo pensó un poco y les contestó:
—Me llamo Rafa, pero me podéis llamar Colo –les dijo pensando en cómo reconducir la conversación hacia la consecución de sus objetivos. Pensó que lo mejor sería dejar claras sus preferencias. A partir de ahora se dirigiría sólo a la que había escogido, no me pregunten por qué.
—¡Soledad! Sole… ¡Oh Solee míaaa! Es verdad, no es un nombre triste. En italiano suena súperalegre.
—¡Qué idiota eres! En italiano significa “sol” esa palabra, no “soledad”. –supo aclararle correctamente la instruida muchacha.
—Pues por eso, el sol es una palabra positiva, ¡brillante!, ¡necesaria para la vida! Como tú misma. Si no llega a ser porque te he conocido hoy hubiera preferido quedarme todo el día en mi casa. ¡Vaya diíta!
—Sí, es verdad. No hacía día para muchos paseos –convino la gitanilla más deseable—. Algunos días es mejor no moverse de casa.
—Pero el cine es el sitio perfecto para refugiarse, sobre todo si estás bien acompañado, ¿no crees? –dijo Colo lanzado.
—Exacto. Hay mucha intimidad. ¡Ji, ji, ji, ji, ji! –rió la deseada Venus de Colo, guiñándole un ojo.
—¿Y qué película habéis visto? –preguntó éste.
—Ni idea. No sé. –dijeron las dos.
- Una muy violenta, de unos tíos con unas imágenes rarísimas del futuro, pero con una música estupenda.
- Bueno y ¿se puede saber por fin cómo la visteis? ¿Solas o acompañadas? –insistió Colo.
- Y si te decimos que muy bien acompañadas ¿qué? –dijo Soledad.
- No pasa nada, yo no soy celoso. A mí no me importa que tengáis novio.
- ¿Qué no te importa? –preguntó asombrada- Pues debería importarte. Te podrías llevar un buen susto.
- Con que no sean esos de atrás vuestros novios, me conformo por ahora –dijo Colo, medio en broma, medio en serio.
- No, esos no. Esos son mis primos. ¡Ji, ji, ji ,ji ,ji! –y siguieron riendo las chicas.
- ¿Estáis de guasa, verdad? –preguntó Colo, receloso.
- Sí, sí. ¡Ja, ja, ja, ja! –se tronchaban.

