Los secretos de Pink Floyd
 

3. El odioso caso de Syd Barrett

Los problemas con el primer líder de Pink Floyd

Syd psicodélico
En realidad el Underground no era el verdadero problema de Pink Floyd. Para conocer los graves problemas que acontecían a nuestra banda desde hacía meses había que echar un vistazo dentro del grupo: el problema era Syd Barrett y su fuerte adicción a las drogas, especialmente al consumo de ácido (de LSD). Syd solía alucinar en sus actuaciones en vivo, vivía los conciertos colocado, como lo hacía gran parte del público. El asunto era que llegó un momento en que perdió la capacidad de controlar la situación y resultó completamente inaceptable en su trabajo. Barrett desafinaba de forma horrible con la guitarra o cantando. Otras veces se quedaba quieto y callado, sin hacer nada con su instrumento al cuello durante largos intervalos de tiempo, lo que hacía resentirse al sonido de sus temas, desesperando a sus compañeros que se daban cuenta de inmediato, especialmente Roger, que era incapaz de ocultar su enfado al observarlo cuando lo veía en ese estado. Los problemas con Barrett los había sufrido Norman Smith, el productor de la grabación de su primer álbum, cada vez que este le intentaba corregir algún matiz concreto y lo hacía repetir para perfeccionarlo. Al parecer, por sistema, Syd asentía sin decir una palabra a cualquier corrección o mejora propuesta pero volvía a repetir la grabación en los mismos términos una vez y otra, lo que exasperaba al técnico de EMI, que finalmente lo hizo renunciar a sacar mayor provecho de aquella situación kafkiana.
Syd Barrett llevaba ya tiempo dando claras muestras de deterioro físico y psíquico. A la vuelta de su gira por los Países Bajos, el mismo día que salían del aeropuerto de Ámsterdam tenían que tocar esa noche en Londres en el gran Festival de libre expresión llamado 14-Hour Technicolor Dream (el 29 y 30 de abril de 1967). Una gran oportunidad para consolidar su liderazgo del movimiento Underground. El macro concierto se celebraba en el Alejandra Palace y se debió a la iniciativa de Barry Miles y de su amigo “Hoppy” Hopkins, en beneficio del I.T. Magazine. En el Technicolor Dream intervinieron poetas, músicos y artistas de todo tipo relacionados con la movida psicodélica: Soft Machine, Pretty Things, The Move, Pete Townshend, Yoko Ono y un sinfín de cantantes, bailarines, malabaristas y grupos musicales, se fueron distribuyendo en sus actuaciones en dos grandes espacios dentro del palacio, iluminados por una gran torre de luces estroboscópicas que inundaba hasta su último rincón. ¿Saben quién fue la banda que tendría el honor de ser elegida para inaugurar este magno evento contracultural, hito de la era psicodélica y del movimiento underground? Efectivamente, están en lo cierto: nuestros Pink Floyd. Pero ellos no llegaron a tiempo. Se presentaron al parecer a las tres de la mañana y en un rato trataron de preparar una actuación multimedia que estuviera a la altura del gran acontecimiento. Pero llegaron muy cansados y no acertaron a hacer funcionar decentemente nada. A las cinco, con el alba, como profetizaba el álbum que estaban a punto de grabar, se dieron cuenta que les faltaba su líder. A Syd se lo encontraron en los camerinos dormido, alucinado o, tal vez, ambas cosas a la vez. Lo espabilaron a toda prisa, lo acabaron de vestir y le colgaron su guitarra al cuello. Sin acertar a hacer funcionar el juego de luces como ellos deseaban y con su líder a rastras, salieron al escenario y fueron recibidos entre palmas y silbidos, aunque cuando apareció por fin Syd y se colocó al borde del escenario, recibió un enorme aplauso, porque a Barrett lo adoraba el público. Pero el atolondrado joven, más extenuado que ninguno de sus compañeros, se quedó quieto durante toda la actuación, con los brazos colgando, como un ídolo de barro exhibido ante una masa de enfebrecidos fanáticos, que poco a poco fueron comprendiendo la situación hasta abandonar el recinto en silencio a primeras horas de la madrugada. Les dio tiempo a tocar: Interstellar, Astronomy Domine, Arnold Layne y algún otro tema del que sería pronto su primer álbum, quedando completamente frustrados de su penosa actuación.
