Nuestro amigo Quino (1ª parte)

 

    Yo soy el otro, el compañero de Quino, su eterno acompañante. Su amigo. Nosotros nos conocemos de toda la vida, desde hace sesenta años, porque éramos vecinos de La Puerta de Almodóvar, amigos de la charpa* del barrio. Todavía hay por ahí fotografías de chavales, con cara de golfillos, cuando estábamos todo el santo día tirados en la calle. Luego trabajamos juntos en aquella gran empresa que era Gisred, la mejor que hubo durante mucho tiempo en Córdoba de máquinas de oficina, donde aprendimos el oficio. Cuando empezó a flaquear vosotros os juntasteis para montar vuestra propia empresa, como al final tuvieron que hacer la mayoría. Entonces dejamos un tiempo de vernos. Yo conseguí engancharme más tarde con otros compañeros, con los que, después de hacer un poco de todo, me quedé encargado del almacén, y así estuve casi veinte años hasta jubilarme, y puedo decir que cuando me fui dejé una de las empresas más importantes del gremio. Desde entonces, hace seis o siete años, nos vemos de nuevo casi todos los días. A mí no me importa darme un paseo hasta el centro haciendo un poco de ejercicio.
En el bar de enfrente nos llamaban los zarcillos, en el taller de la esquina la parejita y en la farmacia nos decían los Gemeliers*, aunque nosotros estábamos ya bastante pasados de moda. ¡Imagínense! Éramos inseparables. A mí estos titulillos me daban igual, pero a él sí sé que le escocían un poco. No le hacía gracia que nos presentáramos juntos en todos lados. A mí me gustaba relacionarme con sus amistades, y llegué a saludar a sus amigos como si fueran amigos míos también, en plan campechano –ya me entendéis- con la mayor naturalidad.
Pero no sé por qué al Quino no le sentaba eso bien. A veces me rehuía. Siempre ha sido muy mirado para los demás, bastante más prudente y juicioso que yo. Tenía un sentido del ridículo que no le permitía extravagancias ni excentricidades, aunque cuando había confianza y a él le parecía oportuno, se explayaba con un chiste simpático o algún chascarrillo*. En esto era muy castizo. Pero si yo soltaba alguna inconveniencia donde no le conviniera se abochornaba y hubiera querido que se lo tragara la tierra en ese momento. Y por supuesto después no me libraba de la reprimenda. Me decía que no me podía sacar a la calle, que qué iban a pensar de él. Y entonces podían pasar días sin que me cogiera el teléfono, para que me diera cuenta de que iba en serio. Pero todo eso no se lo tenía en cuenta. Él era así y no lo podía evitar. Todo el mundo le tenía muy bien considerado, y esto se notaba en la calle. Y no dejaba pasar una oportunidad para vanagloriarse de eso. ¡Y al final para qué! Ojalá hubiera podido ver cómo se puso la iglesia el día que se despidió de todos nosotros.
Hay personas que sólo piensan en la forma de ganar dinero y no les importa si para conseguirlo tienen que pasar por encima de alguien, y hay otras, sin embargo, que se centran más en su trabajo, en hacerlo lo mejor que pueden, tratando de satisfacer a los que han puesto en ellos su confianza. El Quino era de estos últimos. A él le importaban mucho sus clientes. Se preocupaba de resolver sus problemas y de hacerlo todo muy bien, como contaba que le había enseñado su padre, que era un artesano muy conocido de Córdoba, un artista, podemos decir. Si le llevaban una etiquetadora para reparar, si podía la arreglaba sobre la marcha, le ponía el rollo nuevo con una habilidad incomparable, y su tintero, sin que el cliente se lo pidiera siquiera, y muchas veces ni les cobraba, o les pedía una cantidad insignificante. Si era una calculadora, lo mismo. Lo que reparaba en un momento no lo cobraba, a no ser que no le agradara el cliente, y entonces lo dejaba para otro día y le pedía el precio estipulado. Pero nunca abusaba de nadie. Si le traían un peso y no podía repararlo hasta que le llegaran las piezas, le dejaba al comercio otro peso mientras tanto. Si el rodillo que solicitaban no lo tenía en existencias, sacaba la esponjita tintada de otro con su misma medida y se la colocaba al viejo, solucionando enseguida el problema. Y así mil cosas más. El Quino era muy honrado y tenía unas manos de oro. Y no le importaba ensuciárselas para que su cliente se fuese contento.
Además Joaquín, mi amigo, era un gran psicólogo y una persona de mundo. Conocía de qué pie cojeaba cada uno y sabía tratar a cada cual como convenía. Por ejemplo, a los porteros de los edificios de la avenida o de la Plaza de Colón les tenía una consideración especial. Decía que eran personas con verdadero poder, porque siempre estaban al tanto de todo, y que lo mejor era tenerlos siempre a favor, por si las moscas, por eso eran sus mejores colaboradores y su principal fuente de información. Y de esto que digo puede dar fe alguno que todavía queda de los de antes, con el que se seguía parando a charlar con la mayor cordialidad hasta el último día.
No, si el Quino tonto no era. No se está detrás de un mostrador con un negocio abierto más de cuarenta años siendo tonto. Él los tenía calados a todos. A veces se hacía el idiota y se callaba prudentemente aunque no estuviera de acuerdo con alguien por no llevar la contraria, pero entonces te ponía esa cara suya tan peculiar, esa sonrisilla socarrona, para que te dieras cuenta de que no se la estabas pegando. Pero nunca quería ser demasiado agresivo, aunque en el fondo tuviera su propia opinión muy bien justificada.
El Quino era una persona tan tolerante, que aunque las cuestiones de la Iglesia no fuesen de su predilección, sin embargo siempre se llevó muy bien con las monjas, y tenía cierta maña con ellas. Venían de distintos conventos de Córdoba a llevarse lo que les aconsejase don Joaquín, y él las trataba con guantes de seda, quizás porque le producían cierta ternura, o era eso, o porque en el fondo no se acabaría de fiar. Sin embargo estoy seguro de que, a pesar de sus reticencias sociales el Quino era una persona creyente, no es que fuera ningún capillita ni mucho menos, pero tampoco un enemigo de la religión.
Él decía las cosas como las pensaba, pero sin una intención de molestar, y nunca fue una persona demasiado radical. Se cuidaba de no pasar los límites, y desde que le sucedió aquello, aún mucho más.
Pero por encima de todo su punto débil era su ciudad. Quino se sentía muy orgulloso de ser cordobés, y pensaba que Córdoba debía ser de todos sus ciudadanos. Por eso no podía soportar que la Mezquita, el monumento más grande que teníamos, orgullo de todos nosotros, fuese de la Iglesia y no del conjunto de los cordobeses, esto no se lo podías discutir, y nadie se lo discutíamos.
También recuerdo que lo traía a maltraer el asunto de El Palacio de Viana, que había sido toda la vida de la Caja cordobesa, y como ahora se la habían llevado al País Vasco, resulta que nos habíamos quedado sin banco propio y sin palacio ni nada.
En fin, ellos también tuvieron sus tiempos de gloria. Digo ellos porque en su empresa estuvieron hasta ocho personas trabajando, y se hartaron de vender máquinas de escribir de todas clases para las oficinas; calculadoras de rollo para los despachos y las empresas; registradoras y balanzas para los comercios, y sus correspondientes consumibles, que aún sigue siendo lo que mantiene a esta tienda. Y siempre tuvieron un buen servicio, buenos precios y una gran dosis de amabilidad y profesionalidad, que es como se debe manejar un negocio. Y no digo que mi amigo fuera el único gran profesional de su empresa, pero sí el mejor de ellos y el más conocido, porque el Quino era el que daba la cara, y por eso se convirtió en la auténtica imagen de la empresa. Con decir –como tú sabes- que todavía preguntan por él, está todo dicho. Por eso estuvieron tanto tiempo. No hay más secretos. Luego llegó la crisis y arrasó con todo el mundo. Fue tremendo. Otras veces flojeaban una temporada las ventas y a los pocos meses volvía a ir todo normal. Pero ahora… No se trataba de aguantar un poco el chaparrón sino de capear un gran temporal. Para soportar la crisis de estos últimos años había que tener muy buenas bases, y con todo apretarse fuerte las clavijas. Y ellos tenían ya sus problemillas, y supongo que les pilló un poco mayores. Ha sido muy difícil tirar para adelante.
El Quino se jubiló después que yo, aunque a él no le quedó más remedio. Si por él hubiese sido estaría todavía trabajando, estoy seguro. Se tuvo que jubilar porque un mal día sufrió un infarto desayunando en el Puerto Rico, un poco antes de abrir la tienda, el día uno de agosto de 2.012, justo en el día en el que tanta gente se va por ahí de veraneo. Lo sé porque yo estuve con él ese mismo día un poco antes de que le sucediese aquello.
Ese día había salido temprano de casa para ir al centro a arreglar no sé qué papeleo y mira por donde me fui a encontrar con él en la esquina de su casa, en la Puerta del Colodro. Él acababa de salir para ir al trabajo, pero, como siempre, haría primero una paradita para desayunar. Charlamos un poco de camino y lo dejé en la misma puerta del bar, serían las ocho y media aproximadamente. Él hacía tiempo que no desayunaba con ningún compañero, prefería coger el periódico, charlar con otros clientes o con el propio camarero, que era lo que estaba haciendo cuando de pronto se desplomó como un pelele del banquillo. Gracias a Dios entre los clientes se hallaba un médico desayunando vecino de aquel mismo portal, que lo cogió a tiempo y supo suministrarle la asistencia de emergencia recomendada en ese tipo de casos, aprovechando el tiempo que tardó en llegar la ambulancia.
Yo me enteré por la tarde. Me llamó su sobrino, que trabajaba con ellos de técnico, el único personal que les quedaba con contrato en vigor. Me llamaba para decirme la noticia y de paso para interesarse por su futuro en aquellas circunstancias. No recuerdo bien y no quisiera levantar discordia después de todo, pero lo que sí es cierto es que me sentí bastante ofendido por mencionar en ese momento otro asunto que no fuera el de su salud. ¿Que por qué me llamaba a mí? Bueno, aunque no lo creáis, yo era el que estaba negociando desde hacía meses el traspaso del local a mi empresa, y en la operación (que estaba ya muy avanzada) el sobrinito del Quino se incluía en el lote, como un compromiso que su tío había adquirido con él.