Por un momento Colo dejó de hablar y reflexionó, porque su instinto le decía que quizás no acababa de interpretar correctamente aquellas risitas.
Estaban llegando al centro de la ciudad. El domingo, aquel día de perros, a aquellas horas, no había nadie por las calles. Pocos coches, pocos peatones y demasiados semáforos inútiles poniendo la nota de color y de vida. El autobús pasó dos paradas seguidas sin detenerse, parecía un taxi que los llevara de puerta a puerta a sus casas. Seguían los mismos pasajeros que salieron desde la parada del colegio.
A la salida del viaducto el transporte público entraba en la avenida del Diamante, pasó la gasolinera y los primeros pisos del barrio del Rosal, después empezaron a verse las primeras casitas del barrio del Diamante, aunque Colo vivía al final, en todo lo alto.
El autobús se detuvo en la parada junto a los primeros chalets. Subió y pagó su billete un individuo de mediana edad sacudiendo su enorme paraguas negro sin decir buenas noches siquiera. Miró de hito en hito a todos sus ocupantes y se sentó detrás del conductor, mientras el vehículo municipal volvía a ponerse en marcha.
Colo ya sabía cuál sería la parada de las dos guapas gitanas y la de los otros tres pasajeros, la última parada: el barrio de Los Pinares. Él se quedaba justo en la de antes, que le dejaba a sólo unos metros de su casa, pero aún quedaban dos o tres paradas.
Entonces Loli se levantó y, como una sonámbula, se fue a sentar junto al tipo nuevo del paraguas y empezaron a hablar en voz baja.
Colo le preguntó a Soledad que quién era ese hombre. Ella respondió que un amigo y le dijo que si se quería sentar a su lado. Colo se olvidó de Dolores y se pasó inmediatamente al asiento de atrás. La Sole le agarró la mano suavemente y empezó a hablarle bajito mirándole a los ojos, mientras Colo se derretía como un helado mirando hacia abajo.
—¡Qué manos tan fuertes tienes, Rafa!
—¡Tú sí que estás fuerte! –respondía Colo mirando a su escote abultado.
—¿Te gusta? —preguntó la descarada.
—¡Me encanta!
Colo estaba a punto de lanzarse a besarla allí mismo antes de dar otro paso más atrevido cuando ella le dijo:
—Ni se te ocurra darme un beso. Confórmate con mirarme las tetas –le dijo la Sole, dejando a Rafa estupefacto, sin saber si esa reacción sería buena o mala señal.
Miró hacia delante y vio a la pareja entretenida en sus cosas, y a los de atrás no quería ni mirarlos. Entonces los acontecimientos se desbordaron. Ella le soltó la mano y puso la suya sobre la rodilla de él. Y ascendió poco a poco por la parte interior de sus pantalones vaqueros… Hasta que llegó a su destino.
No se lo podía creer, a Colo se le iban las manos tras las turgencias hipnotizadoras de Soledad, de las que hubiera querido tomar plena posesión, no sólo a través del grueso abrigo, sino naturalmente por el túnel de su descomunal escote. Tocarla como Dios manda –aunque Él nunca se hubiese manifestado al respecto-. Pero la Sole no se lo permitió; una cosa era tocar por abajo subrepticiamente, sin que se notara; y otra hacer en el bus la escenita de Enmanuelle en el aseo del avión. Sin embargo ella seguía alimentando el volcán por debajo con sus sabias caricias, y Colo estaba a punto de entrar en erupción.
Unos segundos antes de estallar pasó por la puerta de su casa el autobús y se dio cuenta de que se le había pasado su parada. Levantó la cabeza, se incorporó como un resorte de su asiento y se dirigió al chófer alzando la voz:
—¡Oiga, conductor! –le gritó- ¿Le importa parar aquí mismo?
—Lo siento, está prohibido subir o bajar viajeros fuera de las paradas. Sólo tenía que estar pendiente de apretar el botón –respondió el conductor sin mirarlo siquiera.
—Ya lo sé –dijo Colo enfadado. Las chicas se miraron desde lejos y rieron.
—Ji, ji, ji. ¿Qué pasa? Te has pasado de parada ¿verdad? –le dijo Soledad mientras este se iba a coger su bolsa de deporte del otro asiento.
—Sí, un poco. Bueno, me bajaré con vosotras y nos vamos dando un paseo –le dijo Colo a su amiga resignado.
—Sí, sí. Ya. A no ser que me esté esperando mi novio –dijo Soledad.
Y a Colo le extrañó que ni siquiera sonriera al decirlo, así es que se levantó, cogió la bolsa de deporte, se dirigió a la puerta de salida y esperó allí hasta llegar a la parada final.
Colo vio salir al autobús de su barrio y penetrar en territorio comanche. Hacía un rato que había dejado de llover. Estaban solas las calles.
A medida que penetraban en el corazón del arrabal iban desapareciendo las luces. Las pocas farolas que quedaban fueron apagadas a pedradas. Las luces del autobús penetraban la oscuridad como en un amplio túnel que se difuminaba en la lejanía.
El Doce se iba transformando en el Trece para Colo a medida que iba reduciendo paulatinamente su velocidad y se acercaba a su parada final.
El tipo del paraguas mandó a Dolores reunirse con Soledad y él se quedó hablando con el conductor. Poco después ellas se levantaron de sus asientos, miraron hacia atrás y se volvieron a sentar muy serias cuando vieron acercarse a sus primos. Los dos maleantes pasaron a su lado sin mirarlas siquiera, se acercaron a la puerta de salida que Colo tapaba y se le pegaron detrás, literalmente, uno a cada lado.
Colo no quiso volver la cabeza, aunque sintió el fétido aliento del más alto en su cara. El conductor se quedó mirando por el espejo retrovisor. Se oyeron chillar los frenos poderosos del autobús y llegaron por fin a su destino.
La puerta no se abrió inmediatamente. Tras los cristales de las puertas automáticas sólo se veían en la oscuridad las luces macilentas del anuncio de La Guerra de las Galaxias en la marquesina. Colo miró al conductor y por fin se abrieron.
La imagen que vieron sus ojos en ese momento es la imagen de la pesadilla que desde entonces —cuarenta años después— persigue los atormentados sueños y la vigilia de Rafael Crisóstomo. Al verlos a todos allí recordó de inmediato quiénes eran aquellas mujeres. Le había fallado su instinto.
Ellas siguieron sentadas hasta el último momento. Él clavó sus ojos en los de Soledad; una mirada suplicante, patética. Ella volvió la cara hacia otro lado.
Ni siquiera fue capaz de bajar, los de atrás tuvieron que empujarlo.




FIN






En Córdoba a 18 de diciembre de 2014
Autor: Juan José Gañán
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