Mejor se les dio el Games for May en el Queen Elizabeth Hall de Londres, un concierto organizado por Blackhill Enterprise y sus dos amigos y representantes, Peter Jenner y Andrew King, el 12 de mayo de ese mismo año. Sin teloneros delante y con todo el aforo cubierto de cómodos asientos, lo tuvieron todo a favor y lo aprovecharon con un gran éxito que aún se sigue recordando. Ese recital se creó para dar a conocer la canción See Emily Play, que empezó llamándose así: “Games for May”. En ese concierto que se tituló pomposamente: “Juegos para mayo: relajación de la era espacial para el clímax de la primavera", se interpretarían todas los temas de su inminente LP (The Piper at the Gates of Dawn). Se trató de un espectáculo preparado para alucinar de principio a fin. Allí estrenaron un coordinador de sonido envolvente y un sistema cuadrafónico (por primera vez en la historia del pop) operado por un artilugio llamado “Acimut” que se accionaba mediante un joystick para desviar el sonido a los cuatro puntos cardinales de la sala. También se valieron de una máquina de hacer pompas de jabón que expandieron dentro de todo el recinto, a lo que se le sumó un espontáneo vestido de militar que le dio por sembrar de narcisos todos los pasillos, lo que, en conjunto, resultó bastante peligroso para los desplazamientos. El director del Queen Elizabeth Hall, un tipo irascible con larga experiencia, finalmente no supo cómo asimilar esa extraña mezcla entre las pompas de jabón y las flores, y solo encontró una respuesta posible: la prohibición de la entrada a la banda a perpetuidad.
Tras las tres consecutivas visitas en julio al programa Top of the Pops de la BBC, gracias al éxito de su segundo single (See Emily Play), con un Barrett cogido con alfileres, después de la triste despedida del UFO Club en Tottenham Court Road y el definitivo lanzamiento de su primer álbum a primeros de agosto, Pink Floyd decide aplazar todos sus compromisos de ese mes hasta septiembre, cancelando su actuación del 12 de agosto en el 7º Festival Nacional de Jazz y Blues en Windsor, aludiendo “agotamiento nervioso” en su líder, un eufemismo de los graves síntomas de deterioro que estaba consumiendo a Syd Barrett como consecuencia del consumo de drogas.
Syd tenía días buenos y malos, pero cada vez eran más los días malos en que ni siquiera podía valerse por sí mismo. June Child —cuenta Mason—, la secretaria de Blackhill, que fue su novia durante unos meses, decía que era imposible llevar una vida normal tomando tres o cuatro ácidos diarios, al mismo compás que los demás miembros del grupo se tomaban unas cervezas en sus cada vez menos ratos libres, siguiendo con la vieja tradición de los tiempos de estudiantes en la Escuela Politécnica.