El Quino se fue recuperando poco a poco gracias a la Divina Providencia que colocó a un médico en el mismo lugar del suceso, y pudo disfrutar de su familia y de sus amigos unos cuantos años más con una calidad de vida relativamente buena. Desde entonces no he dejado de sentirme su ángel protector. Lo localizaba por las mañanas temprano y echábamos un paseo cada día, tratando de solucionar los asuntos que los dos nos traíamos entre manos. Al principio lo acompañaba también a la tienda, pero luego dejé de ir con él, porque el ambiente estaba bastante enrarecido. Su socio, “el innombrable” –como él lo llamaba-, se había hecho cargo de ella y pronto salieron algunos problemas. A mí me decía que ahora se enteraría de lo que era trabajar de verdad. Recuerdo que nos contaba esa teoría suya de los vendedores. Nos explicaba las diferencias que había entre un vendedor de tienda –como él mismo- y un vendedor de calle –como su socio, por ejemplo-. Yo siempre había pensado que tenía más mérito el vendedor de calle, porque se supone que tiene que encontrar clientes de la nada, pero este no era su caso, en realidad “el innombrable” había vivido de los avisos de venta que llegaban a la tienda desde fuera, que no es lo mismo que hacer visitas “a puerta fría”. Así, en verdad, cuando llegaba a algún negocio, siempre le estaban esperando, y la venta estaba casi hecha la mayoría de las veces, cuando no sólo para entregar el material y cobrar. Sin embargo el vendedor de tienda –nos seguía contando- vive en una completa incertidumbre, nunca sabe qué tipo de cliente le va a entrar ni por dónde le va a salir cada cual. El Quino decía con mucha gracia que el típico comercial de la calle en realidad se prepara psicológicamente con folletos y precios y no entra a ver al cliente hasta que no ha pensado bien lo que tiene que hacer o decir, después se va a tomar un cafelito para prepararse la siguiente visita y entra de nuevo completamente listo para ofrecer sus productos o servicios y responder con acierto a sus posibles objeciones; mientras que en la tienda por muy bien que te prepares y te protejas, como en un nido de ametralladora, acabarás recibiendo granadas y tiros de todo el que vaya llegando, hasta el punto de que en ocasiones el enemigo se va acumulando y es preciso defenderse en evidente inferioridad numérica, lo que resulta mucho más estresante y peligroso.
En eso tenía razón mi amigo, así que al “innombrable”, acostumbrado a vivir relajado, pronto le pesaron sus nuevas funciones de gerente y de tendero, y las semanas le parecían interminables allí agazapado. Se cuenta que gran parte del cabello que en sus mejores tiempos luciera, debió de caérsele en estos escasos meses, por lo que se extenuaba buscando a su demacrado exsocio para que tratara de agilizar al máximo el traspaso de la empresa aunque fuera muy por debajo de su valor.
Después del parón del bochornoso verano del 2012 las visitas a mi antigua empresa se hicieron más frecuentes. En mi papel de intermediario le hacía ver a mi exjefe la gran oportunidad que suponía tener una presencia tan destacada en el centro mismo de la ciudad. Ellos dejarían todo el material, que no era demasiado valioso, todos los clientes y hasta les darían una especie de curso de formación, con el compromiso de contratar al técnico -que era ya mayorcito y de la familia como queda dicho- al que no podían dejar tirado en la cola del paro. A pesar de las facilidades ofrecidas y de que el alquiler del local era también moderado, mi jefe estuvo dándole vueltas al asunto hasta finales de año, y no fue hasta entonces cuando decidió hablar con uno de los comerciales nuestros para proponerle el puesto. Mi antiguo compañero, que era un vendedor de calle bastante quemado con mejor apariencia y modales que éxito comercial, aceptó el reto sin pensárselo dos veces, porque las circunstancias estaban bastante apuradas, y debió pensar que cualquier cambio sería para bien. Seguramente mi avispado jefe conseguiría a última hora alguna prebenda especial que lo hizo decidirse definitivamente, así que se firmó la operación y la última semana del año, después de Navidad, sin cerrar siquiera las puertas para la mudanza, se llevó a cabo el traspaso completamente en vivo. Las cosas de mi antiguo jefe, al que no le gustaba que se perdiera inútilmente el tiempo.
Los primeros días la presencia de los antiguos comerciantes acompañando al nuevo inquilino de aquella tienda que llevaba casi cincuenta años acumulando materiales de la más variopinta especie, se hizo imprescindible. Pero pronto el Quino fue retardando sus visitas, mientras que su exsocio no parecía acabar de despegarse, tratando más que de enseñar, de hacerse imprescindible, con la idea –suponemos- de recibir una oferta de la nueva directiva aunque fuera de carácter temporal. Pero mi jefe no estaba por cargar con ninguna rémora más, así que despidió al individuo agradeciendo sus servicios, para que así echase a volar por sí mismo su aturrullado pupilo.
Me consta que “el innombrable” no apareció más por allí, y sin embargo fue visto en distintos lugares conocidos esgrimiendo su acostumbrada herramienta, cuando no desempaquetando una voluminosa caja de cartón, como si se tratara de un cuarto rey mago calvo que sólo obsequiara a sus propios clientes previo pago. Con todo, no serían estos los peores agravios con los que afrentaría la honorabilidad de su antigua entidad.
En cuanto al tercero en discordia, el susodicho sobrino, ejerció sus funciones para la nueva empresa durante un tiempo, bastante agobiado por el acelerado ritmo de trabajo al que no estaba acostumbrado. Las paradas en los cafés empezaron a escasear, los avisos se multiplicaron, los días se hicieron semanas y las exigencias de sus nuevos superiores no se podían comparar con las escasas y tímidas reconvenciones del Quino, ni siquiera con las desagradables salidas de tono del otro socio, al que ahora casi echaba de menos, a pesar de no haberle podido sacar una maldita invitación en su vida. Así es que, poco tiempo después, tras un largo periodo mascullándolo, el acostumbrado rifirrafe matutino con su jefecillo, prendió la mecha que le hizo explotar y poner pies en polvorosa, presentándose ante el gerente para que hiciera efectiva su renuncia. El gerente, al que no le pilló completamente de sorpresa, puso el caso en manos de sus asesores y procedió según tengo entendido con la mejor voluntad y sin ningún afán de represalia, con lo que aparentemente quedó conforme el veterano trabajador, que se debió sentir de nuevo liberado. Después sorprendentemente llegaría la demanda judicial del chaval, no solamente contra la nueva empresa, sino incluso contra la que le había dado de comer tantos años, al parecer porque se habían quedado cortos con los antiguos derechos devengados, y él, perfectamente asesorado, estaba dispuesto a cobrar hasta el último céntimo. El caso es que la separación, aparentemente de mutuo acuerdo, se convirtió en un divorcio enconado y en un verdadero calvario, especialmente para Joaquín, al que sus familiares consiguieron evitar la asistencia a las vistas, debido a su delicada salud. El pobre me decía refiriéndose a su sobrino:
-En mi empresa tendría queja con el dinero pero no con el trabajo, ¡vamos!
El caso terminaría tras varios meses de pleito con más mareos que nada, y en lugar de valer para compensar al trabajador –con perdón- para lo que realmente sirvió fue para dejar a cada uno en su sitio, eso sí, con dolores de cabeza y un amargo sabor de boca. En definitiva, la peor manera posible de terminar la trayectoria de una empresa emblemática y de un empresario ejemplar.
Pero volvamos a nuestra vetusta tienda de ofimática. El compañero que se hizo cargo de ella, con el que yo mantenía una cordial relación de casi veinte años, se adaptó paulatinamente a su nuevo puesto, tras un periodo de inevitable incertidumbre. Cambió, como decía Quino, las tácticas de ataque, a las que también él estaba acostumbrado, por la defensa estática en nido de ametralladora, tratando como el viejo dueño de realizar su labor de la mejor manera posible.
Sé perfectamente que Quino se estuvo presentando durante meses casi todos los días, excediendo con mucho su compromiso de ayudar en el cambio de titularidad a la nueva entidad, así que mi compañero aprendió a dejarle las más ingratas labores, porque en aquella tienda recalaban los clientes más extraños y los productos más obsoletos de la ciudad. Pero a mi amigo nunca le parecía nada imposible, en un ratito y con una sonrisa dejaba solucionados los entuertos que le presentaba el muchacho. Más tarde, cuando su labor de servicio técnico se hizo innecesaria, continuaron las visitas, se espaciaron un poco pero persistieron, simplemente por la fuerza de la costumbre, empezando a forjarse entre ellos una creciente relación que con el tiempo fraguaría en una auténtica amistad. Yo solía visitar también la tienda casi todas las semanas, sólo o acompañado del Quino, porque yo me sentía un poco responsable de todo aquello, al fin y al cabo, por favorecer a las dos partes, yo me había empeñado en el traspaso y me consideraba algo así como el padrino de la criatura. A este hecho se unió una circunstancia familiar que reforzó mi relación personal con mi compañero, el nuevo tendero. Él, como yo, teníamos a un familiar cercano con una precaria salud, él a su madre, que se enfrentaba a una terrible enfermedad, y yo, a mi hermano mayor, que acabábamos de alojarlo en una residencia en un pueblo de la sierra, tras numerosas vicisitudes. La trayectoria recorrida por sus hermanos con su madre fue casi calcada a la de nosotros, como a la de tantas familias, por eso pude ir anticipando algunos consejos que pudieron valerle. Es curioso cómo determinadas circunstancias se producen para hacer cruzarse a unas personas con otras e influir en sus destinos. Casualidades, supongo.
Esto mismo le decía precisamente a mi compañero el tendero el otro día cuando pasé por allí:
-¿Quién te iba a decir a ti, en aquellos tiempos de la crisis cuando trabajabas a un par de metros escasos del despacho de tu jefe, que ibas a estar en esta tienda en el centro mismo de la ciudad tantos años, y que llegarías a tener una amistad tan grande con su antiguo dueño?
Y el comercial, medio en broma, medio en serio, me respondió:
-¿Y quién me iba a decir a mí que después de haberme librado de ti en la empresa, cuando por fin te jubilaste, iba a tener que aguantarte de nuevo otro puñado de años? Vamos que cuando te vi aparecer por aquí al cabo del tiempo creía que me había caído una maldición. No sé si te acuerdas, debes de estar perdiendo un poco la memoria. El otro día me lo decía otro compañero tuyo, un hombre muy mayor que se había enterado de lo del Quino. Me contó que conocía a nuestro jefe, a quien me rogó que lo saludara de su parte. Yo le respondí que además de Joaquín eras tú quien venía por aquí últimamente. Le pregunté si te conocía, y me dijo que por supuesto, que a ti te conocía todo el mundo, pero entonces debió de acordarse de algo y se marchó muy deprisa, casi sin despedirse, dándome a entender que tú no eras santo de su devoción precisamente.
Si es que tú has cambiado un montón. Ahora da gusto. Tú no te acordarás, pero en la empresa el almacén era todas las mañanas un caos. Todos los días había discusiones abajo, y fue marcharte tú y quedarse todo tranquilo como una balsa de aceite. Yo creo que con los únicos que te llevabas bien era con el gerente y conmigo; conmigo porque tengo más paciencia que un santo, y porque te grababa los discos de música que te gustaban y no te los cobraba, y con el jefe porque te ibas todos los días a desayunar con él pegando la gorra. ¿Es verdad o es mentira? No me respondas si no te apetece, mejor corramos un tupido velo.
