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El instinto

Relato breve

El instinto

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Éramos un equipo de barrio de tres lugares muy diferentes de la ciudad, aunque al final al equipo se le quedó el nombre del barrio más elegante, el de los chalets y las bonitas casas de ladrillo con garaje y piscina de la ladera de la sierra. Nuestro equipo acabaría llevando el pretencioso nombre del barrio alto y se llamaría Atlético Diamante Club de Fútbol.
Sin embargo la mayoría éramos del barrio de Lagartijo, que no tiene nada ni de elegante ni de pijo, esa es la verdad, el barrio de donde era el presidente que lo había fundado y los jugadores más antiguos, como yo.
Lagartijo es un barrio de casitas encaladas de una sola planta, colonizado por familias de los pueblos o del arrabal de la ciudad hacia los años cincuenta y sesenta; un barrio trabajador y tranquilo, donde se ha vivido siempre si no en familia, sí en vecindad más o menos tolerable.
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Nuestro amigo Quino (1ª parte)

In Memoriam

El Quino reparando la Continental
   Yo soy el otro, el compañero de Quino, su eterno acompañante. Su amigo. Nosotros nos conocemos de toda la vida, desde hace sesenta años, porque éramos vecinos de La Puerta de Almodóvar, amigos de la charpa* del barrio. Todavía hay por ahí fotografías de chavales, con cara de golfillos, cuando estábamos todo el santo día tirados en la calle. Luego trabajamos juntos en aquella gran empresa que era Gisred, la mejor que hubo durante mucho tiempo en Córdoba de máquinas de oficina, donde aprendimos el oficio. Cuando empezó a flaquear vosotros os juntasteis para montar vuestra propia empresa, como al final tuvieron que hacer la mayoría. Entonces dejamos un tiempo de vernos. Yo conseguí engancharme más tarde con otros compañeros, con los que, después de hacer un poco de todo, me quedé encargado del almacén, y así estuve casi veinte años hasta jubilarme, y puedo decir que cuando me fui dejé una de las empresas más importantes del gremio. Desde entonces, hace seis o siete años, nos vemos de nuevo casi todos los días. A mí no me importa darme un paseo hasta el centro haciendo un poco de ejercicio.
En el bar de enfrente nos llamaban los zarcillos, en el taller de la esquina la parejita y en la farmacia nos decían los Gemeliers*, aunque nosotros estábamos ya bastante pasados de moda. ¡Imagínense! Éramos inseparables. A mí estos titulillos me daban igual, pero a él sí sé que le escocían un poco. No le hacía gracia que nos presentáramos juntos en todos lados. A mí me gustaba relacionarme con sus amistades, y llegué a saludar a sus amigos como si fueran amigos míos también, en plan campechano –ya me entendéis- con la mayor naturalidad.
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Nuestro Camino de SantiagoVERDES COLINAS DE AFRICABlog personal de Juanjo Gañán
 

Las Capitales Imperiales (1ª parte)

Madrid y Viena

El beso de Klint
Sábado 29 de julio de 2017
Por fin llegó el último día de senderismo de la temporada para los tres aplicados montañeros cordobeses. Cuando pusieron sus cronómetros a cero el Tito empezó a hacer memoria del gran viaje de vacaciones que le esperaba con su famili...
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Algo muy grave va a suceder en este pueblo

Relato breve De García Márquez

Algo muy grave...
Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde: -No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo m...
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