Después de renunciar a aquel importante festival de música donde se les esperaba como a uno de los principales participantes, se vieron en la obligación de encontrar un médico para Syd. Pero eran muy escasas las clínicas o los entendidos en tratar los problemas de drogadicción por aquella época. Pidieron cita con el psiquiatra R. D. Laing, un reconocido psicoanalista británico, pero Roger no consiguió a las puertas de su consulta que Syd se bajara del coche, por lo que no pudieron llegar a confirmar unos posibles síntomas de esquizofrenia que se atrevió a anunciar a sus compañeros. Roger tuvo que recurrir a contactar con el hermano de Syd y hacer que acudiera a interesarse por su alarmante estado, pero este no pareció dispuesto a implicarse de forma decidida y, minimizando el problema, alegó que lo más seguro era que las cosas se solucionaran por sí solas, largándose en cuanto Syd dio las primeras muestras de recuperación. Finalmente tuvieron una idea, conocían por referencias directas al doctor Samuel Hutt, médico de cabecera del underground, que experimentaba trabajando con algunos famosos pacientes con adicción a las drogas sintéticas, a los que les administraba cannabis como sustituto, mucho antes de que se oyera hablar de la metadona para esos fines. El doctor Hutt —Sam, para los amigos— era un médico muy a la última, y solía asistir a sus pacientes ligero de ropa y en plan colega, en aquel llamado verano del amor de 1967 en la isla de Formentera, una de las más liberales de nuestras Islas Baleares, así es que la banda aplazó hasta septiembre todas sus actuaciones de agosto, echaron en las maletas sus bañadores hippies y se marcharon de veraneo a la solitaria isla española. Allí serían acogidos junto a sus familias gracias a la intermediación de unos amigos comunes con influencia, porque no les debía ser fácil encontrar alojamientos decentes a un grupo de melenudos extranjeros en aquella mojigata España franquista. Roger sería la única excepción en recalar junto al resto de la tropa, pues él y su novia prefirieron alejarse hasta la isla vecina de Ibiza, para relajarse completamente y no tener que presenciar el tormentoso proceso de recuperación que le auguraban a su amigo. De aquellos días han quedado imágenes kitsch para el recuerdo donde aparecen tendidos al sol sobre la arena como una banda de hippies cualquiera de las que empezaban a poblar nuestras playas a finales de los sesenta. De allí es también la fotografía de la portada de su disco More —banda sonora de un film con el mismo título—, una imagen en la que aparecen corriendo desnudos hacia un blanco molino de viento, parodiando la famosa escena cervantina de las visiones de don Quijote.
La estancia de los Pink Floyd en Formentera será eternamente recordada por aquellos lares, pero al margen de los placeres innatos que un grupo de jóvenes amigos pueda obtener durante unos días sin trabajo en un entorno bucólico —casi virgen aún— a orillas de unas cálidas playas, no encontrarían ninguna otra mejora en Syd a la vuelta de sus vacaciones, si acaso el descubrimiento de un furtivo conato de violencia y alguna escalofriante escena. Con todo, al menos esos tranquilos días de turismo por España, les servirían como un merecido descanso y para cargar baterías, pues les esperaba un duro final del verano, un laborioso otoño y un desenfrenado invierno de 1967.

Al llegar a Londres con tanto trabajo pendiente ni se les ocurrió prescindir de los servicios de Syd, al que le encontraron pronto faena. Había que preparar la gira en otoño por Los Estados Unidos, donde se jugaban mucho, pues se trataba de una gran oportunidad de introducirse en el gigantesco mercado norteamericano, así que lo mandaron a los estudios de Lane Lea (los que después serían Estudios de la Warner en Londres) para que fuera perfilando sus últimas composiciones y grabar otro single en cuanto fuera posible. Pero antes debían asistir a todos los conciertos aplazados en agosto, después tenían programada una gira por el Reino Unido y otra promocionando su nuevo álbum por las televisiones de algunas ciudades europeas. Un verdadero Maratón que, como los atenienses, tendrían que enfrentar en inferioridad de condiciones.
La gira de EE.UU. se vio empañada por un kafkiano tropiezo inicial con la documentación. No consiguieron los visados hasta última hora, viéndose aplazada sucesivas veces y anulada su presencia en los carteles del Fillmore Auditorium de San Francisco para varias jornadas consecutivas del mes de octubre. Al final lograron arribar gracias a la persistencia del famoso promotor de la gira (Bill Graham), que tuvo que acudir al propio embajador estadounidense para acelerar los trámites. Llegaron a principios de noviembre, pero lo hicieron bajo mínimos, sin tan siquiera incluir en el pasaje el instrumental imprescindible, teniendo dificultades para adquirir en su destino un buen teclado para Rick y una batería tan completa como la Premier de Mason. Al final Graham los hizo debutar en otro de sus grandes recintos, el Winterland, a escasos metros del Fillmore, el día 3 de noviembre de 1967. Allí actuaron como teloneros de Janis Joplin y de Richie Havens el primer día, y de H. P. Lovecraft el siguiente fin de semana, siendo anunciados como "Los Reyes de la Luz de Inglaterra", encontrando un ambiente excelente y un equipo técnico muy profesional que compensó la ridícula aportación que hicieron a la iluminación de un recinto con más de 5000 espectadores de aforo.