Tienes que reconocer que a ti lo que te ha mejorado es lo de tu hermano, con el que te estás redimiendo de tus pecados. Con él sí que te estás portando como Dios manda, y el hombre está encantado con su nueva vida gracias a ti. ¡A cada uno lo suyo! Y por supuesto además el haberte juntado con el Quino, que era un señor, y tratando de protegerlo tú a él, acabó por meterte a ti en vereda. Y eso no es casualidad, amigo mío. Esas son las experiencias vitales que te tenían a ti preparadas desde lo alto. Y desde un tiempo a esta parte se te ve más prudente y más sensato, y hasta con ganas de agradar a los demás. No sé si será la edad, o es que le estás viendo las orejas al lobo como le pasaba al Quino en los últimos tiempos, y ahora estás tratando de hacer méritos para el Más Allá.
Pues que sepas que todo eso me parece muy bien. A mí me está pasando lo mismo. Pero yo lo reconozco. Yo he sido toda la vida una persona bastante egocéntrica. Sólo me interesaba lo mío. Te acuerdas que no me enteraba de nada. Te podría poner cien ejemplos y no pararía, pero desde hace un tiempo algo me está haciendo ver la vida de otra manera. Todas mis circunstancias –como diría Ortega y Gassett- parece que se están poniendo de acuerdo para darle un toque de atención a mi yo. Habría que estar ciego para no darse cuenta. Así que cada vez tengo más presente a los demás.
Lo primero fue lo de mi hermano. Tan joven irse de pronto, sin esperarlo. Ha hecho ahora seis años. Aquello nos dejó conmocionados. Pero sé que está bien y en ocasiones noto su presencia benefactora ayudándonos como un ángel de la guarda. Desde entonces puse el contador a cero en algunos aspectos, para no dejar pasar el tiempo en balde. Él debió inspirarme la lista enorme de libros que he ido seleccionando para ir leyendo poco a poco, antes de que sea demasiado tarde. Y seguramente estas líneas, en última instancia, lo que puedan al menos tener de valor, en alguna medida, se las debamos a él.
A los pocos años ocurrió lo del otro hermano gemelo. El mismo problema con diferente resultado. La misma enfermedad congénita, que cogida esta vez a tiempo, gracias al incomparable equipo médico y a la supervisión intangible de su inseparable hermano, que a pesar de su amor hacia él, no consintió en que se reencontraran tan pronto allá arriba, lo que hubiera sido un horrible dolor para toda su familia, salvándose finalmente a través de un peligroso trasplante in extremis después de tres o cuatro intentos fallidos.
Y a continuación, sin solución de continuidad, expectantes aún ante un posible rechazo del órgano vital trasplantado, nos sobreviene la terrible enfermedad de mi madre.
A mi madre hasta que no se puso tan mala y le diagnosticaron lo suyo en su abultado vientre yo apenas la veía una vez cada dos o tres meses. Ni la llamaba siquiera. Con ella me costaba mucho hablar por teléfono, porque no decía más que tonterías sin sentido, y yo no la aguantaba, porque parecía que estaba ya chocheando. Pero no era eso. Después nos enteramos que un bultito alojado en su cabeza le presionaba y le estaba provocando lentamente una pérdida gradual de la memoria. Así es que a la vez que salíamos del departamento de neumología con mi hermano, entrábamos en el de oncología con mi madre.
La doctora de turno, una vez nos hubo corroborado la extensión de su mal, echándole un vistazo a la fecha de nacimiento de mi madre y al desorbitado dígito de la báscula donde la pesó, a la que nos costó que subiera, podemos decir que prácticamente la desahució, y se pensó bastante desperdiciar el temido tratamiento químico, pues su única salvación estribaba en la correspondiente operación posterior, y ello sería imposible, a no ser redujera su volumen a la mitad. La postura médica desconfiada tenía su justificación, cualquiera hubiera pensado razonable evitarle el sufrimiento del penoso tratamiento para después no poder ser operada. Pero se trataba de la mujer que nos había dado la vida, y si existía una pequeña posibilidad nuestra obligación era explotarla, así que nos impusimos la titánica labor de adelgazar nada menos que cincuenta kilos a una persona de tan buen comer como nuestra madre en los dos o tres meses que duraba la radiación. Bien, pues como ya estás enterado, gracias a la dieta, a la medicina y a los desvelos de todos sus hijos, sobrevivió. Y desde entonces, puede hacer ya casi cuatro años, seguimos liados con el asunto. Mi hermano, trasplantado, viviendo una vida más ordenada y reflexiva con su familia, liberado ya del yugo del trabajo, y mi madre, después de asistirla durante algún tiempo todos por turno en su domicilio, ahora la tenemos en una residencia de mayores, a donde solemos ir una vez por semana los que podemos para sacarla un ratito y darle su merecido paseo, que ella ansía como ansía tu hermano esos dinerillos que le llevas cada semana para poder jugar a las cartas o al dominó con sus compañeros jubilados.
Ella primero estuvo un año en una residencia en un pueblo de la vega, a más de cincuenta kilómetros, donde fue adaptándose a su nueva vida con la esperanza de que alguno la rescatase de allí, aunque fuera temporalmente. Pero ahora hemos conseguido una plaza cerca de mi barrio, y, aunque está en una zona temible -en territorio comanche- recibe más visitas que en el otro lado, así que la veo los fines de semana, y estamos toda la mañana juntos, desde que abren las puertas hasta que entra a comer. Y no suelo faltar. Se pone tan contenta cuando llegamos, y te da unos abrazos. Dice más tonterías cada día, pero a mí no me importa. Sé que no está chocheando. Me río mucho con ella, con sus refranes del pueblo o sus historias medio inventadas, que vuelve una y otra vez a repetir como si fueran una ocurrencia reciente. Le molesta no encontrar la palabra adecuada y le da rabia cuando se equivoca que la corrijamos. Y a menudo se ríe y parece feliz por momentos, aunque se queja bastante de sus tendones, de sus huesos, y, lo peor, del aburrimiento.
Pues después de todos estos capítulos fue cuando ocurrió lo del fallecimiento del Quino, o sea, que ya llovía sobre mojado. Yo le había dejado una máquina de escribir muy antigua, una Continental herrumbrosa, para ver si era capaz de ponerla en marcha de nuevo, porque nosotros la habíamos desechado sólo con verla. Tenía todas las teclas oxidadas y pegadas en bloque, como con una capa de tela de araña. Vamos, para tirarla. Hubiera necesitado más de diez horas de mano de obra, lo que suponían unos quinientos euros según nuestra tarifa de precios oficial. Pero el cliente, el abuelo de unos niños del colegio de mi hijo, pretendía hacerles un regalo a sus nietos y no encontró nada mejor. Yo le dije que nosotros no se la podíamos arreglar, que le costaría –quedándome corto, y en el caso de que el compañero y el gerente hubieran estado de acuerdo- unos trescientos euros. El hombre, como es obvio, lo rechazó, pero cuando se dirigía a cargar de nuevo con ella, se me ocurrió que tal vez el Quino, por su cuenta y riesgo, en su tiempo libre, quisiese entretenerse con ella, así que le dije a Ramón, mi vecino, que no perdíamos nada por enseñarla a la única persona que quizás fuera capaz. Y en eso quedamos, me la dejó y le puse un mensaje a mi amigo para que viniera a echarle un vistazo. Yo pensé que aquella máquina sería demasiado trabajo para él, pero en cuanto la vio se quedó prendado. Me dijo que la conocía, que era una máquina alemana de hierro forjado de 1910 aproximadamente, que tenía las características teclas circulares, como podía apreciar, con los bordes cromados, y me fue enseñando una a una sus peculiaridades. Me explicó que llevaba tabuladores mecánicos, cápsulas estancas para cintas de dos colores con rebobinado de carrete de manivela, carro ancho para A3 o folios apaisados, retroceso automático, mayúsculas individuales o fijas, subrayado de palabras,… En fin, me dijo que era una máquina de lujo, una máquina de museo. Que le pidiera cien euros y si estaba conforme, la tendría que desmontar para quitarle las piezas más delicadas, para que no se estropearan, y sumergirla en un baño de gasolina, y luego volverla a montar y engrasarla tecla a tecla. Que después ya veríamos si salía algo más –me decía, tratando de ocultar su entusiasmo- pero que él creía que podía funcionar. El hombre aceptó con la salvedad apuntada por mí de no meter prisa al técnico ya jubilado, y de que se trataría de una cuestión personal. Así que, pasadas las fechas navideñas –recuerdo- la echó el Quino en su coche y se la llevó para su casita de campo, donde guardaba sus herramientas y sus cachivaches junto a algunas reliquias que había ido rescatando.
Pasaron los días y las semanas. Aún sin prisa, yo saludaba a Ramón a la salida del cole, quien prudentemente nunca me preguntaba por la Continental. Yo, con el tiempo, tuve que ir dándole algunas explicaciones, aunque en realidad no fuese ya asunto mío. Le dije la verdad, que la máquina se la había llevado el técnico al campo, y que con tanta lluvia como estaba cayendo en este invierno, sólo iba los fines de semana por allí, y por eso se había demorado. Cuando pasaron dos meses yo ya buscaba al abuelo para esquivarlo. El Quino me dijo que ya la había petroleado por completo varias veces, y que no le quedaba mucho. Pero la máquina no aparecía terminada. A mí no me parecía bien meterle presión, y me daba apuro preguntarle por ella cuando os acercabais a la tienda juntos, porque, aunque los dos teníamos la conciencia tranquila, ya sabes aquello de la mujer del César, que no sólo debe ser honrada, sino parecerlo.
Un día que se presentó el Quino sin ti por fin le pregunté qué pasaba con la máquina de escribir, entonces, se sonrió y, sacando su móvil, me enseñó la foto que le había hecho su familia delante de la vieja Continental en el jardín de su casa, una imagen preciosa donde se le ve sentado con un pincel en la mano, reparando la bonita máquina. Le dije que me enviara la foto con la idea de enseñársela a Ramón para que se quedase más tranquilo viendo como nuestro amigo estaba en el tajo con su maquinita casi terminada.
Pero de nuevo pasaron los días y las semanas, que es cierto que fueron la mayoría tormentosos, de lluvia y clima infernal, presagio del inesperado y funesto acontecimiento. Entonces te presentaste en la tienda con la terrible noticia: el Quino se ha muerto. Anoche de madrugada. En la cama, tranquilamente. En un instante. No se sabe por qué.
Y aunque parecía mentira, tenía que ser verdad, porque con aquello no se podía bromear. ¿Pero cómo es posible? Si estaba muy bien. Si iba al gimnasio y todo, a hacer ejercicio. Me dijiste que te había llamado su hijo para contártelo. Que mañana era el entierro y la misa a las diez en la iglesia de Santa Marina.
Yo soy muy reticente a los funerales, sobre todo cuando no es de mi familia el difunto, y más todavía cuando supone un entorpecimiento al trabajo, pero en esta ocasión no me quedaba la menor duda: yo quería estar allí, por supuesto. Llamé solicitando la autorización de mi jefe para cerrar la tienda de diez a once. Él ya estaba enterado de lo sucedido por ti, como no, los jefes se enteran de todo porque siempre hay alguno que les va con el cuento, pero lamentándolo me dijo que no podría asistir por un compromiso con su hija. Recuerdo poner un letrerito en la puerta que, aprovechando que avisaba del cierre al día siguiente por funeral, indicaba que en él se honraría precisamente al antiguo inquilino que había regentado durante tantos años aquel establecimiento con gran dignidad.