Escribe el batería hablando de esos días de gira por EE.UU.: « El público era más parecido al de nuestro UFO que al del Top Rank. California y, en particular, San Francisco eran el centro exacto del ideal hippy. Desgraciadamente no tuvimos mucho tiempo para relajarnos; padecimos de jet-lag al llegar, hicimos una serie de conciertos caóticos de una tirada, teníamos poco presupuesto y estábamos agobiados. Y para colmo, la idea de Syd de cara a este concierto importante fue desafinar la guitarra durante «Interstellar Overdrive» hasta que las cuerdas se cayeron.» Sin embargo, dos días después, en el Cheetah Club de Venice, en Los Ángeles, tendrían más éxito. Mientras que en los grandes auditorios donde no eran el grupo principal, se tenían que adaptar a las circunstancias, en los que eran los artistas principales, lucían su juego de luces y controlaban todo el espectáculo, como hacían en el UFO.
En el Cheetah también empezó Syd desafinando, como si lo hiciera a propósito para boicotear la actuación, lo que sacó a Roger de sus casillas y estuvo a punto de romperse los dedos con el bajo ovalado que le habían prestado, por la furia con que arremetió contra las cuerdas. Syd, prácticamente amenazado de muerte, reaccionó, mejorando considerablemente su actuación y, como consecuencia, la del grupo, al que acabaron vitoreando. A pesar de todo Waters terminó ensangrentado y haciendo añicos el instrumento al estamparlo contra el suelo cuando acabó la función. Se dice que el dueño de aquel instrumento extraño con forma de pera que le prestaran a Roger aquel día, conserva los trozos como una gran reliquia del más genuino Pink Floyd de los años sesenta.
Promocionaron su álbum en Estados Unidos por algunas televisiones angelinas. Parece ser que tanto en las actuaciones como en las posteriores entrevistas que hicieron, se cortaba el ambiente, dado el estado catatónico en el que estaba entrando su líder. Después de haber hecho playback sin mover los labios y de responder continuamente con monosílabos en el Show de Pat Boone, el famoso presentador y cantante, hizo un aparte con Syd para preguntarle qué era lo que más le gustaba al líder de los Pink Floyd, a lo que este tardó en responder, como era su costumbre, tratando de escoger la respuesta más impactante, como solía ser su norma también. Mientras tanto a los demás componentes del grupo, aterrados, les pasaron por la cabeza las mil y una cosas inconvenientes que su voluble amigo podría estar pensando en esos momentos en directo ante tan gran audiencia. Tras un prolongado y elocuente silencio se acabaría por escuchar de los trémulos labios de Syd:
—«¡AMÉRICA!» —con lo que estallaron todos los espectadores, el locutor y sus compañeros presentes al unísono en una gran ovación. Una respuesta conmovedora y sorprendente que dejó complacidos a todos.
Después volverían a San Francisco para tocar por fin en aquel recinto que tanto se les había resistido, el mítico Fillmore Auditorium, para acabar de nuevo en el Winterland, agradeciendo la labor de Bill Graham, al que dejaron con un sabor de boca agridulce, aunque al menos, más relajado. Pero aún les quedaban por sufrir dos inolvidables anécdotas.
Cuenta Mason: «Lejos de los estudios de televisión, Syd estaba un poco mejor. Al salir de una reunión con Capitol Records (en la ciudad de Los Ángeles), nos quedamos de pie en la esquina de la calle Hollywood con Vine. "Es agradable estar aquí en Las Vegas", dijo Syd, dejando a todos sus compañeros alucinados. Más tarde, en el Hollywood Hawaiian, un típico motel de Los Ángeles con cactus iluminados y decoración estridente, Roger se encontró a Syd dormido en una silla con un cigarrillo quemándole sus dedos. Con aquello ya tuvimos suficiente. Andrew habló por teléfono con Peter en Londres y le dijo: "Sácanos de aquí". Cumplimos con nuestros compromisos en la Costa Oeste, pero cancelamos la gira en la Costa Este, y volamos directamente a un concierto en Holanda. Si hacía falta una prueba de que no queríamos reconocer el estado mental de Syd, era ésta. Aún no sé por qué pensamos que sería de ayuda hacer un vuelo transatlántico seguido inmediatamente de más conciertos».
Es evidente: no se querían perder la gira de Jimi Hendrix y su banda por todo el Reino Unido, a los que acompañarían encantados de teloneros, tocando en diecisiete conciertos seguidos rigurosamente en dos tandas estrictas de diecisiete minutos cada una, junto a otros artistas de renombre como The Move, que los precedieron, o como Amen Corner, The Nice, Outer Limit y Eire Apparent.
La gira comenzaba el 14 de noviembre en el Albert Hall londinense pero antes, nos consta que volaron por primera vez a Nueva York para tocar en el Cheetah Club, donde aún se recuerdan como en una neblina los ecos espaciales de la banda y se siguen reproduciendo los carteles conmemorativos del doce de noviembre de 1967. Inmediatamente después regresaron al viejo continente haciendo escala en el Rotterdam Ahoy, para tocar en el Happy-Hippy Festival, el día anterior a la noche de apertura de su gira británica con Jimi Hendrix Experience.
Junto a ellos vivieron durante la gira su primera exposición al Rock and Roll con todos sus matices. Se sentían completamente identificados con los demás integrantes de los otros grupos, tipos informales como ellos, pero responsables con su papel en el espectáculo. Se dieron cuenta que sus rutinas como músicos eran las mismas que las de otras bandas, y pudieron sufrir, como los demás, las enfebrecidas pasiones de sus groupies más alocadas. Habían grabado un single llamado Apples and Oranges para estrenarlo allí, aunque ese tema parecía más indicado para formar parte de un nuevo LP que para ser un verdadero sencillo ideado con la idea de conseguir un gran éxito que los catapultase a un nuevo ámbito. Pero sus representantes se dejaron presionar por los poderosos managers americanos y se vieron obligados a estrenarlo en Estados Unidos, sin apenas preparación, lo que resultó contraproducente, acabando por resignarse con tocar allí un resumido Interstellar Overdrive junto a dos o tres temas más de su Piper at the Gate of Down. Definitivamente no tenían mucha suerte con sus discos sencillos.
La nota discordante, sin embargo, no la daría ese single fallido, sino el joven líder de la banda de nuevo en una de sus últimas actuaciones. Dado el estado calamitoso en que lo encontraron una tarde, sus compañeros intuyeron que Syd no se presentaría esa noche al concierto, y avisaron a uno de sus amigos guitarrista (Dave O´List) de los Nice para que tocara con ellos. Efectivamente Syd no se presentó y Dave les hizo el favor de tocar con el grupo. Lo colocaron un poco más atrás de donde solía ponerse Syd sin apenas iluminar y tocaron el tema instrumental Interstellar, como acostumbraban, que era el tema más popular. Y Dave consiguió sacarlo brillantemente, sin que, seguramente, nadie lo advirtiera, y sin que hubiera habido hasta ahora ninguna queja al respecto.
Acabaron la gira de Jimi Hendrix en Escocia el día cinco de diciembre, tocando en Glasgow, mejor pertrechados que en su visita a la sala del Top Rank anterior al verano. Y el día ocho volvían a tocar en el Royal College of Art, en Londres, que se había convertido en su verdadero feudo tras el cierre del UFO.