Antes de irme para la tienda esa tarde me pasé por el tanatorio para dar el pésame a sus familiares. Tras saludar a sus hijos con aflicción, llegué hasta la esposa del Quino, que estaba próxima a la cristalera donde se exponía el cuerpo de su marido. Después de asomarme, la impresión que me dejó fue como la que otros difuntos me dejaron, la sensación de que ya no estaba allí mi amigo porque se había escapado y sólo quedaba realmente una especie de funda que se parecía a él como al molde de una máscara funeraria.
Por la tarde, un desconocido con semblante circunspecto entra y recorre el interior de la tienda como hipnotizado buscando no se sabe qué. No he conseguido acordarme de lo que vino a comprar o si sólo entró a preguntar, como acostumbran a hacer por aquí, pensando en que pueda ser esto una oficina de turismo o de información. Ni siquiera puedo decir ahora si el letrero estaba ya puesto, sólo sé que –pásmense- se identificó como el párroco de la iglesia de Santa Marina, nada menos. Vaya casualidad.
Al principio le dije que yo había conocido a su predecesor, Don Rafael, porque fue profesor mío de latín en la facultad de Filosofía, y porque yo había vivido en ese barrio diez años, y allí nacería mi hijo mayor, al que habíamos bautizado en esa misma iglesia hacía más de veinticinco años. Él me habló de que conocía a su hermano, que era también sacerdote, y yo le confesé que los conocía a los dos porque además vivían en el mismo portal de mi tía, la hermana de mi madre. La conversación se encauzó siguiendo el pensamiento que debía bullir en la cabeza del religioso, que quiso hacerme partícipe de que al día siguiente tenía el funeral de una persona que no conocía. Entonces, inevitablemente, pensé en aquellos versos de León Felipe que nos hizo aprender de memoria el padre Gago en la Universidad Laboral. Decían que “para hacer bien los oficios cualquiera vale, cualquiera menos un sepulturero”. Y me sentí en la obligación de contribuir a la formación de aquel cura despistado, que se fue a presentar en el lugar donde había trabajado cerca de cincuenta años el fallecido al que iba a oficiar al día siguiente, para que yo lo informase oportunamente y pudiera tener su merecido homenaje Joaquín. Le hablé de quién había sido el Quino desde mi más sincera admiración y cariño, le dije que fue un estupendo técnico, un verdadero artesano y una persona fenomenal, querido por todos sus clientes y familiares. Poco más. ¿Quién fue el que lo envió allí? No lo sé, yo no le pregunté. Sólo puedo imaginarlo.
Al día siguiente desalojé el local con tiempo suficiente para no tener que darme prisa. Salí cabizbajo. La emblemática iglesia de Santa Marina está ubicada en el cercano barrio del mismo nombre, el más conocido de la ciudad, el del monumento a Manolete, el barrio de los toreros, que tantos recuerdos me traía, pues yo viví allí algunos de los mejores y peores episodios de mi vida. A los pies de la gran portada de la imponente iglesia fernandina, con aspecto de fortaleza medieval, un puñado de hombres taciturnos, de estatura muy superior a la media, entre los que distinguí al hijo del Quino, formando en dos hileras, empezaban a sacar el féretro de nuestro amigo, mientras una leve llovizna resbalaba por su bruñida madera.
Seguí por detrás el acompasado vaivén de aquellos tristes gigantes hasta que penetraron con el ataúd en volandas por en medio del pasillo del inmenso pórtico gótico. La gente, en un conmovedor silencio, abarrotaba la nave central y gran parte de las laterales, viéndome forzado a profundizar por un lado hasta alcanzar los escasos bancos que habían quedado desalojados junto a las imágenes adyacentes al altar mayor, traspasando la altura de la primera fila, desde donde podía ver y casi sentir los sollozos de la familia de nuestro amigo.
Frente a mí, al otro lado, sentado en una silla -te acordarás- un solitario músico hacía sonar lenta y armoniosamente una guitarra española. Y en el estrado aquel mismo ser que se pasó por la tienda como un desorientado flaneur*, presidía el acto disfrazado de súmmum sacerdote, embutido en su túnica blanca y envuelto en una ligera casulla color verde oliva, con la estola púrpura alrededor del cuello. El párroco, dejando a un lado sus modales de vagabundo, como titular que era de una de las iglesias de mayor alcurnia de Córdoba, en un alarde de reconocible profesionalidad, supo aludir a las mejores virtudes humanas del que allí se hallaba en cuerpo presente con elegancia y naturalidad, sabiendo ensalzar en nuestro hermano Joaquín tanto su laboriosidad como su amor al prójimo, de tal manera que fue sensibilizando a su auditorio hasta conseguir meter en un puño a los asistentes, que, como yo, apenas podíamos contener las lágrimas.
El punto álgido de la misa llegó cuando el versado guitarrista, algún buen amigo de la familia, muy vinculada al mundo de la música, destapó el tarro de sus esencias, demostrando estar –como cabía esperar- a la altura del magno ceremonial. Mientras los fieles se iban acercando a tomar el sagrado sacramento de la eucaristía empezaron a sonar los inconfundibles acordes de “Alfonsina y el mar”, aquella preciosa y tristísima canción en la que Mercedes Sosa evoca la trágica muerte de Alfonsina Storni, una de mis canciones favoritas, que me había servido para conocer la vida y obra de la poetisa argentina, que se suicidó lanzándose desde un acantilado, aunque según la canción lo hizo entrando lentamente por la arena de la playa. Ese triste final es evocado por ella en un breve poema póstumo y premonitorio.
El acto terminó para mí con un tierno abrazo a la familia y unas breves palabras de aliento, en uno y otro sentido. Mi lento paseo hasta la tienda de nuevo, bajo la pertinaz lluvia, con el corazón encogido, me permitiría imaginar a los familiares de mi amigo encerrando su marchito cuerpo para siempre en algún nicho del viejo cementerio de San Rafael, en la conocida barriada de la Fuensanta, donde reposan los restos de todos mis seres queridos.
Ese fin de semana, el domingo siguiente, cuando fui a recoger a mi madre de la residencia la encontré sentada junto a un anciano al que me presentó con una sonrisa picarona. Al preguntarle al salir me confesó sin rubor que ese hombre era su nueva pareja. ¡Lo que faltaba! Esta mujer –pensé- ha perdido definitivamente la cabeza. Una vez en el coche se me vino a la memoria la imagen de mi padre, y como no había decidido dónde llevarla le propuse acercarnos al cementerio para visitarlo, a él y a mis abuelos, sus padres, que –como yo- debía hacer bastante tiempo que no los visitaba.
Dejamos el coche en el destartalado aparcamiento contiguo, entre enormes charcos de agua. Entramos, y circulamos bajo los grandes cipreses entre las viejas tumbas del patio central, hasta atravesar por una puerta adintelada de la derecha. En el espacio que se abría a nuestro paso, menos abigarrado, se distinguían dos claras edificaciones mortuorias, una a cada lado. Penetramos por la segunda calle de la izquierda, la más próxima de las dos, pensando que debía ser donde se alojaba mi padre. Eran dos hileras de nichos blanqueados cubiertos de lápidas a cuatro alturas, someramente decoradas con algunas flores de plástico. Pasé mirando y leyendo de una en una hasta el fondo de la callejuela con mi madre detrás, diez o doce metros a lo sumo, pero no, no debía ser aquella su dirección. Salimos y nos adentramos en la calle siguiente, en la que enfrente, a la derecha, lucían unas espléndidas coronas, signo de que se habría llevado a cabo un entierro reciente. Continuamos y casi al fondo a la izquierda distinguimos por fin la oscura lápida de papá. Después de apartar algunas malas hierbas de su pequeño jarrón me puse a rezar, animando a mi madre a imitarme, cosa que hizo sin aparente emoción pero sin rechistar. No debió exceder nuestra estancia los cinco minutos. Y entonces pensé que no podía estar allí mi padre esperando solo tanto tiempo. Que debía estar bien, pero en otro lado, que allí simplemente estaban sus huesos o su ceniza: sus restos. Y con eso me conformé. Cuando nos marchábamos me dio por echarle un vistazo a la lápida de enfrente, la que parecía reciente y estaba llena de flores. Pero lápida aún no tenía, sólo el yeso aún blando con las iniciales: J. V. L. Un repelús repentino me subió por la espalda. Quise leer el texto de una corona, y mientras lo hacía, comprendí la verdad. Era la misma leyenda que yo había visto sobre el ataúd de Joaquín. ¡No podía ser! Pero sí: aquella era la tumba del Quino.
Me acerqué más y aparté cuidadosamente las flores que ocultaban casi por completo el frontal. No lo van a creer. Apoyada en la parte baja del hueco del nicho, sobre el material blanquecino, habían dejado una foto. Me dio un vuelco el corazón al reconocerla. Era la foto del Quino sentado arreglando la máquina de escribir.
¿Cómo era posible que colocaran a nuestro amigo en la misma calle de mi padre que había sido enterrado en septiembre del año dos mil, hacía casi dieciocho años? ¿Qué tipo de orden y organización llevaban en este cementerio?
Recuerdo que pensé que se darían eterna compañía. Que se harían inmediatamente compadres porque tenían mucho en común: ese afán por rematar bien las tareas, su responsabilidad con los clientes y con su familia, o su cariño –correspondido y oculto- por mí. Ya los podía ver echándose una partida interminable de dominó brindando con un medio de vino a nuestra salud.
Después de aquello, obnubilado y casi flotando, buscamos durante un buen rato la lápida de mis abuelos hasta que por fin la encontramos, la arreglamos un tanto, rezamos –ella pareció algo más compungida- y finalmente abandonamos el camposanto rumbo de nuevo a la residencia. Al llegar a mi casa saqué la libreta, aquella donde tenía anotados los próximos libros que tenía intención de leer, y en la que apuntaba las ideas que se me iban ocurriendo para mis torpes escritos (la acabo de coger ahora mismo para no equivocarme). Puse: “ESCRIBIR UN RELATO SOBRE EL QUINO. A.M.D.G*.” “La señal”. Y debajo, Tema: Camino de perfección. Pasión mística. (Con esto último hacía referencia al libro que había leído recientemente de Pío Baroja, con ese mismo título, y a la fiebre que sufría últimamente quien suscribe con el más allá, manía con la que torturaba obsesivamente a mis amigos más cercanos). Después esbozaba en unas líneas algunos personajes y directrices: el Quino, Diego, mi madre, mi padre, Ramón; Señales y avisos: el párroco, Alfonsina, la Continental…
Luego pasaron algunos días y me fui enfriando. Pensaba que sería mejor no escribir en caliente, sino mejor dejar pasar algún tiempo para darme cuenta si la historia tenía realmente alguna consistencia.

(Fin de la primera parte)

 

 

————————-

Notas prescindibles:
(1) Charpa: RAE: Banda.// Cordobapedia: Palabra que en Córdoba tiene una acepción muy particular. Dícese de una reunión de amigos. Según Miguel Salcedo Hierro en su libro Crónicas Anecdóticas (página 87), fue muy utilizada durante todo el siglo XX en la ciudad de Córdoba, viniendo a referirse a reuniones de 4 a no más de 8 charpistas que se juntaban para ir al fútbol, a los toros, etc.
(2) Gemeliers: es un grupo español integrado por los hermanos gemelos Jesús y Daniel Oviedo Morilla (Mairena del Aljarafe, Sevilla, 21 de febrero de 1999).Quienes desde los 4 años se dedican al mundo de la música. Alcanzaron la popularidad en el año 2014 tras su participación en la primera edición de La Voz Kids.
(3) Chascarrillo: Cuento breve, anécdota o frase de sentido equívoco y gracioso.
(4) Según la leyenda, Rodrigo Díaz de Vivar, “El Cid Campeador”, ordenó que embalsamaran su cuerpo y que así atado cabalgara en cabeza sobre su caballo Babieca en la siguiente batalla una vez muerto. Así se hizo y sus hombres al verle de nuevo, recobraron el vigor y vencieron al rey Búcar de Valencia. Quedando para la posteridad que la sola presencia del Cid Campeador atemorizaba a sus enemigos, con lo que incluso tras su muerte consiguió ganar una última batalla.
(5) Flaneur: El término flâneur (pronunciado: “flaner”, procede del francés, y significa ‘paseante’, ‘callejero’. La palabra flânerie (‘callejeo’, ‘vagabundeo’) se refiere a la actividad propia del flâneur: vagar por las calles, callejear sin rumbo, sin objetivo, abierto a todas las vicisitudes y las impresiones que le salen al paso.
(6) A.M.D.G. (Ad Maiorem Dei Gloriam): Para la mayor gloria de Dios. Para satisfacer al Altísimo.