Para esa fecha ya habían tomado una decisión respecto a Syd. Las últimas actuaciones de su líder habían sido inaceptables. Pensaron en expulsarlo por unanimidad, pero resultaba que Syd era el creador de la letra y la música de los temas, el cantante principal y el guitarrista. No era posible prescindir de él. Además, era el amigo de todos, a pesar del comportamiento indignante que llevaban tiempo soportándole. Así que tomaron una decisión intermedia. Pensaron en hacer lo que habían hecho los Beach Boys con Brian Wilson, por un problema similar. De Brian habían prescindido para las actuaciones en vivo y lo reservaron para que siguiera trabajando en la composición de los temas desde casa. Pero para eso era necesario encontrar un gran músico que hiciera de vocalista y guitarrista principal, y que estuviese dispuesto a continuar con el estilo progresivo, espacial y psicodélico de Pink Floyd. Salió el nombre de Jeff Beck, que hubiese sido un experimento galáctico, pero ninguno se atrevió a hacer de portavoz. Veinticinco años después se atrevería a hacerlo Roger Waters para uno de sus conciertos en solitario. Finalmente pensaron que David Gilmour, el amigo de Cambridge de Roger y de Syd, podría ser el músico perfecto. «La idea —dice Peter Jenner— era traer a un músico de refuerzo para que se uniera al grupo, tocando los cinco siempre que fuera posible, o solo los cuatro los días que Syd no estuviese en disposición de hacerlo».
Me parece extraordinaria la coincidencia de encontrarse con David justo en el primer concierto que tenían tras la gira con Jimi Hendrix en el Royal College of Art. Nick Mason dice que lo fue, pues él no era alumno del centro y seguramente habría ido por allí para verlos tocar, para ver sus progresos. El caso es que fue nuestro percusionista quien se lo encontró por allí entre el público en uno de los descansos y el que le hizo la oferta en representación de todos. Su grupo, Jokers Wild, había sido un conjunto muy respetado entre los músicos londinenses, aunque Pink Floyd había conseguido en menos tiempo, lo que no logró la banda de David: una discográfica profesional, unos agentes que los representaran y un par de éxitos de cierta relevancia. Se reunieron formalmente con David el día antes de Navidad, aceptando este sin pensárselo demasiado, tocando por última vez los cuatro míticos componentes de la primera época en el Olimpia londinense el día 22 de diciembre de 1967.
Dice Mason: «Habíamos hablado con Syd para convencerle de que era una buena idea que David se uniera al grupo. Repasamos los requisitos en una reunión de grupo sumamente razonable, pero le tuvimos que dejar bien claro a Syd que la discrepancia no era una opción. David aceptó nuestra oferta, y le prometimos un sueldo de treinta libras a la semana, omitiendo decirle que la auténtica paga que se llevaba a casa era una cuarta parte de eso. Steve O’Rourke, que para entonces se había convertido en nuestro contacto principal con la agencia de Bryan Morrison, nos dejó una habitación de su casa, que estaba provista con una grabadora Revox y algunos bocadillos, donde David llegó a dominar todo nuestro repertorio en cuestión de días».
David era oficialmente el segundo guitarrista y cantante, pero mientras Syd lo veía como un intruso que le iba socavando el terreno, los demás lo veían no ya como un refuerzo, sino como un sustituto potencial de Syd, es decir, como la auténtica salvación de la banda. Pero esto siempre se lo ocultaron a Gilmour, con lo que no fueron unos inicios sencillos para el nuevo miembro.
El día 12 de enero tocaron juntos por primera vez los cinco en la Universidad de Aston, en Birmingham. Después tocarían tres días más juntos, con claras muestras de mal humor por parte de Syd, viendo que a todas luces estaba perdiendo protagonismo, actuando como con el piloto automático —dice Mason—, sin ninguna motivación, por lo que cada vez más los demás miembros del grupo se dieron cuenta de que habían hecho bien en incorporar a David, a quien se lo veía completamente volcado en su trabajo.