Nuestro amigo Quino (2ª parte)

 

     A la semana siguiente recibí la anunciada visita de la hija mayor de mi amigo y de su hijo, para avisarme del día de la misa de réquiem y para darme las gracias. Les recordé que sería conveniente traerse la máquina de escribir para terminar con la última labor que había emprendido su padre, haciendo un símil con la postrera batalla que venciera el Cid Campeador tras su muerte*. Me aseguraron que así lo harían y yo por mi parte les aseguré a mi vez que podían contar con el dinero del cliente como símbolo de su victoria. En eso quedamos. Nos volvimos a ver en la misa, también con mucha gente, pero con más calma que la vez anterior, y, a pesar de mi sugerencia, lamentablemente, sin el melancólico acompañamiento musical. Abrazando a la viuda me sentí como de la familia, y la señora, con sus cariñosas palabras así me lo hizo notar.
A los pocos días me tropecé de nuevo en el colegio con Ramón y le conté lo que había sucedido con el técnico de su máquina. Le intenté trasmitir que no debía preocuparse por ella, que pronto la tendría en su poder, en cuanto sus familiares se centraran un poco y la recogieran de su casa. Recuerdo su contestación. Trató el hombre de tranquilizarme diciéndome que eso no era ahora lo más importante, que se la llevara cuando todo hubiese pasado. Y no es que todo pasara, porque hay acontecimientos que nunca acabarán de pasar, porque se quedarán con nosotros para toda la vida.
Después de unos días creí que lo mejor sería tomar yo la iniciativa de ir a recogerla con mi coche, y así se lo hice saber a la muchacha, que accedió agradecida, concertando la cita para el siguiente fin de semana.
Como la música de fondo de esta historia, que sería sin duda la de Alfonsina, aquel atardecer volvía a llover, por lo que tuvieron que cubrir la máquina con un plástico grande para que no se mojara y darnos prisa para meterla en el maletero del vehículo. Aquel intempestivo temporal, sumado al hecho de que me acompañaba mi familia, impidió demorar unos instantes el encuentro, lo que no me permitió echar un vistazo al estado en el que se hallaba la máquina de escribir. El lunes dejé un mensaje a Ramón para avisarle de que la tenía en mi poder y de que se la acercaría al colegio cuando le viniera bien. Me dijo que nos podíamos reunir al día siguiente, así que, en mi papel de mero emisario, ni la saqué de su improvisado envoltorio. Había dejado mi coche cargado en la misma puerta del colegio a primera hora de la mañana, y como siempre, tras dejar allí a mi hijo, marché andando desde mi barrio al trabajo. A las dos y cinco, una vez recogido mi pequeño estudiante, y a resguardo dentro del coche, porque estaba de nuevo lloviendo, se acercó bajo la lluvia Ramón, le abrí deprisa el capot y sin más se agachó a coger la pesada máquina y se la llevó consigo, diciendo tan sólo que ya se acercaría a lo largo de la semana a la tienda para pagármela. Bastante mojado y chamuscado por no haber recibido ni haberme atrevido siquiera a solicitar el dinero del Quino, me volví a mi casita con mi hijo esperando que el viejo no tardase tanto en pagar como el técnico había tardado en su arreglo. También pensé que el Quino no me había hablado nada de que estuviese terminada, aunque por el tiempo que transcurrió desde que me comentó que sólo le quedaba una cosilla, pensé que seguramente estaría lista. Así es que cuando se presentó al día siguiente Ramón en la tienda cargado con la máquina y plantándomela en el suelo de la entrada de mala manera, me llevé una desagradable sorpresa. No necesitaba preguntarle nada: la máquina no funcionaba. Lo primero que hice fue disculparme, le dije que yo no la había repasado, que era mi culpa y que trataría de solucionarlo yo mismo si me era posible, y que entonces le avisaría.
En cuanto salió el malhumorado sujeto de allí, me lancé a ver lo que le había irritado tanto. Me parecía natural. Las teclas seguían oxidadas, y aunque se le había caído la pátina de telarañas que la dejaba como un bloque compacto, no era una gran mejoría, pues todavía se seguían atascando, y la cinta colgaba a girones, con lo que continuaba siendo un instrumento completamente inservible.
Era un desastre. ¿Qué podía hacer yo? Me frustraba muchísimo que se quedara así el último trabajo de nuestro amigo. Y además, un cliente mareado, insatisfecho y perdido. Como a todas las realidades que tememos, tapé aquella funesta reliquia del pasado y la oculté de mi vista, mientras iba pensando en que tal vez el hijo del Quino entendiera del tema, porque su padre le hubiese enseñado. Pero luego descarté esa opción sin preguntarle al muchacho siquiera, que al cabo del tiempo me confesaría que alguna cosilla sí que sabía, por haberlas aprendido de él. Creí que esto sólo me concernía a mí, y me sentí obligado a concederme una oportunidad.
Me pregunté: -¿Cómo habría atacado el asunto Joaquín? –y procedí como si de un alumno suyo iluminado se tratara.
Saqué la máquina del sótano a la que la había relegado, la planté encima de una mesa auxiliar y comprobé exactamente las dimensiones del siniestro, la gravedad del asunto. Mirándolo positivamente, aunque el color parduzco del óxido sólo con verlo te echaba para atrás, pensé que la maquinita mejoraría con un poco de aceite y que lo de la cinta era cuestión de paciencia y mancharse un poco de tinta. Otra cosa sería que la cinta volviera a hacer su circuito completo pasando del uno al otro carrete, pero a las malas, cuando la cinta llegara al final, se podía pasar fácilmente con su simpática manivela.
Decidido ahora a intentar el milagro, me encontraba con que no disponía de los materiales necesarios. Ni tenía aceite ni un pincel para aplicarlo, ni nada, así que muy decidido, cuando cerré la tienda me fui al bazar de los chinos más próximo y me dispuse a buscar lo más básico. Seguramente habrás adivinado que el bricolaje no es lo mío, no hace falta que te lo jure, ¿verdad? Es mi mujer en mi casa la que se encarga de todo, la de dar la manita de pintura a las rejas, la de los enchufes, la de poner las bombillas y todo eso. Lo que compré fue un botecito de aceite lubricante, otro bote de espray multiusos, un bidoncito de gasolina y tres o cuatro pinceles de varios tamaños y colorines. El día anterior le había pedido a mi esposa que me trajese un puñado de guantes de plástico de una gasolinera, con lo que completé un coqueto kit de mecánico de urgencias. Me coloqué la ropa más vieja que encontré, me calcé los ligeros guantes transparentes y coloqué todos mis instrumentos a mano. Después tomé el aerosol mágico multiusos, lo removí con vigor y vaporicé con aceite todos los ángulos de la máquina. Después dejé que chorreara un rato. Se puso todo perdido, porque no tuve la precaución de dejarle los plásticos o un periódico por debajo, pero entonces todo adquirió otro color, todo brilló, y asombrosamente, la bella reliquia alemana, empezó a funcionar. Recuerdo que en una de las lecciones técnicas que me daba Joaquín cuando arreglaba sobre la marcha, delante de mí, alguna de aquellas antiguallas, me dijo que el aceite que venden los chinos como multiusos no era el que había que echarle a las máquinas, pero ahora no sé de qué tipo de máquina hablaba. Así que yo, después de sufrir aquel trauma, me puse contentísimo porque empezaba a moverse aquel artilugio mecánico infernal. De todas formas sólo se trataba del primer paso, la comprobación me llevaría su tiempo, pues como si entendiera del tema, a donde no había llegado el espray le di con alguno de los pinceles, mojados en el otro bote de aceite que había comprado, hasta no encontrar ningún resquicio oxidado. Seguidamente me disponía a desenrollar la cinta nueva que había traído de la tienda y a sacarla de sus carretes, cuando –inspirado- se me ocurrió sólo sacarla del carrete vacío, pinchar ese extremo dentro del receptáculo de la Continental e irla liando con su manivela a la vez que se desliaba del otro, y eso hice. Empecé a disfrutar con los placeres del bricolaje, extraje la vieja y apolillada cinta que tenía puesta y la fijé por uno de los extremos a una flechita que disponía el hueco redondo de la vieja máquina, e inmediatamente me puse a enroscarla, lo que hice con una paciencia infinita, pues me pareció, que la cinta no tenía fin y que jamás terminaría de liarse, calculando que debí estar así buena parte de la mañana. Pero poco antes de la hora de almorzar pude verle la punta a la cinta y, sin pérdida de tiempo la fijé al otro receptáculo, que también disponía de la flechita correspondiente. Finalmente, con cuidado pero torpemente, la pude pasar entre las hendiduras centrales, donde coinciden los tipos –como les llamaba Joaquín. Y con esto el trabajo estaba acabado. Me quité los guantes –completamente ennegrecidos- y busqué con ansiedad un par de folios en blanco, coloqué uno apaisado, y me retiré hacia atrás contemplando cómo me estaba quedando aquella preciosidad. ¡Oh! ¡Maravilloso! Sólo faltaba que encima de todo pintara. Preparé mi dedo índice diestro y apreté con fuerza una de las teclas centrales. Era, como podrás imaginar, la letra jota, porque todo había sido inspirado por Joaquín, y en su honor. Y, por supuesto, pintó.
Mentiría si te dijera que la máquina escribió perfectamente desde el principio. No, al principio se atascó alguna de ellas, y casi todas escribían irregularmente. Después de escribir dos o tres líneas y comprobar que ya no mejoraban, la dejé reposar hasta encontrar otro rato que dedicarle. Pero a primera hora de la tarde estaba de nuevo liado con ella. El descanso, como a todos, le había sentado muy bien, y la mayor parte de los problemas habían dejado de serlo. Escribió un par de líneas casi perfectas y después se atascó. Un pequeño repaso, y listo. Pergeñé el sufrido párrafo inicial del Quijote junto con una frase que aprendí en la academia de mecanografía y que contiene todas las letras del abecedario español: “Exhíbanse zafios politiquillos con orejas kilométricas y uñas de gavilán”. Y, por fin, firmé como Joaquín Villafuente, su verdadero autor.
Le hice una foto al texto y se lo envié a la hija del Quino y a la misma vez a mi vecino Ramón, convocándolo a que se pasase por la tienda a recogerla con el correspondiente dinero, pues la vez anterior, al margen de que la máquina estuviera o no terminada, no lo había hecho así, siendo su obligación abonar el pago en el mismo acto de retirar el objeto reparado, algo que como no se había llevado a cabo con anterioridad, me había puesto sobre aviso.
Ramón se presentó, contrariamente a la vez anterior, al cabo de varios días, no sé si porque le costó reunir la cantidad solicitada, o porque sus quehaceres se lo impidieron con anterioridad. Pero nada más verlo no me gustó su semblante. Venía luciendo pinturas de guerra. Venía algo más que enfadado, colérico, y, extrañamente, con una mano vendada. Sus ojos verdes brillaban con la pasión de un hombre algunos lustros más joven de los que él cargaba a sus espaldas. Empezó por decir que yo no tenía que haberle pedido el dinero. Que qué es lo que me había creído de él. Yo, inmediatamente me disculpé, y le pedí perdón si le había ofendido por aquello, pero que como la última vez no lo había hecho así, pensé que le debía dejar claro que ese tipo de tratos se resuelven de esa manera, abonando en el acto la cantidad estipulada al retirar la mercancía. Y si después salía algún problema, ya se resolvería. Sin embargo Ramón no sé si no quiso, no supo o no pudo comprenderlo así, el caso es que me dijo que él se llevaba su máquina. Y yo, oponiéndome, le objeté que si no me pagaba la máquina que no se la podía llevar.
Estaba excitado. Me preguntó que quién la había reparado, y le respondí que lo más importante lo había hecho el Quino –como ya le había indicado-, el petroleado y no sabía decirle qué más, y que, después de traerla por segunda vez yo mismo le había dado un repaso y le había colocado la cinta. La verdad.
Luego me dijo que a mí me pagaría veinticinco euros, que era lo que yo le había dicho que cobrábamos en la empresa. Y le respondí que no, que no se había enterado bien, que los veinticinco euros eran lo mínimo que cobrábamos como confección de presupuesto, aunque no se aceptara la reparación. Que el presupuesto que yo le había dado de la empresa era de trescientos euros, y que en realidad me había quedado muy corto. Pero que con los cien euros que le había pedido el Quino me quedaba satisfecho.