Por último el día 26 de enero (no en febrero como dice Mason), camino de la casa de Syd para recogerlo y salir hacia el siguiente concierto en Southampton, alguien preguntó:
—«¿Recogemos a Syd?» —y, mientras el resto agachaba la cabeza, hubo uno que se atrevió a responder:
—«No, joder. No vale la pena».
Así fue como aquel día ese cuarteto: Waters, Mason, Wright y Gilmour, actuó por primera vez sin Barrett como Pink Floyd, interviniendo David como vocalista principal y como guitarra, de forma musicalmente satisfactoria, sin que nadie solicitara que le devolvieran el dinero de la entrada. Estaba claro que la ausencia de Syd no fue ningún inconveniente, lo que daba una idea de su escasa relevancia en ese momento, así es que respiraron hondo y la banda no volvió nunca más a contar con su carismático líder.
En poco tiempo debieron hacer oficial la ausencia de Barrett, con el que no tuvieron inconvenientes a la hora de reclamar el nombre Pink Floyd para el grupo, a pesar de que fue él quien lo inventó y de que la mayoría de los temas eran creación suya. Syd, que se había sentido siempre como un miembro más de la banda que como un verdadero líder, aunque no lo pareciese desde fuera, no se opuso a ello. En una reunión con los dos agentes, Peter Jenner y Andrew King, a la que no faltó Syd Barrett, se hizo un intento final de solucionar las cosas, pero la única solución que se atrevió a proponer al asunto Syd Barrett, después de una inevitable discusión, fue la de contratar a dos chicas saxofonistas. Y, la verdad, en las pocas semanas que estuvieron sin él todos habían estado tan relajados que de pensar que se volvían a juntar no les parecía ya concebible. Por otro lado los dos agentes de Blackhill, dada la inevitable ruptura, decidieron quedarse de representantes de Syd, que era el único músico de entre todos del que sabían sus capacidades creativas, algo sin lo cual parecía imposible en ese momento poder seguir adelante. Por otro lado creyeron que si a Syd se le concedía un respiro y se le dejaba trabajar sin presión, probablemente se recuperaría y podría darles aún muchas maravillosas creaciones. Esta opinión podía tener sentido, pero el caso es que se equivocaron completamente y estarían arrepintiéndose de ello el resto de sus vidas. Quedaría como mánager de Pink Floyd el joven ayudante de la agencia de Brian Morrison, Steve O´ Rourke, que desempeñaría su labor con seriedad y acierto durante toda su vida, hasta que falleció en 2003, mientras negociaba la separación con su bajista y amigo Roger Waters. Finalmente se estipularía que los derechos de autor de todas las creaciones del grupo hasta la fecha tuviesen vigencia perpetuamente, por lo que Barrett recibiría durante el resto de su vida su porcentaje correspondiente a todos los temas que habían creado hasta entonces, lo que le permitiría al cabo de algunos años no tener la obligación del trabajo y, al final de sus días, sin advertirlo siquiera, hacer de él un hombre rico.
Ahora el grupo seguiría adelante, aunque quizás lo ideal hubiera sido empezar de nuevo por el principio, estableciendo las bases de la nueva banda. Pero ninguno quería borrar de un plumazo el largo camino que llevaba recorrido. A David se le exigió no solo tocar como Syd, lo cual para él no era ningún problema, sino tratar de cantar simulando su voz, y, a ser posible, aportar su granito de arena en la composición musical y en la creación de las letras.
A principios de abril de 1968 se hizo pública la marcha de Syd Barrett y la entrada oficial de David Gilmour en Pink Floyd, algo que vivió la banda, tal vez acostumbrada a los cambios, más que como una pérdida, como un auténtico alivio.


NOTAS:

*Kitsch: es un estilo considerado cursi o pasado de moda.
Documentos adjuntos a esta publicación

Pink Floyd con Syd en una iglesiaSyd tocando con su FenderSyd Barrett tocando en sus tiempos psicodélicosSyd Barrett en el busSyd en FormenteraSyd chuleando en la calleSYD BARRETT. A very irregular head (Rob Chapman)
 
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