Entonces no sé si entendió que el dinero me lo iba a quedar yo o la empresa, el caso es que me dijo que entonces él les pagaría directamente a sus hijos, a lo cual yo no me negué. A lo que sí me negué fue a que saliera la máquina de allí sin pagar. Si ellos se podían acercar a la tienda y recoger el dinero, bien, si no tendrían que autorizar su salida. Entonces Ramón se lanzó a por la Continental y se la puso en los brazos, teniendo que forcejear con él para quitársela antes de que se acercara a la puerta, comprobando en mis propias carnes la fuerza que aquel energúmeno podía aún desplegar a pesar de su edad y de la herida que mostraba vendada. No sé si fue porque se haría daño en la mano mala o porque notó mi férrea resolución, el caso es que, un poco sorprendido, a partir de entonces pareció entrar en razón. Yo le rogué que nos tranquilizáramos, que le prometía entregarle íntegro el importe a los hijos, que yo no quería nada para mí, o que los llamáramos para que vinieran ellos a recogerla si no se fiaba de mí. Y por fin accedió a llamar a la hija, que era el teléfono del que yo disponía. La llamé y le conté el episodio, y me dijo que ella no podía venir pero que intentaría ver si su hermano estaba disponible, aunque sabía que también trabajaba. Le dije a Ramón que hablara directamente con ella, aunque pronto noté que no parecía entenderse mejor que conmigo. Me dio la impresión de que mi vecino, como mi madre, quizás sin querer, porque no se le apreciaba al hombre aparentemente mal fondo, no conseguía retener por completo todo lo que se le hablaba. Le costaba mantener la conversación con la muchacha. Por fin, abrumado de tantas palabras, me entregó el móvil y dio su brazo a torcer.
-Está bien –me dijo, desenrollando el dinero que llevaba liado dentro de su bolsillo, con todo el dolor de su alma- te lo voy a pagar.
-Claro que sí, Ramón –respondí-. Lamento de verdad esta confusión. Mi intención sólo es que la familia de mi amigo se lleve lo que se ha ganado su padre haciendo el último trabajo de su vida, se lo juro, Ramón. Que no quiero nada para mí.
-Está bien. Está bien. Perdóname. La verdad es que esta máquina es un capricho mío para mis nietos que yo he querido tener. La tendré que guardar un poco tiempo, porque ellos no tienen edad de usar todavía estos aparatos. Estoy cansado de decírselo a sus padres, que cuando sean grandes lo mejor es una máquina de escribir, y que se dejen de teléfonos móviles y de ordenadores.
Y entonces empezó a hablar de su vida. Me contó que había sido carnicero, de la familia de Sandalio Vidal, el mejor carnicero de Córdoba, famoso por cortar los filetes más finos que nadie. Como mi padre –le respondí- y como todos mis hermanos y yo mismo también, dos familias de carniceros, Ramón. ¡A mucha honra! –mentí-. Ya iba yo comprendiendo de donde había salido la tosquedad del vecino. E intuí que no sería en el gimnasio precisamente donde se habría lesionado aquel brazo de piedra con el que había forcejeado conmigo. Me dijo que en realidad él vivía en una casita de las afueras y que no era vecino del barrio, sino su hija y sus nietos, a los que recogía algunas veces por echarle una mano. Y le dije que lamentaba lo que había pasado, que pronto volveríamos a vernos en el colegio, y que era mejor que todo se hubiera arreglado. Así que cargó con su máquina el viejo matarife, y sujetándola con el brazo sano, en una muestra impresionante de fuerza, me extendió la mano herida para cerrar el asunto como hacen los hombres cuando se ponen de acuerdo. Sólo decir que ahora, unos meses después, aunque en alguna ocasión me lo he tropezado por el centro escolar y lo he saludado con corrección, me pesa aún aquel absurdo episodio y te diría que sinceramente prefiero evitarlo.
El chaval y la hija del Quino se presentaron a los pocos días a recoger el fruto de la discordia. Me aseguraron que serviría para sufragar parte de los gastos de la lápida, así que cualquier día iré a visitarla.
Y con esto debería acabar esta historia, como el Poema del Cid Campeador acaba con la gloriosa batalla que Don Rodrigo Díaz de Vivar ganó muerto atado a su caballo Babieca. Sin embargo, terminado también su último trabajo con la preciosa máquina de escribir después de su fallecimiento, tanto al Quino, como a mí mismo -espero que tengan paciencia- aún nos quedaba algo más que contar.
Todos estos sucesos encadenados uno detrás de otro, sin poder evitarlo, habrían de hacerse notar de alguna manera en mi pensamiento y en mi sensibilidad, a pesar de no haber sido yo nunca una persona demasiado reflexiva ni impresionable. Llevaba un tiempo leyendo novelas de detectives, novela negra o policiaca, como le queramos llamar, y también había empezado con una nueva serie muy bien editada –casi me da vergüenza decirlo- de las mejores obras sobre el lejano Far West, pero aunque había realizado una gran selección con los más insignes autores, ahora todo esto se me antojaban lecturas intrascendentes, faltas de profundidad e insustanciales. Por eso quise, saltándome los títulos que me había impuesto, cambiar de temática. Coincidió que por aquellos días salió un librito de un personaje que me interesaba: Ernesto Che Guevara. Como podía interesarme María Antonieta, Billy el Niño o Napoleón, digamos. El año pasado había leído la gran biografía sobre el Che de Jon Lee Anderson, un periodista estadounidense que tuvo acceso a los documentos protegidos por el gobierno cubano. Y ahora era otro viejo periodista y escritor español, Juan José Benítez, quien acababa de escribir este pseudoensayo biográfico titulado “Tengo a papá. Las últimas horas del Che”, que era un compendio de sus conversaciones con algunos de los personajes de uno y otro bando que vivieron en directo los últimos días del conocido líder revolucionario argentino. J.J. Benítez no dice mucho más de lo que ya se intuía en el libro que Anderson había escrito veinte años atrás, pero no se atrevía a publicar. Nuestro controvertido escritor e investigador español cuenta en él –resumiendo- que un líder tan potente como el Che era un peligro para Fidel, y que cuando se decantó decidida y públicamente por el sistema comunista chino en contra del gobierno ruso sin haberlo siquiera consultado con Castro, este, con el beneplácito de los rusos, se lo quitó de en medio a la primera oportunidad que tuvo, mandándolo a Bolivia para extender la revolución al pueblo boliviano, con la promesa de continuar seguidamente con Argentina, para hacerlo el máximo líder y libertador de su país. Pero en cuanto se inició la campaña lo dejó abandonado a su suerte, hasta que, tras varios meses con un puñado de hombres tirado en la selva, esquilmados, desnutridos y enfermos, pudieron detenerlo y ajusticiarlo sin piedad entre las tropas locales y sus enemigos jurados de la agencia de inteligencia norteamericana.
Este sería el anzuelo que yo mordería para continuar leyendo al prolífico autor que se dio a conocer por su serie de Caballo de Troya, cuyo primer volumen yo había leído con gusto y hasta con entusiasmo, además de otros que versan sobre el tema OVNI y sobre el Más Allá. El libro que llegó a mis manos –como inspirado por voces de ultratumba- se llama “Pactos y señales”, un curioso ejemplar compuesto por las anotaciones que su autor fue realizando durante más de cuarenta años, a lo largo de una vida dedicada a la investigación en este terreno tan resbaladizo.
Como en el texto romántico de Coleridge en el que el escritor inglés propone que si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y al despertar encontrara esa flor en su mano, entonces habría que aceptar su existencia, Juan José Benítez propone a lo largo de cuatro largas décadas ese mismo juego morboso a algunas personas amigas y familiares en los momentos cercanos a su muerte. Se pueden leer alrededor de doscientas anécdotas verídicas, si le hemos de creer, en las que propone un pacto a enfermos, más o menos desahuciados, e incluso a algunas personas ya fallecidas. Los pactos consisten en que el autor acuerda con alguien que el primero que muera de los dos le envíe al otro una prueba de que se encuentra vivo y bien en el otro lado, por medio de una señal concertada o no entre ambos. Ese libro morboso, pero insólito y tierno, divulga no sólo la certeza de un ser humano eterno, incapaz de morir para siempre, sino la creencia en una fe sencilla en Dios Padre, como consecuencia de la cual todos seríamos hermanos, proclamando el amor al Señor y a todos sus hijos como la única y verdadera razón de nuestra existencia.
Digamos para sincerarnos, finalmente, que yo soy de ese tipo de personas que se creen todo lo que le cuentan, sobre todo si son cosas que estén más o menos bien expuestas, razonadas y plasmadas en un libro. Este precisamente del que estamos hablando me produjo una considerable impresión, así que, mientras lo estaba leyendo, mis amigos más allegados sufrieron las consecuencias de mi credulidad, debiendo soportar mis elucubraciones mentales y mis pasiones místicas en forma de sermones, diatribas y reconvenciones religiosas y pseudofilosóficas, inspiradas por mi renovada fe que los textos de Juan José Benítez habían inspirado. Les conté además la serie de coincidencias que se fueron sucediendo desde la muerte del Quino, explicándoselas como si en realidad se tratasen de sucesos que formasen parte de un plan. Pero algunas cosas de las que sucedieron en esa historia, como este acto final, no me atreví a mencionarlo –aunque no me libró de que pensaran que me había vuelto loco- reservándolo para que leyeran con cierto interés el relato.
Esta historia termina cuando acabé de leer ese libro. Medio en trance, acostado en el sofá del salón, pensé, Joaquinito, hermano mío, lo siento pero ya estás viendo que te va a tocar ahora a ti. Aunque sé perfectamente que sigues vivo y en buen estado, me gustaría que hiciéramos, como todas esas personas lo han hecho, UN PACTO entre tú y yo. Y me dije para mis adentros:
-Quino, necesito que me des una señal de que sigues vivo. Que yo me entere perfectamente. Me da igual lo que me envíes. Ingéniatelas como quieras. ¿Puede ser? –le pregunté. Y entonces, aunque no escuché ningún tipo de sonido, pude entender claramente lo que mi amigo me respondía:
-Chaval, ¿más señales? ¿Es que te parecen pocas pruebas las que te llevo dadas desde que estoy en este lado? ¡Si no he parado! ¿Quién te crees que mandó a ese cura a tu tienda? ¿Quién solicitó que tocaran esa canción a la guitarra en la iglesia? ¿O quién te crees que escogió, entre los tres enormes cementerios de Córdoba, el lugar exacto donde mi cuerpo corrupto debía descansar? ¿Quién podía saber que yo quería ser enterrado al lado justo de tu padre? ¿Quién pensó en dejar sobre mi tumba, mejor que cualquier otra, aquella fotografía que me habían sacado recientemente con tu máquina de escribir? ¿O quién te echó una mano para que la arreglaras? Por cierto, también fui yo el que obstaculizó el acuerdo entre su dueño legítimo y tú. Que sepas que la máquina estaba ya reparada cuando la sacasteis de mi casa. ¿No pensarías que yo para arreglarla necesitaba más de tres meses? Lo que pasó es que la volví a estropear y a trabar el asunto para que finalmente te apuntaras tú aquella gran victoria conmigo, dándote fuerzas y la inspiración necesaria. Para terminar, te puse el cebo del Che Guevara para que mordieras el anzuelo, y fuera tu tocayo Juanjo Benítez, que tiene más labia que yo, quien te diera el toque de gracia final. ¿Más señales quieres? ¿Más pruebas?
Todo esto pasó por mi mente en breves instantes. Joaquín tenía razón, no necesitaba más. Confiaba ciegamente en que el Quino estaba vivito y coleando junto a papá y mis abuelos en algún lugar mejor que en el que estábamos aquí abajo. Así es que suspiré, cerré el libro y me quedé completamente tranquilo. Me incorporé del sofá, estiré un poco las piernas y me dispuse a escribir una pequeña reseña que suelo escribir de los libros que más me interesan, si me es posible, al terminar de leerlos. Cogí mi libreta de notas, la abrí por la última página por la que iba y…Allí estaba. Por lo menos así lo comprendí en ese momento. Y hasta ahora, es lo que sigo pensando. Ante mis ojos abiertos como platos, con la letra muy grande y clara, aparecieron de repente a la vista aquellas últimas palabras:
“ESCRIBIR UN RELATO SOBRE EL QUINO. A.M.D.G*.”
Y comprendí que esa debía ser la señal y su deseo. Esa es la razón de este escrito. Al principio creí que había sido idea mía, pero al final esta historia se ha escrito por su petición, o, en todo caso, ha sido cosa de ambos, para que mis palabras sean sus palabras.

Córdoba a 15 de junio de 2018
Entre nosotros
(A tu familia, a tu amigo Carlos, al resto de tus amigos y a los que no lo fueron tanto. A todos sin excepción.)

El precio justo

miseria_escultura

Hoy ha entrado a la tienda un pobre a pedir. Un pobre conocido. Yo le había dado otras veces una moneda. Pero cada vez que venía se la ganaba porque lo sermoneaba diciéndole que debía buscar trabajo, que era muy joven para andar por la calle pidiendo. Hasta entonces era el único precio que debía pagar por mi generosidad.

La verdad es que últimamente no le daba nada.

Como estoy solo en la tienda, cada vez que tengo que salir a comprar tengo que cerrarla y poner un cartel para que sepan que vuelvo enseguida. Así que un día le pedí que me comprara una barra de luz fluorescente -le di dinero, me hizo el mandado, me trajo la vuelta y hasta me colocó el tubo en su sitio.

Le di un euro o dos por aquello, no lo recuerdo. Serían seguramente dos, porque venía a menudo después solicitando hacer cualquier mandado para mi.

  • Juanjo, ¿necesitas algo?

Como casi siempre coincide con algún cliente no le hago caso. Por eso ha ido demorando sus visitas, viendo que no fructificaban sus demandas. Pero hoy ha vuelto a venir.

De nuevo estaba atendiendo a una señora que se quejó porque le pareció muy caro un tintero de una calculadora. No es que fuese caro es que la mujer se trajo la máquina para que se lo pusiese yo mismo, y lo que hice fue cobrarle algo más por la mano de obra, por el servicio -y por evitar que se manchara las manos.

Hoy, en el trayecto del autobús, yo había estado ojeando un libro de Jack London que escribió después de hacerse pasar por un vagabundo durante dos meses en un barrio de los bajos fondos londinenses. Y como estaba sensible a la pobreza, cuando ha asomado la cabeza el tipo por la puerta para saludarme por mi propio nombre, le he dicho que pasara.

Me eché mano al bolsillo para darle algo, pero me encontré con una pila de esas de botón que me recordó que debía comprar dos para el peso del cuarto de baño que se le habían gastado y no estaba seguro de que mi régimen estuviese funcionando. Entonces le pedí si podía ir a comprar mis pilas. Saqué cinco euros primero, que esperaba fuese suficiente, pero por si acaso le di diez, no sin dejar de pensar que así sería mayor la tentación de quedarse con ellos y no volver a aparecer por aquí. Le expliqué dónde era, al otro lado del parque, y que tenía prisa, porque cerraba dentro de cuarenta y cinco minutos. Él salió pitando entre la gente casi sin despedirse.

  • Ahora mismo vuelvo, Juanjo.

Al minuto entra un negrito que se pone en la puerta a vender el canal por cable local y que viene a que le cargue su móvil cuando se le acaba la batería, y me dice:

  • ¡Cuidaito con ese! Que ese te monta un espectáculo por menos de nada.
  • Ah, ¿sí? ¿Lo conoces? Supongo que debe ser peligroso -respondí-, pero yo me llevo muy bien con él, a mí sólo me hace favores.
  • Es que el otro día montó un show en la tienda de mi novia porque una mujer no le dio una moneda. Les gritó y se puso atacao, que se las iba a comer.
  • Ya -le dije-, esas son las cosas del alcohol. Me imagino que este chaval bebe, porque lo he visto un par de veces en el mismo bar. Y con la bebida se pierden los nervios. A mí no creo que me grite, porque yo sólo le ayudo, me hace mandados y le doy una propina, y por lo menos se siente útil. Ahora le he dado un billete para que me compre unas pilas y confío en que no me robará el dinero, porque a la larga perdería él mucho más. Y no tiene pinta de tonto.

El negrito salió para afuera y a los quince minutos se presentó mi vagabundo, muy azorado pero contento. Me dio las pilas que le habían costado poco más de tres euros y me entregó la vuelta.

Yo cogí el billete de cinco y le entregué lo restante, un euro con ochenta céntimos creo que era. Me dio las gracias y siguió adelante su camino.

Esperé un poco y salí a decirle al negrito que ya había vuelto el otro y que todo había salido muy bien. Yo tenía mis pilas por un pequeño sobreprecio que confirmarían más tarde mi absoluta falta de mesura con la dieta y el muchacho se había ganado unas monedas. Además yo conseguí una buena venta en aquellos escasos minutos en que se produjeron los hechos y, sobre todo, me quedó una sensación de reconfortante satisfacción conmigo mismo.

Como pensé, había merecido la pena pagar un poco más por las pilas.

Juanjo Gañán